Nabla

Nabla Cover draft01

Hoy no

Bbbrttt, bbbrttt, bbbrttt, bbbrttt, bbbrttt.

El teléfono móvil vibra impaciente. La pantalla se enciende y despliega la foto de Max, la que le tomé en el caribe mexicano, seis años atrás, cuando nadó con delfines. A él le gusta esa fotografía porque le recuerda que antes de ser papá, fue un hombre aventurero.

La pantalla se apaga unos segundos, después se enciende de nuevo, empero yo sigo sin poder escuchar su trepidación ansiosa y persistente porque el ruido de la aspiradora me impide percibir otra cosa que no sea el motor que succiona aire y migajas del suelo. Yo continúo mi vaivén, concentrada y apresurada, entre la sala y el comedor. Esa es la sexta llamada perdida de Max en menos de cinco minutos.

Cuando la duela ha quedado libre de polvo, el silencio envuelve de nuevo el ambiente, sólo entonces soy capaz de notar el zumbido sobre la mesa. Tomo el teléfono en las manos, veo la imagen de Max, orgulloso y sonriente, en medio de esos extraordinarios mamíferos acuáticos, y atiendo.

     – ¡Hola, guapo! ¿Qué hay?

    – ¡Valeria, por fin! Tienes que sacar a Issy de la guardería ahora mismo –Max está alterado. Su voz se escapa de entre el bullicio del tránsito.

     – ¿Por qué? ¿Qué pasó? –pregunto ya sintiendo como traspasa su angustia hacia este lado del auricular.

    – No hay tiempo para explicaciones, ¡ve por ella! Enciende la televisión y quédate pendiente a las noticias. Cierren las puertas y las ventanas y ¡no salgan de casa! Ya voy en camino.

No tengo oportunidad de hacer más preguntas pues la llamada concluye abruptamente. La tripa me indica que el pánico me visita, pero ahora no puedo dejarlo atraparme. Tomo las llaves, meto torpemente los pies en los zapatos, salgo de casa y me encapsulo en la mudez del elevador. Los segundos que transcurren hasta llegar a la planta baja me saben eternos. Debí haberlos disfrutado porque serían los últimos instantes de calma que tendría en mucho tiempo. Tras de mí se cierra la puerta de la entrada al edificio y me lanza a la calle, en donde ya se perciben ruidos sutiles que presagian desgracias. Los doscientos metros que me separan de mi hija, ahora me parecen seis kilómetros con obstáculos.

Llego a la guardería jadeando y cuando abro la puerta, noto que las manos me sudan. Mi visión periférica me advierte que no soy la única que se ha presentado a recoger a su hijo. Una pequeña multitud de padres y parientes entran y salen aceleradamente. No hay saludos corteses ni sonrisas, caminan con la vista fija y las quijadas tensas. Unos apresuran su salida con los niños en brazos, otros los arrastran, sujetándolos firmemente de las muñecas. Los niños lloran y los adultos llevan las caras pintadas de desasosiego.

Continúo mi marcha hacia adentro del inmueble. La adrenalina se ha apoderado ya de mis sentidos, impidiendo que mis oídos distingan otro sonido que no sea el de mi propia respiración y el de los latidos constantes de un corazón que me mantiene en alerta constante. Las paredes de los pasillos se estrechan conforme transito por ellos en busca del salón en donde asumo que se encuentra Issy. El nerviosismo y el descontrol ya han hecho estragos al interior. La educadora mira a su alrededor con ojos atónitos, aun tratando de contener la confusión de adultos y párvulos, pero nadie repara en ella, pasa inadvertida e ignorada por las decenas de personas que, exasperadas, invaden los espacios, como yo, en busca de sus hijos.

Mi vista escanea el lugar. Soy incapaz de ver a Issy y siento que el estómago se me contrae. El miedo quiere paralizarme, pero no se lo permito. Hoy no. Primero tengo que encontrarla. Me abro paso entre los juguetes, me arrodillo, levanto cajas que contienen lápices y colores, quito cojines y lanzo pelotas por el aire. ¡No la encuentro! Me inclino una vez más, gateo buscando desesperadamente el rostro de mi hija.

     – ¡¡¡Isabel!!! –libero un alarido que se dispara desde las entrañas.

De entre las colchonetas, que hace algunas horas fueron usadas para brincar y construir castillos, se asoman los ojos inmensos de mi niña. Me abro paso entre el caos y el desorden distribuido en el suelo, entonces la veo venir a mi encuentro. Ella extiende sus bracitos, mientras unas gotas gordas se escapan de sus lagrimales.

     – ¡¡Mami!! ¡¡Mami!! –grita con sus pulmones.

    – Aquí está mamá. Todo está bien. Aquí está mamá –la aprieto entre mis brazos y siento su corazón palpitar raudo sobre mi pecho.

Entre empujones, gritos y lamentos, salimos de la guardería. Issy tiembla, guarda silencio y sus dientes rechinan al chocar unos con otros. Afuera, las calles ya son otras, muy diferentes a las que recorrí por la mañana. Ahora puedo advertir con toda claridad olas de gente, las que entran consternadas buscando a sus hijos, y las que se quedan al exterior, al otro lado de la avenida, inundando el supermercado, la farmacia, la panadería, la droguería y las gasolinerías. El panorama me confunde y me obliga a detenerme un par de segundos y después continúo avanzando a prisa. Ni siquiera ante el estupor de los eventos soy capaz de pensar en tomar una pausa. Llevo las palabras de Max clavadas en la cabeza. Sé que tengo que llegar a casa.

