Soy Mamá

 


 

Soy MamáHace tres años estaba a punto de convertirme en mamá. Por esas fechas disfrutaba aún del silencio, de las pataditas en el vientre y de la música clásica con la que estimulaba los revoloteos de mi hija. Me tumbaba en la cama, que me parecía inmensa, y subía las piernas hasta apoyarlas contra la pared. Entonces me imaginaba disfrutando de los diversos roles de una maternidad muy deseada, muy buscada y muy apreciada. Los escenarios que se originaban en mi mente estaban plagados de sonrisas, de apapachos, de besos apretados y de colores pastel. En aquellos días, en los que mis dolencias se reducían a molestias vertebrales y pies hinchados, soñaba con tardes de un verano eterno, con caricias y ropita de bebé. Teníamos todo previsto y la maleta ya estaba a la espera de la cesárea anunciada. Nos habíamos preparado bien, habíamos leído una docena de libros, habíamos comprado lo sugerido, habíamos acondicionado el departamento y creímos saber lo que sucedería una vez que ella estuviera aquí. Nos atrevimos incluso a fantasear y a decir “eso a nosotros no nos va a pasar”.

 

El de 15 de junio de 2015, a las 8:25 de la mañana, tras quince minutos de intervención quirúrgica, escuché por primera vez el llanto de María Victoria y todo cambió.

 

La fantasía se enfrentó con la realidad y entonces comprendí que nada en este mundo te puede preparar jamás para la maternidad. Nada de lo que hicimos, dijimos, previmos y pensamos, sucedió. Ahí estábamos los tres; la recién nacida y los papás primerizos. Pensé que cuando por fin la tuviera enredada en la piel, lloraría de emoción y dedicaría las horas a contemplarla, pero lo que sentí y me invadió fue miedo; miedo a lastimarla, miedo a que no ganara peso, miedo a que dejara de respirar, miedo a perderla. Claro que brotaron lágrimas, pero no de alegría ni de enternecimiento, las mías eran de frustración, de fatiga, de desesperación. Llegué a pensar que no iba a poder lograrlo, que la vida se había equivocado conmigo y que yo no había nacido para ser mamá. Y es que nadie te cuenta lo que sucede cuando la víspera termina.

 

Nadie te habla de las noches sin dormir; de los pensamientos horrendos que te visitan a las cinco de la mañana, ni del terror de saber que ya van a dar las seis de la tarde, porque sabes que no podrás pegar el ojo. Sabes que estarás medio desnuda toda la noche, en vela, intentando no caerte dormida sobre tu bebé, caminando de un lado a otro queriendo arrullarla, exhausta, empapada de leche, con un tintineo en el oído, sin poder ir al baño ni beber agua. A esas alturas ya sabes que tu hija rechazará tajantemente los brazos de su papá, y que finalmente cederás, y le pedirás que vaya a dormir pues te has hartado ya de verlo seguirte como zombi por toda la casa.

 

Nadie nos advirtió que la bomba carísima que compramos, no nos serviría para nada, excepto para desperdiciar mililitros valiosos de mi leche que quedaría caduca y amarga tras tres horas de intentar alimentarla. Para entonces ya sabía que mi hija sólo quería beber de mi pezón.

 

Tampoco nadie te habla del envejecimiento prematuro y precipitado. Las mamás envejecemos como presidentes y es que no es para menos. La privación del sueño desequilibra todo tu organismo. Mal comes, medio piensas, actúas por instinto de supervivencia, no haces ejercicio, ni te hidratas apropiadamente. Tampoco hay tiempo para duchas, ni para acicalarte, ni para elegir vestuarios adecuados. Nadie te dice que odiarás tu cuerpo, tu piel, tu cabello y tus manos. Nadie te dice que en cosa de tres semanas aborrecerás el espejo y huirás de su reflejo.

 

Nadie me contó jamás que mi hija tendría un oído biónico y que tras dejar el hospital sería capaz de escuchar a un alfiler rodar sobre el parquet. Para cuando lo descubrí me volví sigilosa y muy celosa del silencio; una vigilante estricta y amenazante ante cualquier sujeto u objeto que osara hacer cualquier ruido. Si había que estornudar, tendría que ser fuera del departamento. Así vi correr a mi marido unas cincuenta veces, lo vi encerrarse en el cuarto de lavado para destapar una lata o para silenciar una llamada, lo vi andar de puntillas, mientras se sujetaba a mi voluntad y a mi mirada inmisericorde.

 

Tampoco conseguí ver cumplidas todas mis expectativas, por ejemplo, nunca pude salir orgullosa y ligera empujando la carriola. Mi hija odiaba andar sobre ruedas y la manduca me daba ansias; temía apretarla, sofocarla, y siendo así, nos quedamos muchísimos días en casa. Entonces me sentí aislada, apartada del mundo, de la vida y del aire fresco.

