Opinión


Día Internacional de la Mujer

Hoy no es un día de celebración, es un día de conmemoración. Hoy, guardamos un minuto de silencio por aquellas que nos precedieron, las de generaciones anteriores a las nuestras, las que picaron piedra, en tiempos en que el destino de una mujer lo Día Internacional de la Mujer.jpgdeterminaba un hombre, para forjar el camino que hoy transitamos, sintiéndonos más libres, más iguales, más protegidas.  Sin embargo, queda mucho por hacer porque no todas tenemos la oportunidad de transportarnos por una vida exenta de prejuicios, de inseguridad, de desigualdad. Muchas aún libran batallas silenciosas, contra el abuso doméstico, la violación, el secuestro, la desigualdad salarial, la discriminación de género, la imposición de credos, dogmas y estilos de vida. Hoy  continuamos luchando contra las instituciones, las leyes, las paradojas de un mundo que sigue siendo patriarcal e injusto, un mundo en el que se nos ofrecen sólo ciertas oportunidades, en el que nuestras cadenas están fundidas con juicios y culpa. Me parece imposible decir “Feliz día de la mujer” porque esta fecha no se otorgó sin sudor, sangre y lágrimas, porque recordar duele, porque a las que llegaron antes que nosotras, les costó alzar la voz.

 

 

Hace más de seis millones de años, nuestros ancestros comenzaban a poblar la tierra. Aproximadamente hace doscientos mil años evolucionamos hasta convertirnos en la forma más acercada de lo que somos hoy. Hace seis mil años se registran los primeros vestigios de la civilización que estudiamos hoy en los libros de historia y sólo hace poco más de cien años, las mujeres comenzamos a gozar del sufragio universal, siendo Finlandia, en 1906, el primer país en el mundo, que reconoció este derecho a las mujeres, sin estar sujeto a ninguna condición. En Alemania, en donde vivo, este derecho se otorgó hasta 1918 y en México ese tiempo llegó hasta el 3 de julio de 1953. Es irreal, es ilógico, es tremendo concebir que una mujer, antes de esto, no valía lo suficiente para ser tomada en cuenta en lo legal, ya no digamos en lo particular. Y estos derechos no fueron regalados, fueron ganados a pulso, con tenacidad y lucha, con convicción y fervor.

Fue hasta 1975 que las Naciones Unidas comenzó a celebrar el Día Internacional de la Mujer a nivel mundial. Hace apenas cuarenta y tres años se conmemora a los millones de mujeres que han dado su vida al servicio del mundo, desde la que ha sido exclusivamente madre, hasta la que ha sido vanguardista, rompiendo esquemas, destacándose en la ciencia, el arte, la cultura, como enfermeras, como soldados, como espías, como obreras, como empresarias, como voluntarias, como maestras. En seis mil años de civilización, las mujeres hemos jugado un rol primordial, del que nadie nos puede excluir, y tan sólo hace cuarenta y tres años, decidieron reconocernos el derecho a existir.

Hay tanto y tanto por hacer aún, que no hay nada por qué celebrar. Hoy no se festeja que en la lotería genética, en el par veintitrés, nos tocaron dos cromosomas X. Hoy se conmemora la lucha latente, constante, cotidiana, para lograr la verdadera igualdad de género.

Hoy me tomo un tequila a la salud de quienes han dado su vida por la libertad de las mujeres en el mundo.

 


Soy Migrante

Opción 7

¿En qué momento migrar se convirtió en un acto repulsivo, degradado, profundamente despreciable y discriminado? ¿En qué momento un migrante se convirtió en un delincuente, en un criminal sin derecho a amparo, protección ni oportunidades? No lo sé. El hombre ha sido siempre migrante por naturaleza.

Durante todo el largo periodo que comprende la prehistoria, desde que el hombre, tal y como lo conocemos, puso pies en esta tierra, fue nómada. No fue sino hasta después de la revolución agrícola, millones de años después de comenzar a poblar la tierra, que el hombre comenzó a formar comunidades sedentarias. Históricamente hablando, la humanidad ha pasado más tiempo migrando que en el sedentarismo. También es gracias al nomadismo que el planeta entero fue poblado y hoy en día, es gracias a la migración que el planeta entero goza de una diversidad bellísima.