Hemos andado diez metros cuando un contingente de patrullas y policías comienzan a cerrar el paso. Las sirenas son estridentes y me atemorizan. Las voces en alemán se confunden con otras que sueltan palabras en otros idiomas. Alcanzo a escuchar a mis espaldas la orden de que no dejen salir a nadie de la guardería. Todos los niños deben pasar por una revisión médica. Comienzan los gritos, los reclamos, los forcejeos y la fobia. Giro la cabeza y logro distinguir figuras humanas en trajes amarillo fluorescente. Los cascos les cubren las caras, volviéndolos burbujas inexpresivas y amenazantes que me llenan de terror. Envuelvo a mi hija con fuerza entre mis brazos y ella responde apretándome con firmeza el cuello. Issy esconde su carita en mi clavícula, buscando refugio a lo que ella también percibe. Yo corro sobre el sendero empedrado, tropiezo, pero no caigo. Continúo a paso acelerado, aunque ya no tengo aliento, aunque la garganta me pide agua.

 


Treinta mil años atrás

El planeta presentaba un escenario diferente entonces; había lagos en donde ahora hay desiertos, había selva en donde ahora habita el hielo y los homínidos de la época caminaban sobre tierras que ahora permanecen casi despobladas. Ninguna de esas especies de hombres en proceso habría podido imaginar jamás que su trágico destino estaría ligado al nuestro. Después de milenios de evolución, era inasequible concebir que aquello que los exterminó, volvería para amenazar a su descendencia, el homo sapiens.

Más de treinta mil años atrás, un microorganismo despiadado se introdujo, como parásito, en una célula y se reprodujo en ella. Semanas más tarde, los antropoides de la región estaban casi extintos. El virus infectó a algunas especies de animales, así como a los hombres de Neandertal y Denísova, propagándose con asombrosa rapidez y potencia, exterminando indiscriminadamente todo lo que penetraba.

Milenios después, en la primavera del año 2017, un robusto alce pastaba libremente por la tundra siberiana cuando la bala de un tirador puso fin a su existencia. Mientras los cazadores desollaban al animal, removían las vísceras y preparaban la carne, estuvieron en contacto con la sangre de un espécimen infectado por un virus desconocido en nuestro tiempo.

Fuimos nosotros, la humanidad consumista y olvidadiza, los que habilitamos el panorama ideal de nuestro propio exterminio. Fueron los efectos del calentamiento global, lo que derivó en el deshielo de los glaciares y que finalmente entregó las condiciones perfectas para que un depredador microscópico despertara de un sueño milenario, de entre los restos de un cadáver prehistórico que descansaba bajo finas capas de tierra y hierba. Su primer anfitrión fue un alce que se alimentó de la maleza que lo cubría y que, sin querer, escarbó con la nariz hasta llegar a él, invitándolo a alojarse en su organismo. Ni bien ingresó a la primera de las células del animal, se multiplicó con voracidad.

Siete días después de la exitosa caza, doce personas presentaban síntomas aterradores; diarreas, convulsiones, fiebres descomunales, hemorragias internas y parálisis muscular.

Ninguno sobrevivió al décimo día.

 


Esa mañana de verano

Aquella mañana soleada de verano había sido como cualquier otra. Era mitad de semana y como acostumbrado, pasé a dejar a Isabel a la guardería antes de las nueve. Después realicé las compras de la semana y volví a casa para continuar con mis labores cotidianas. Siempre recordaré aquellas horas que precedieron a la tarde porque fueron las últimas de esa vida que yo amé.

Tras la llamada de Max, alrededor del mediodía, nunca nada volvió a ser igual. El mundo que yo conocía dejó de existir.

Issy y yo logramos llegar a casa sin ser detenidas. Dentro del elevador nuestras miradas se encontraron. Sus ojos brillantes, otrora traviesos y soñadores, se clavaban en los míos, buscando alguna palabra de consuelo, gritando, desde su interior, todo su desconcierto y un terror incomprensible. Esa fue la primera vez que vi a mi hija fruncir el ceño. Me hubiese gustado explicarle lo que pasaba, desvanecer sus miedos, calmarla con esos besos tupidos que a ella tanto le gustaban, pero no pude hacerlo. La incertidumbre y el pánico me hicieron paralizarme. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo explicarle? Fui incapaz de articular palabra alguna y sólo atiné a guardar silencio.

Frente a la puerta, noté el temblor de sus labios y de mis piernas. Ella seguía prendida a mi cuello y no tenía intenciones de moverse. A sus tres años comprendía muy bien que algo malo sucedía y que el único lugar seguro se encontraba entre mis brazos. Tuve que apartarla de mi pecho; temí soltarla y dejarla caer. Los músculos de las extremidades comenzaban a doler, me traicionaban, se sentían rígidos y me advertían que no serían capaces de sostener el peso de mi hija por mucho tiempo más. Ella se negó a desprenderse, asiéndose con todas sus fuerzas a mi cuerpo. Sólo accedió a dejarme cuando le ofrecí mirar Vaiana en el iPad. Las lágrimas cedieron rápido a semejante propuesta y sus ojos se encendieron de nuevo. Sobre la cama, bordeada por almohadas limpias y algodonadas, comenzó a disfrutar de su película favorita. En cuanto la observé tranquila, corrí a cerrar las ventanas y a encender los ventiladores portátiles. La pesadez del aire bochornoso del verano hamburgués nos hacía sudar más de la cuenta.

La adrenalina comenzó a abandonar mi cuerpo y me percibí, de pronto, de pie en el medio del comedor, con las manos quietas y la mirada vacía. Los gritos me arrebataron esos segundos de paz. A pesar del encierro, los escuchaba; aullidos violentos, guturales e intensos que emanaban de esos ríos de personas que, aún afuera, se habían desperdigado por calles y negocios. Colisionaban entre sí; unos fuertes y otros débiles, unos deshumanizados, otros dejándose arrastrar por una autoridad que se mostraba cruel e indigna, mientras la mayoría alucinaba colectivamente, haciendo destrozos, defendiéndose, matando a otros, guardando para sí lo que consideraban esencial para sobrevivir. Esos sonidos fúnebres me persiguieron por noches enteras.

