La Mexicana, Bremen

Hace semana y media fuimos a visitar a mi suegra a Bremen (Alemania). Desde hacía unos meses ya había visto circular por otro grupo la información de “La Mexicana” ubicada en esa ciudad. Tenía mucha curiosidad de conocer el lugar, aunque no muchas expectativas, porque cuando estás en una latitud tan alejada de México, muchas veces lo que se exhibe como “mexicano” suele estar revuelto con arepas, empanadas de queso y choclo, o cualquier otro producto argentino, colombiano, chileno, peruano, texmex, y así una larga lista. No tengo nada en contra de nuestros hermanos latinoamericanos, pero lo mexicano es tan basto que no se puede arrejuntar. Lo que me obligó a anotar a “La Mexicana” en mi lista de visitas, fue una publicación en la que aparecían Doritos Diablo, Sabritones, Cazares (sí, ya sé ¡¡¡¡Cazares!!!), Ruffles de queso y demás botanas exclusivas de nuestra tierra. En ningún momento, ni en mis mejores fantasías, soñé con poder comprarme una bolsa de Rancheritos en Alemania, pues bueno, “La Mexicana” lo tiene todo y cuando digo todo, me refiero a TO-DO.

 

Llegamos a la tienda alrededor de las 12:30 pm. Mi esposo se bajó primero mientras yo esperaba en el coche a que mi hija despertara de su siesta. A los pocos minutos recibí un WhatsApp suyo: “Paradise”. Quince minutos después, ya había llenado una caja con productos mexicanos. Bajé del coche con mi hija aún amodorrada y entré en la tienda. La puerta es en realidad un portal a través del cual te teletransportas, en un instante, de Alemania a México. Adentro del local se habla español, huele a chile ancho, cilantro y tamales calientitos. Hay repisas de madera atiborradas de delicias que saben a añoranza, a la tierra dejada, a los años de una niñez que ya no volverá. Al centro hay tres mesas, pequeñas y redondas, que me hacen recordar las de las cafeterías de Coyoacán. Sobre las sillas que las acompañan hay personas, mexicanos y alemanes por igual, degustando los manjares de mi México. Al fondo, enfundados en mandiles negros y elegantes, se encuentran Mary Carmen y su esposo; sonríen, platican con la clientela, contestan dudas, toman pedidos y lamentan no poder surtir más tamales. ¡Se acababan de llevar los últimos! Cuando veo todo aquello, cada rincón repleto de recuerdos, de sabores y maravillas, se me desborda la emoción. Corrí a ver la caja que ya había armado mi marido y le grito, al menos cuatro veces, si ya vio los tomatillos, si ya los pidió, si ya los metieron a la caja. Los tomatillos son frescos, grandes, aún cubiertos por su membrana delicada, casi transparente y pegajosa, y verdes intensos como las colinas de Morelos tras las lluvias del verano. Los encuentro adornando una canasta de mimbre y no doy crédito a lo que ven mis ojos, pero ahí están, al lado de los jalapeños recién cortados y de los chiles secos. Me abro paso entre los colores brillantes de las piñatas y los zarapes, de las bolsas de manta, de las latas de frijoles, de maíz pozolero, de los pulparindos y Lucas de chamoy, de las etiquetas multicolores que llevan el nombre de MÉXICO impreso. Me acerco a la barra y abordo a la dueña. Mary Carmen es un encanto, me abre las puertas de su negocio y me da unos minutos entre la caja y los comensales satisfechos. Su esposo es muy amable también, dicharachero, y aunque alemán, habla un español impecable. Platicamos poco, pero muy a gusto, y me trasladan con sus relatos breves a las tienditas de la esquina que dejé hace años atrás, esas en donde encuentras de todo, esas a las que en otros estados llaman “cremería”, “miscelánea” o “abarrotería”. Durante nuestro encuentro, Mary Carmen y su esposo me cuentan que la tienda lleva un año abierta y que se han ido haciendo de proveedores para tener todo fresco, incluso el queso panela, los nopales y el quesillo. Yo sigo sin poder creer que estoy frente a todo esto y añado a la caja un paquete de tortillas de maíz azul.

 

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Al final de mi conversación con Mary Carmen le prometí que cuando volviera a Bremen, le haría una entrevista en vivo y accedió sin reparos. Salimos a tomarnos una foto a la fachada de su negocio mientras dejaba a mi esposo encargándose de la cuenta. Mary Carmen y yo nos despedimos con abrazos, como hacemos en México, como si nos conociéramos de años, y cuando me alejé de su negocio, lo hice con una sonrisa inmensa y las manos, literalmente, llenas. Llevo semana y media comiendo dieta mexicana; ensalada de nopales, enchiladas suizas, quesadillas con tortilla azul, molletes, chilaquiles verdes, huevos divorciados. ¡No hemos parado! Mi casa ahora huele un poco, sólo un poco, a la de mi mamá. ¡Ay, qué ganas de estar allá! Pero ni modo, por ahora no hay planes de viajar, quizá será a mediados del próximo año, pero ya no me entristezco tanto, pues acá está “La Mexicana” en Bremen.

 

 

 

https://www.lamexicanabremen.de/es/

https://www.facebook.com/Mexicanabremen06/

Am Dobben 69, 28203 Bremen

+49 0421 17523693

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