Todos, en algún momento de nuestra historia, árbol genealógico, procedencia y ascendencia, hemos sido o venimos de migrantes. La familia de mi madre estaba asentada en Michoacán, aunque mi abuela procedía de Jalisco. Cuando mi madre apenas tenía tres años, migraron a la Ciudad de México y ahí se establecieron. Los abuelos de mi padre fueron revolucionarios, que pelearon junto a Zapata por “Tierra y Libertad”, originarios de pueblos ubicados en Guerrero y en el sur de Morelos, emigraron a fundar y poblar las tierras entregadas por sus líderes tras la revolución. Al poblado lo llamaron Tezoyuca y mi padre nació ahí cuando apenas había veinte familias, pero en su juventud migró a la Ciudad de México y fue ahí en donde conoció a mi madre y en donde construyó su futuro. Ahí también nací yo, hija de chilangos, de migrantes de provincia, y a muy corta edad tuve la certeza de que yo migraría también. Había algo en mí que no encajaba con el ritmo, con la idiosincrasia local, con la visión social de una ciudad y un país que a veces me parecía asfixiante. La paradoja es que lo amo y que no me concibo sin haber sido mexicana, defeña, cedemexiquense o como nos quieran llamar ahora. Me enorgullece mi origen y la tierra que me vio nacer, pero siempre supe que mi lugar no estaba ahí. En cuanto pude alzar el vuelo, me alejé tanto como pude, busqué mi lugar en EE. UU., Canadá y Argentina, pero no lo encontré. Aquellos países tampoco se asemejaron a la percepción que yo me había hecho del mundo perfecto. Desistí y emigré de nuevo, de regreso a casa. Volver fue difícil porque me enfrenté otra vez a los demonios de un hogar al que jamás me pude adaptar y cuando finalmente cedí, acepté y me resigné a vivir en el México de mis amores, fue justamente el amor el que me arrebató de él y me llevó, por cuarta ocasión, a migrar. Esa vez emigré hacia mi destino final, Hamburgo.

Aunque Alemania jamás estuvo en mi radar, en el momento en que pisé su tierra, supe que yo pertenecía al frío, a la lluvia y a la bruma. Supe que mi destino era oscilar entre sus ríos poderosos e inmensos, entre el verdor de sus valles y la honestidad de su gente. Alemania sólo ha sido generosa conmigo, me regaló al amor de mi vida, y a mi hija. Alemania me aceptó como soy, con mi equipaje cargado de tradiciones, aromas, lenguaje y creencias. Alemania me invitó a integrarme sin olvidar jamás de dónde vengo y quién he sido siempre yo. A Alemania le debo tanto que no sabría jamás cómo pagárselo, quizá únicamente con lealtad, trabajo, constancia, buena voluntad y rectitud. Quizá sólo así, entregándome como ciudadana para intentar engrandecerla más.

Siendo así mi historia migratoria, no me cabe en la cabeza que, en otros lados, la que para mí fue una experiencia de ensueño, para otros sea la peor de las pesadillas, el peor de los horrores, la última de las consecuencias. Nunca sentí que migrar, emigrar, inmigrar fuese deshonroso. Nunca pensé que ser migrante fuese indigno ni mucho menos aborrecible. Migrar para mí fue algo natural, tan natural como la curiosidad por conocer el mundo y sus lenguas, como el afecto por otras tradiciones y costumbres, como la necesidad de buscar el lugar al que pertenezco, en el que me siento feliz, segura y tranquila. Ninguno de estos sentimientos me convierte, ni a mí ni a nadie, en una delincuente. Por eso hoy, mi familia y yo, acudimos al llamado que hizo la comunidad estadounidense en Hamburgo. Los acompañamos, a ellos que también son migrantes, que también pisan suelo extranjero, para alzar la voz frente al Consulado de los Estados Unidos de América en Hamburgo, para protestar, para exigir, para reclamar un trato justo, pero sobre todo digno, para los hombres, mujeres y niños migrantes, para que ningún niño, jamás, sea separado de sus padres, para que ningún ser humano, jamás, sea encarcelado por cometer un crimen sujeto a una ley absurda, prejuiciosa y subjetiva.

Sí, lo sé, hoy ya no somos los que éramos hace treinta millones de años. Hoy hay límites y fronteras, leyes y reglamentos. Sí, no pretendo la abolición de leyes, sino la reforma de las mismas. Sí, se necesitan leyes migratorias, quizá estrictas, pero también claras y que garanticen ante todo la protección de los derechos de los migrantes, que también son derechos humanos porque NINGUNA LEY debe estar por encima de la DIGNIDAD HUMANA.

Que no se nos olvide nunca que por nuestra venas, enredado en nuestro ADN, corren y se propagan historias de migración y de sus migrantes. Levantemos la voz, demandemos tratos humanos a nuestros gobiernos, para que ni México ni EE. UU., utilicen leyes para pisotear la dignidad humana.

#SoyMigrante

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s