No quise ver más. Me acerqué entonces a cada ventana, bajé las persianas y me distancié de la destrucción.

Tomé el control remoto de la televisión entre los dedos. Tuve miedo. No sabía lo que la pantalla sería capaz de dispararme. Apreté los párpados y luego presioné el botón de encendido, busqué el canal de noticias N24 y me senté sobre el sofá a presenciar el fin de nuestra era.

No había pasado mucho tiempo contemplando, absorta, escenas de devastación mundial cuando escuché el ruido seco y perturbador de los disparos, seguido por instrucciones casi ininteligibles y ásperas desde un altavoz. Corrí despavorida a la recámara buscando a Issy, la tomé en los brazos y me la llevé al baño. Libre de ventanas y acceso al exterior, esa era la única habitación segura del departamento. Nuestros ojos volvieron a coincidir y de nosotras sólo emanó una respiración ágil y tensa. Issy se sujetó de nuevo a mi cuello, yo tragué saliva y me deslicé hacia el suelo. La recosté sobre el tapete y puse su cabecita sobre mis muslos. Sin advertencia, la luz eléctrica nos dejó entre tinieblas. Presenciamos así el primer corte de energía que nos sumió en la penumbra. No había nada más que hacer, ni a quien llamar, ni nadie a quien presentarle una queja. Por ella fingí calma, pasé mis dedos sobre sus bucles color caramelo y comencé a cantar una canción de mi infancia.

Los minutos se dilataron, convirtiéndose en horas taciturnas y tenebrosas. El tiempo transcurrió en el baño, entre la bañera y la ducha. Inventé juegos de palabras, canciones y acertijos que pudieran entretenernos en la total oscuridad. Issy se mantuvo distraída, alejada del bullicio sórdido de las calles, y apartada de mi evidente preocupación. Entre uno y otro pasatiempo, intenté, en varias ocasiones, comunicarme con Max, pero fue inútil. Un tono lúgubre y constante me decía que la conexión era imposible. También quise hablar con mi familia, al otro lado del Atlántico. Marqué sus números en incontables ocasiones con la esperanza de escuchar una voz, una palabra, un sonido o lo que fuera, que me dijera que allá, del otro lado del mar, en el continente acanelado, el que dejé hace doce años, estaban todos fuera de peligro. Hubiese dado cualquier cosa por escuchar la cálida voz de mi padre, su acento mesoamericano o sus palabras amorosas. Sin embargo, tampoco pude establecer la llamada. Alcancé a enviar un par de mensajes por WhatsApp que jamás tuvieron respuesta. Después, la batería del teléfono móvil claudicó.

El calor atrapado en las paredes nos compelió a dejar el baño, pero volvimos ahí cuando escuchamos nuevos gritos aterradores que anunciaban la agonía de todas esas voces. También sentimos el estruendo de los rotores de los helicópteros, los disparos de advertencia, las sirenas de las ambulancias, que nunca cesaron, y aquella voz inmisericorde y omnipresente que estallaba desde un megáfono.

La electricidad volvió cuando el sol se despedía ya de la jornada diurna. Isabel se había quedado dormida sobre el tapete mientras yo seguía repitiendo canciones de cuna. Entonces escuché la llave girar. Era Max. Corrí a abrazarlo, me hundí en su pecho amplio y fornido, y sollocé en silencio.

– Max, ¿qué está pasando? –murmuré ahogando el llanto.

 


El gigante prehistórico

Era un virus ovalado, vetusto, gigante, casi del tamaño de una bacteria; 1.5 micrómetros de largo, el más grande jamás encontrado.

Ya dentro del alce, tomó fuerza, estableció estrategias y determinó planes; quería propagarse. Cuando alcanzó las células de aquellos cazadores le fue imposible no mutar, el éxtasis y la fascinación de aquel organismo anatómicamente perfecto y tan complejo, lo llevó a dar a luz a una nueva generación de virus. Aquel pasmo lo hizo renunciar a su inteligencia y a cambio se dejó llevar por el ímpetu enceguecedor de sus capacidades. Fue así como comenzó a destruir a su transmisor, regalándole una muerte brutal, lenta, dolorosa y cruel. Los seres humanos carecíamos de defensas ante la sorpresiva llegada de aquel invasor imperceptible, haciéndonos susceptibles a un contagio insaciable, de persona a persona, por el contacto con secreciones y por el aire.

Una desgracia local, pronto se convirtió en un problema de salud pública global. Una vez alojado, el virus se incubaba por seis días. El primer síntoma fue la fiebre, a la que poca gente prestó atención, y fue por ello por lo que el virus se diseminó casi sin ser detectado, pues cuando el organismo infectado comenzaba a contagiar nadie tomó precauciones extremas para contenerlo. Las instituciones tardaron demasiado tiempo en identificar el origen y cuando lo hicieron el virus ya había llegado a Asia y a América. África fue el último continente en recibirlo, pero no por eso fue menos mortal.

Los gobiernos cometieron un error garrafal; mantuvieron el secreto con la esperanza de que los investigadores dieran respuestas y tratamientos efectivos antes de que se sembrara el pánico en la población. Nunca imaginaron que la calamidad se presentaría presurosa y descontrolada.

Cuatro meses después de que los cazadores rusos y sus familias perecieran, el virus había llegado a Alemania, así como al resto del mundo y ya tenía nombre y apellido; Phitovirus Sibericum también apodado FrankeVirus.