 

Ninguna mujer te dice que te enfrentarás a juicios, a escrutinio, a amenazas, a señalamiento cruel y duro. Y la puñalada bien puede venir de tu suegra como del señor que pasa los miércoles por la basura, porque una vez que te conviertes en mamá, TODO EL MUNDO tiene una opinión al respecto, TODO EL MUNDO lo hace mejor que tú.

 

Lo más duro, sin duda, es la culpa. Tampoco nadie te habla de ella. Nadie te cuenta en un Baby Shower que no hay día en que no cargues con ella, que no hay noche en que cierres los ojos y no te repitas a ti misma: mañana lo haré mejor, mañana no perderé el control, mañana seré la mamá que mereces, mañana me esforzaré más, mañana seré más comprensiva, mañana te daré más besos, mañana contemplaré tu crecimiento, mañana te regalaré más horas, mañana te entregaré todo mi tiempo, mañana cocinaré todo orgánico, mañana te dejaré jugar más tiempo en el parque, mañana secaré tus lágrimas con más ternura,… mañana seré una mejor mamá.

 

Es difícil, es tremendo, es agobiante pero también es maravilloso. Ahí estábamos mi hija y yo, en el silencio y la penumbra de una madrugada que se negaba a dejar salir el sol. Yo la amamantaba y entonces sus manitas regordetas buscaron mi mano y apretaron con todas sus fuerzas uno de mis dedos. Sentí la electricidad más potente recorrerme la espalda, y supe que por ella sería de capaz de derribar murallas. A partir de ese momento las noches dejaron de ser insoportables y se volvieron instantes íntimos. Comenzando con ese apretón, se desbordaron las satisfacciones y he de confesar que hasta el día de hoy he reído más de lo que he llorado, he aplaudido más de lo que he gritado, he disfrutado más de lo que he lamentado. Me dediqué a verla crecer, a verla alcanzar sus metas. Desde la primera fila me convertí en su fan y no me he perdido de nada. Ahí estuve cuando sostuvo su cabeza por primera vez, cuando rodeó mi cuello con sus brazos y me envolvió para pedirme que nunca la soltara. Ahí estuvieron mis rodillas cuando giró, cuando se sentó y cuando gateó por primera vez. Ahí estuvieron mis manos, llamándola, cuando dio sus primeros pasos. Ahí estuvo mi sonrisa cuando me llamó “mamá” por primera vez, y ahí ha estado siempre toda mi atención cuando ha superado sus obstáculos, cuando ha llorado, cuando se ha enfermado, cuando ha pedido “más”.  Ahí, siempre he estado yo cuando ella me ha buscado para celebrar conmigo sus alcances, para acurrucarse en mis caderas, para sentarse en mis piernas, para quedarse dormida en mi pecho. Y ahí también estaré yo cuando se convierta en una mujer, y la apoyaré el día en que decida despegar, volar a lugares lejanos y entregarse a su destino. No podría ser de otra manera porque hoy sé que amo todo de ella; su cara traviesa, sus cabellos enmarañados, sus ojos inmensos y profundos, y todas sus ocurrencias.

 

Es ahora cuando volteó la mirada y me acuerdo de mi pasado, de mis primeras veces, y ahí está mi madre también, en mis recuerdos y entonces me dan ganas de derrumbar la distancia que nos separa, y acortar los más de nueve mil kilómetros que me impiden abrazarla hoy y decirle que ahora lo entiendo, que ahora comprendo sus lágrimas y sus gritos, que ahora lo sé, y que lo lamento, que me arrepiento de haberle dicho las cosas más duras que una hija le puede decir a una madre. Yo quiero estar ahí, en México, con ella, mezclada con los aromas de su cocina y su perfume tan singular. Quiero apretarla como lo hice hace tantísimos años y decirle “Mamá, te amo”. Quiero que sepa que la extraño y que la admiro y que, sin ella, yo jamás habría sido yo. Quiero que sepa de mi boca que todo lo que hizo, lo hizo bien.

 

Hoy mi cama ya no es inmensa porque en ella ahora cabemos tres. Hoy sé que estos tres años no han sido color pastel, pero han sido intensos y luminosos. Hoy damos paseos todos los días, llueva, truene o relampaguee. Hoy duermo siete horas por noche, tengo ojeras y un vientre colgante pero también tengo un corazón más grande, más empático y más humilde. Hoy carezco de privacidad, pero he aprendido a disfrutar de la ducha, teniendo a mi hija de público y cronómetro. Hoy soy muy diferente a la que era hace tres años. Hoy soy invencible.

 

 

Para todas las mamás del mundo, que también son invencibles ¡feliz día de las madres!

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