Esa noche trágica de finales de julio, Max llegó cansado, aturdido e intranquilo. Aun así, me dejó perderme en su torso y con toda su paciencia intentó explicarme la información que él había podido recopilar en el día. Entre las noticias oficiales y los rumores sensacionalistas, me entregó una versión nada alentadora de una enfermedad que no distinguía raza, religión, color, origen, linaje, preferencia sexual, edad ni estatus social. Ricos y pobres, blancos y negros, mujeres, hombres, niños, jóvenes, ancianos, nacionales y extranjeros morían por igual.

Nos abrazamos, vigilamos el sueño de Issy, y antes de que la fatiga nos obligara a cerrar los ojos, le pregunté lo impreguntable.

– ¿Qué vamos a hacer?

– Nada. No podemos hacer nada. Tenemos que esperar –contestó Max con una suposición arriesgada.

No tuvimos más opción. Nos escondimos entre las paredes de nuestro departamento. Ignoramos las súplicas y las llamadas a la puerta. Muchos días nos sentimos culpables, hipócritas, casi criminales. Otros días nos angustió la soledad y el silencio penetrante de las calles, y otros tantos, nos atrevimos a recordar con nostalgia los días que sabíamos que ya nunca volverían.

El virus marchó imparable y arrasó con todo lo que osó atravesarse en su camino.

 


Once semanas después

El tiempo nunca se detuvo, ni la tierra dejó de girar sobre su eje, empero nuestras vidas quedaron suspendidas en un lapso de casi tres meses. En medio de todo ese caos espeluznante, una sola cosa era segura, quien sobreviviera a la cuarentena sin ser infectado, viviría. Nuestra pequeña familia de tres miembros se enfocó en eso, en superar esa meta de tiempo.

Once semanas después del brote en Alemania, las cifras oficiales eran anunciadas por el único canal de televisión que quedaba abierto en el país. 67% de la población mundial había fenecido. En unas regiones la tasa de mortalidad fue más alta que en otras, los más desprotegidos cayeron primero, sin ayuda, sin compasión, después les siguieron los demás, los que se defendieron y lucharon hasta rendirse ante sus órganos fallidos. Al final de ese conteo atroz, pudimos constatar que estuvimos a punto de desaparecer como especie. 7, 350 millones de habitantes quedaron reducidos, en unas cuantas semanas, a 2, 425 millones de personas. En Alemania sobrevivimos 44 millones, poco más de la mitad.

El virus fue implacable. El calor lo fortaleció y coadyuvó en su transmisión vertiginosa. En los países cercanos a los trópicos, el invasor microscópico fue devastador; a mayor temperatura ambiental, mayor grado de exterminio. El mundo entero respondió con acciones aplastantes; cierre de fronteras, restricción de tráfico aéreo, limitación de tránsito de población civil, racionamiento de víveres y recursos, militarización de comunicaciones y transportes y estrictas medidas de seguridad e higiene.

Algunos países resistieron más que otros, pero la destrucción fue sorpresiva, masiva y avasalladora. No todos los gobiernos quedaron en pie, en una u otra medida, total o parcialmente, todos colapsaron, uno tras otro, como fichas de Dominó.

En el norte de Europa, conforme las temperaturas comenzaron a descender con la llegada del otoño, el virus desistió, dándole a las autoridades un respiro y una oportunidad para combatirlo, para controlarlo, para proteger a los que quedamos vivos.

En los días iniciales de la pandemia, se decretó un estado de alarma nacional. El ejército hizo su aparición casi de inmediato, invadiendo las calles para mantener el orden público y para asegurarse de que nadie obstruyera las visitas de los patólogos. Todas las casas y todos los habitantes fuimos sometidos a una estricta revisión médica. Ahí volví a ver a los hombres de trajes amarillos, pero en esa ocasión pude distinguirles el rostro, aún al otro lado del recubrimiento plástico que los mantenía aislados del peligro que suponía el aire. Sus ojos, fatigados y serenos, me devolvieron a la vida cuando revelaron que ni Max, ni Issy ni yo estábamos infectados. Esa suerte no la corrió el vecino del departamento contiguo. Escuchamos los gritos, el forcejeó y finalmente vimos por la mirilla cuando se llevaban a su mujer, bañada en sudor, moribunda y atada de pies y manos. A él lo sacaron después, a rastras y esposado; dos hilos de sangre le corrían desde la nariz hacia el mentón. No había duda de que lo habían violentado y sedado. Ahí mismo nos quedó claro que debíamos acatar las órdenes que se emitían por la radio, la televisión, los volantes, o los altavoces. La indicación era contundente; permanecer en casa, a puerta cerrada, y esperar instrucciones. Desde luego obedecimos, no nos hubiéramos atrevido a asomar la nariz por la ventana, aunque el calor fuera abrazador, aunque nos hiciera falta el aire. Tuvimos tanto miedo de morir, que seguimos las directrices sin cuestionar nada.

La comida simplemente dejó de existir por un tiempo. Al principio, comimos y bebimos lo que teníamos; primero los perecederos, después los alimentos en conserva, posteriormente aquello que habíamos alcanzado a congelar, y al último las sobras; dulces, barras de chocolate, azúcar en polvo, restos de arroz, pasta, galletas y botanas saladas, todo aquello capaz de proporcionarnos las calorías suficientes para subsistir. Issy siempre fue la prioridad, y más de una vez nos quedamos sin la ración del día, ponderando la supervivencia de nuestra hija.

Las telecomunicaciones continuaron suspendidas por mucho tiempo; ni teléfono, ni internet, ni redes sociales ni servicio postal. Los voluntarios de la Cruz Roja Alemana jugaron un papel fundamental en la intercomunicación urbana. Se presentaban una vez por semana en las calles. Al advertir su presencia, la gente lanzaba cartas o mensajes por las ventanas o las deslizaba por debajo de las puertas, solicitando la búsqueda de algún familiar, con el anhelo de que ocho días después se escuchara su nombre por el megáfono, acompañado de alguna noticia favorable. Así supimos que la madre de Max, quien vivía cerca de Múnich, había muerto en un hospital, mientras su padre permanecía en cuarentena, debatiéndose entre la vida y la muerte. Yo también lancé mi carta, a sabiendas de que sería imposible tener informes de América, pero con la expectativa de que algo o alguien me dijera que mi familia aún seguía viva. Nunca obtuve una respuesta.

El suministro de electricidad tuvo problemas menores, uno que otro día hubimos de ingeniárnoslas para no perder lo poco que había en el refrigerador, para sustituir los ventiladores o para jugar en la penumbra. Afortunadamente el agua nunca dejó de fluir por las tuberías; por lo menos teníamos una certeza, de sed no íbamos a morir.

Esos primeros días no fueron sencillos, fueron los más desoladores. Fueron los días en los que la gente se moría a diario, en los que los alaridos lastimeros se escuchaban a toda hora, en los que las familias eran fraccionadas, en los que el ejército marchaba, intolerante, sobre las calles, disparando ráfagas, manteniendo el control y a la autoridad presente. Esos fueron los días de la rapiña, de los cuchillos, de la locura, de las matanzas, de la deshumanización. Fueron los días de la inseguridad, de la duda y de la última esperanza. También fueron los días de la monotonía, del ocio, de la irritabilidad, de la soledad y del ansia, porque estar emparedados tampoco era fácil, porque nos hartamos de mirar las mismas caras y de escuchar las mismas voces.

En esos días aprendimos a decir adiós. Nos inundó la pena, la propia y la ajena, y nos despedimos de quienes, irremediablemente, tuvieron que partir. Esos días, los de la transición entre el ayer y el hoy, fueron los días más amargos de mi vida.

Después de esas once semanas, una mañana fresca de principios de octubre, Max gritaba mi nombre.

– ¡Vale! ¡Vale! Valeria, despierta. ¡Han dado la noticia! Podemos salir, ¿te das cuenta? ¡Se acabó!

 


El primer día del nuevo mundo

A las 6:40 de la mañana Max escuchó los primeros gritos de júbilo que retumbaron en las calles vacías del vecindario; le recordaron a aquellos que se suscitaban durante los mundiales de futbol, cargados de algarabía y emoción. Encendió la televisión, aún incrédulo, y entonces corroboró la noticia por sí mismo; el virus había sido controlado y se había otorgado el derecho al tránsito de civiles. El uso de vehículos de motor aún estaba prohibido, así como la salida de la ciudad, que aún permanecía bajo un cordón restrictivo, sin embargo, eso no menguó el festejo colectivo. Max corrió a sacarme de la cama porque quería compartir conmigo ese momento histórico. El fin del mundo había terminado.

La exaltación nos empujó a salir al balcón, a abrir de par en par los ventanales para dejar entrar el aire por primera vez, después de casi tres meses de encierro. Poco a poco la gente comenzó a andar por la calle, todavía bajo la mirada vigilante del ejército, quien mantenía su posición de salvaguardia.

Pronto pudimos reconocer algunas de las caras que transitaban por las callejuelas y nos emocionamos de que hubieran sobrevivido también. Durante las semanas de aislamiento tuvimos poco contacto con otras personas y no sabíamos a ciencia cierta cuántos de nuestros conocidos habían padecido la enfermedad. Algunas veces escuchamos voces; gente que intentaba comunicarse a través de los balcones o llamando la atención desde el techo de algún edifico. Con frecuencia, la finalidad de aquellas llamadas era conseguir algo de comida o medicamentos, pero la presencia militar había sometido aún esas tentativas. Así que cuando vimos los rostros familiares de amigos y vecinos, no pudimos mas que salir a encontrarnos con ellos, todavía con los pijamas puestos, con Isabel amodorrada y confundida, en pantuflas.

Fue fascinante, casi indescriptible. Nunca un abrazo se sintió tan apretado, tan sincero, tan atiborrado de amor y de fe, como en ese instante, en el que el tiempo se detuvo y nos atrevimos a mirarnos a las caras, a estrecharnos las manos, a sonreír, y a celebrar una vida, que a veces se sentía inmerecida. Hamburgo jamás se mostró más colorido que aquella mañana, en la que la diversidad se entregó a las calles y todos los supervivientes nos volvimos a encontrar.

Aquel momento pudo haber sido magistral de no haber sido porque no era el final, sino el principio de una avalancha de sucesos inesperados; el primer día de un nuevo mundo.

 


Nos quedamos solos

Hubiésemos querido permanecer en ese limbo fantástico del primer día de libertad, el primer día de aire, de movilidad, de contacto, de alegría, pero nada dura para siempre. La celebración se disipó en el momento en el que la realidad nos golpeó en la cara, haciéndonos despabilar para darnos cuenta de que no regresaríamos a los días de las computadoras y los aparatos móviles, del consumismo y el despilfarro, de los privilegios y la intelectualidad. Este nuevo mundo era grotesco, injusto y amenazador.

Una vez que el éxtasis de las primeras horas de manumisión terminó, nos encontramos con los restos de lo que fuimos; calles, edificios, iglesias e infraestructura destruidas, tiendas y restaurantes vandalizados, casas, escuelas, parques y lugares de trabajo abandonados, mugre, putrefacción, cadáveres, demencia y alucinación. Entonces sobrevino la tristeza. Nuestra hermosa ciudad se había convertido en un cuchitril colosal. ¿Cómo expiar semejante inmundicia?

Cuando estuvimos recluidos e incomunicados, lo que más añorábamos era nuestra autonomía. Una vez que la recuperamos, nos percatamos de que de nada nos servía ya esa manifestación de libertad. No teníamos a dónde ir ni nada qué hacer. Salir a las calles representaba leer en ellas los horrores de los que nos ocultamos por tres meses. Sólo dimos un paseo y con eso nos bastó para no querer salir de nuevo. Las escenas que nunca vimos estaban ahí, salpicando de sangre las paredes, de vómito seco las calles, en los cráteres de las avenidas, en la negrura de las esquinas. Ahí afuera había pasado de todo y me bastó sólo ver las huellas de aquellos sucesos para reconstruir los hechos más abominables. No quise volver. Esa repulsión que yo experimenté, la sufrieron también los demás sobrevivientes y pronto las calles estuvieron vacías otra vez.

Pocos días después de que se hubiese dado la noticia, fuimos notificados de las acciones que el gobierno implementaría para iniciar la reconstrucción de la ciudad y la normalización de las actividades. Fuimos ingenuos al pensar que una vez que el virus hubiese sido controlado, nuestras vidas retomarían el sendero que habían dejado. Eso jamás pasó. Nuestra vida se acabó el día en el que la infección llegó a la ciudad. Aquello que nos fue informado nos hacía saber que no éramos libres, que seríamos esclavos del nuevo mundo, del hambre y de la escasez.

Un mes más tarde, Max hacía la fila para obtener la ración de la semana. En aquellos días el ejército repartía modestas despensas que consistían en algunos granos, harinas, vegetales enlatados, conservas en frascos y porciones pequeñas de carne y pescado congelado. Yo agitaba la mano desde el balcón para saludarlo cariñosamente, mientras limpiaba las hojas secas, el polvo y los cristales de la barandilla. Él me sonrió y entonces me permití observarlo como hace mucho no lo hacía; una silueta compuesta de pellejo y huesos me miraba con ojos abatidos, llevaba la cara hundida y la piel rota. Max siempre fue un hombre alto, corpulento, casi de aspecto vikingo, cargado de vigor. De aquel hombre, de quien, diez años atrás, yo me había enamorado, no quedaba nada. Sentí pena y después curiosidad. Osé contemplar mi reflejo ante el espejo y ahí me encontré a mí misma también; raquítica y pálida, con las ojeras sumergidas en los pómulos sobresalientes y con los dedos avejentados. Busqué a Issy y la inspeccioné con esmero. Ella seguía viéndose lozana y fuerte, con sus ojos enormes, sus caireles amielados, y sus extremidades regordetas. Al notar mi presencia, corrió a mi lado y se abrazó a mi pierna. Con una sonrisa y una petición me arrancó de esos pensamientos oscuros. Quería ayudarme a limpiar el balcón. La dejé recoger las hojas crocantes mientras yo juntaba valor.

Unos días más adelante, se anunció un censo nacional. Cada barrio sería visitado con el objetivo de hacer un conteo de población y para realizar el recuento de los daños. La visita duró apenas veinte minutos y las preguntas iban encaminadas a contabilizar a los sobrevivientes y a reasignar una muy necesitada fuerza laboral en las áreas más menesterosas.

En cuestión de semanas, la mayoría de las personas fueron reubicadas al campo en diversas partes de la república. Nuestros vecinos de siempre y aquellos nuevos amigos que hicimos cuando la vida retomó su curso, iniciaban su travesía hacia las campiñas y las granjas a lo largo de todo el país. Ahí participarían en labores de siembra, caza, producción de alimentos o en los criaderos y ranchos. Nunca volvimos a saber nada de ellos.

Un día nublado de diciembre, Max y yo nos miramos. No había nada que decir. Nos sentíamos inermes y olvidados.

Nos quedamos solos en una ciudad inmensa y deplorable, ignorados por un gobierno afanado en alimentar a una población traumatizada, exhausta y mal nutrida. No fuimos los únicos, nos acompañaban los otros que, como nosotros, resultamos inútiles a un régimen emergente.

 


 

La madre de Jens

Fuimos el despojo, los inútiles, los inservibles de una sociedad nueva que comenzaba a germinar, quizá demasiado aprisa, para convertirse en algo que no alcanzábamos a dilucidar. Los que permanecimos en las metrópolis, nos encontramos a nosotros mismos, como parte de aquellos vestigios de una civilización que hoy ya se apreciaba antigua. En tan sólo unos meses perdimos todo lo que alguna vez importó, por lo que luchamos, y en lo que invertimos tanto tiempo, emociones y dinero. Se esfumó aquello que fuimos y nos quedamos desnudos, como recién nacidos, dependiendo de los demás.

En aquella reorganización laboral inevitable tuvimos que aprender a cumplir con otros roles, antaño impensables. Los que nos quedamos, fuimos asignados a tareas de saneamiento de inmuebles, rehabilitación de viviendas, y asistencia a hospitales, con el objetivo de limpiarlos, desinfectarlos, reordenarlos y recuperar los espacios para el uso comunitario. Otros tantos, marchaban desde temprano, auxiliando en el establecimiento de centros de salud temporales, así como en brigadas ambulantes de atención a enfermos.

La mayoría de los jóvenes fueron enviados a trabajar en los crematorios. Esa tarea fue, sin duda, la más espeluznante de todas. Aquellas cámaras gigantescas, se asemejaban a esas que los nazis habían construido ocho décadas atrás. Allí se incinerarían los más de treinta y ocho millones de personas que perdieron la vida en la batalla contra la fiebre siberiana.

Sin importar las creencias religiosas, a todos los cuerpos se les había practicado una autopsia rutinaria, para después ser enviados a los centros de calcinación. El virus y sus víctimas quedaron reducidos a polvo y restos grisáceos. Pese a que los cadáveres fueron trasladados a las afueras de las ciudades, el viento nos hizo recordarlos, bañando las urbes de densas paredes de humo y cenizas que nos visitaron con frecuencia durante semanas enteras. Aquellas nubes espesas y sombrías hundieron a la ciudad en un funeral que duró un par de meses.

Antes de que el brote nos alcanzara, Max se desempeñaba en su profesión; ingeniero industrial con maestría en administración productiva. La industria aeronáutica, distinguida y rentable, lo había acogido desde sus días de practicante. Su futuro era claro, era prometedor, y era seguro su ascenso en la jerarquía. Para él el cambio fue casi insufrible. Lo advertí deprimido, rendido, apabullado y sumido en un letargo atemorizante. Para mí las cosas fueron más fáciles de asimilar, ya había pasado por una transformación abrupta antes, cuando renuncié a mis funciones como intérprete para dedicarme a ser madre. En aquel entonces, cuatro años antes de la pandemia, tomé la decisión de manera consciente, convencida de que era lo mejor para nuestra pequeña familia. Sin embargo, una vez que me vi inmersa en el rol de la maternidad, añoré los días en los que era capaz de sobresalir por mi inteligencia y mis habilidades. Fue difícil, sí, pero lo superé, así que cuando tuvimos que reajustarnos nuevamente, me adapté casi de inmediato.

En el nuevo mundo, nuestras capacidades y habilidades eran completamente obsoletas. La reciente reorganización gubernamental no tenía cabida para profesionistas innecesarios en un planeta que entraba a una tenebrosa crisis de escasez de alimentos, de abasto y sustentabilidad, que además subsistía con recursos mermados y claramente en desuso ante los nuevos tiempos.

A Max lo asignaron al programa de Recuperación de Metrópolis, un nombre elegante para definir a un barrendero. El flamante ingeniero que otrora tuvo un futuro halagüeño ahora recorría las calles recogiendo basura, limpiando las aceras, las bancas, las paradas de autobús y las estaciones y vías de transporte subterráneo. Al final de la jornada hacía un inventario de las reparaciones que eran necesarias en la zona y de la prioridad de cada desperfecto.

A mí y a otras madres de niños pequeños nos fue asignada una labor conmovedora. Todos los días íbamos cuatro horas al centro de reubicación familiar para hacernos cargo de los huérfanos de la pandemia. ¡Había tantos! Todos eran bebés y niños pequeños, de entre cero y siete años. Nunca olvidaré sus rostros, sus ojos perdidos y desesperanzados, sus lamentos silenciosos, sus labios herméticos, y las historias que sus cuerpos relataban a gritos.

No fue una labor sencilla. Muchos de ellos no hablaban, no se dejaban tocar, no querían comunicarse ni acercarse a nadie. Por dentro y por fuera estaban heridos y las caricias no eran suficientes. Sabíamos que algunos de ellos ni siquiera dormían, obligados a noctambular debido a aquellas pesadillas horrendas que los visitaban cada noche. Nosotras éramos madres, pero no pedagogas, mucho menos sicólogas. No sabíamos cómo sacarlos de aquella oscuridad, de aquellos recuerdos sórdidos que los anclaban a vivir ensimismados.  De entre ellos, un par de ojos azules y profundos aderezaban una cabecita rolliza, de pelillos rubios, casi platinados, y mejillas rojas. En los tres días en los que yo había visitado el centro de reubicación familiar, no había parado de llorar. Sus lamentos se escuchaban, incesantes, a todas horas. No sé qué fue lo que me compelió a acercarme a él, quizá las ganas de detener ese llanto penetrante, quizá las ganas de confortarlo, quizá la necesidad de creer que podía ayudar en algo.

En las ropas llevaba una etiqueta blanca que leía “Jens – 11 Monate”, sin embargo, yo sabía que probablemente ni se llamaba Jens, ni se podría corroborar que su edad fuera de once meses. De cualquier manera, al ver su carita bañada de mocos y lágrimas, me lo llevé a los brazos y lo acurruqué en mi pecho. Su clamor cesó de inmediato y me permitió limpiarle la nariz y acariciarle el cabello. Sus puños diminutos apretaron mi ropa durante las cuatro horas que duró mi estancia y pude sentir su zozobra y el terror a perderme a mí también. Cada tarde escuché su llanto desconsolado al momento de la despedida y cada mañana sus gimoteos al verme llegar. Un par de semanas después, decidí que no nos volveríamos a separar y tras obtener el permiso de adopción temporal, me lo llevé a casa para darle un hogar y una familia. Fue así como me convertí en la madre de Jens.

Al principio, Max no estuvo de acuerdo con la idea de traer a Jens. No era su egoísmo lo que lo distanciaba de ese niño desprotegido, era su sensatez. Nosotros apenas teníamos para comer, no podíamos hacernos responsables de una boca más, sin embargo, lo hicimos. Para mí la separación ya era imposible, ese niño se me había anidado en el corazón; yo era su madre y él era mi hijo.

Issy tomó con mucha cautela la llegada de Jens. Los primeros días fue reservada y observadora, poco a poco el cariño entre los dos comenzó a desarrollarse, con el paso de los días, de los juegos, de las anécdotas, de las riñas. Dos meses después no podía vivir uno sin el otro. Eran hermanos ahora y lo serían siempre.

El invierno alemán había comenzado ya, los árboles amanecían calvos y lúgubres, mientras las avenidas le daban la bienvenida a la escarcha y a la bruma plomiza y densa que se extendía hasta desaparecer en el cielo nublado. Más pronto de lo imaginado nos dimos cuenta de que no podríamos sobrevivir a los seis meses de frío, lluvia gélida, nieve y humedad que se nos venían encima como lozas pesadas e infranqueables. Las provisiones entregadas por el gobierno eran insuficientes y poco balanceadas, lo que nos hacía sentir enfermos y soñolientos. Tampoco podíamos adquirir bienes de primera necesidad y de nada servía el trueque, ni siquiera a cambio de piedras preciosas o relojes lujosos se podía obtener un pedazo de pan, una cobija, unas buenas botas impermeables o un abrigo.

La moneda corriente había perdido todo valor y con ello se habían paralizado las instituciones bancarias, entregándole al estado el control de unas finanzas moribundas, cuya única riqueza se sustentaba en la tierra y en el acceso al agua, los medicamentos y los alimentos. Estábamos en manos de la caridad estatal, que cada vez se mostraba más ausente e indolente a nuestros padecimientos. Necesitábamos hacer algo para revertir el infortunio hacia el que nos precipitábamos, necesitábamos creer que un futuro alentador era aún posible.

Entonces, sucedió lo previsible. Las gripas estacionales habían vuelto a hacer estragos en una población cansada y apaleada. A eso se sumó un brote menor de escarlatina, que trajo recuerdos de pavor a la ciudad. Esta vez el estreptococo no perdonó a Max.

Una noche de finales de diciembre se desplomó en la cocina. Lo vi tiritar, encogido de pies y manos en el suelo, le vi las mejillas enrojecidas, los ojos parpadeantes, la garganta perdida. Lo llevamos a la cama e intentamos ponerlo cómodo. Al otro día, Max se hundía en las sábanas empapadas de su propio sudor, sus ojos no se abrían, su respiración era exigua y su pulso débil. Max se moría.

 


Nabla

 

Max necesitaba antibióticos. Para ser precisos, requería de dosis suficientes para tres semanas de tratamiento. El médico ambulante que lo trató sólo pudo entregarnos la cantidad de medicamento correspondiente a una semana de terapia. Su recuperación y mi cordura pendían de un hilo.

Me vi obligada a separar a los niños de casa hasta que la mejora de Max fuese palpable y los riesgos de un contagio ínfimos. No podíamos darnos el lujo de tener un enfermo más en la familia, y fue así como Issy y Jens tuvieron que permanecer al cuidado de los vecinos hasta bien entrado febrero. No fue sencillo entregarlos, mucho menos intentar explicarles que volvería por ellos, mientras sus ojos me miraban desesperados, rogándome que no les negara mis brazos. Al otro lado de la calle, Max alucinaba, mojado y febril, sin más ayuda que el paño húmedo que mis manos depositaban en su frente y unas tabletas caducas de ibuprofeno.

Max superó la enfermedad al cabo de seis semanas. Los niños volvieron a casa y comenzaron los días de relativa calma, sin embargo, el invierno fue duro y tuvimos que hacer malabares para comer, para asearnos y para conservar estándares mínimos de higiene. Extrañé tanto los pañales, las toallas sanitarias, el papel de baño, el gel antibacterial, las toallitas húmedas, los pañuelos desechables, la pasta de dientes, el cloro, el bicarbonato de sodio y todo aquello que hace apenas unos meses podíamos, simplemente, comprar en un supermercado. Sabíamos que, si las cosas no cambiaban pronto, no íbamos a sobrevivir otro invierno. La fiebre escarlata había cambiado a Max, le había enviado una advertencia contundente. Cuando su recuperación fue total, había un dejo de determinación en sus pupilas.

En medio del desconcierto y apenas superando la conmoción, nos vimos forzados a alternar caminos, a reinventar estrategias, a unirnos, a organizarnos y a procurarnos. No tuvimos más opción; ingenio o muerte. Elegimos ser creativos.

Max llegó un día a casa con una carreta metálica cargada de desperdicios. El sudor le caía por las sienes a pesar de llevar el rostro visiblemente helado. Yo lo miré boquiabierta.

– ¿Qué es todo esto? –pregunté un tanto disgustada mientras observaba las dos líneas de mugre que pintaban la duela.

Por un instante llegué a creer, que después de todo lo vivido, Max había terminado por volverse loco.

– Vamos a construir un invernadero –contestó Max con una seguridad imbatible.

Sacó macetas, utensilios de jardinería viejos y oxidados, guantes de carnaza y bolsitas con semillas. Aquel día su cuadrilla había estado limpiando y rehabilitando un almacén olvidado que en otros tiempos se dedicó a vender materiales para el mejoramiento del hogar, bricolaje y construcción. Max rescató algunos objetos que serían enviados a fundición y reciclaje y con ellos surgió la idea de tomar el porvenir en nuestras propias manos.

En los días posteriores, acondicionamos ambos balcones como invernáculo. Max trajo tierra de los parques del vecindario y con ella rellenamos macetas de todos los tamaños y formas. Con retazos de madera y metal formamos vigas que sostendrían las paredes de plástico rígido, que protegerían a los balcones de la lluvia, la nieve y el viento. Pocos días antes de la llegada de la primavera intentamos la primera siembra. Pasamos la mañana entera plantando tomates, rábanos, pimientos, cebollas, fresas, berenjenas, pepinos, acelgas, ajo y algunas hierbas como el perejil y la albahaca. El ruido atrajo la atención de algunos vecinos curiosos, quienes inmediatamente acudieron a ver con sus propios ojos lo que Max se proponía a construir. Tres días más tarde, Max ya había compartido el resto de las semillas con los vecinos, quienes también se habían animado a levantar sus propios invernaderos. Sin pretenderlo se formó una comunidad de apoyo, en la cual cada miembro aportaba sus conocimientos, brindaba consejos y ayudaba a que el proyecto del otro tuviera éxito.

Dos meses después, pudimos degustar los primeros pepinos de nuestro huerto urbano. Eran pequeños pero jugosos y el paladar nos lo agradeció. Conforme pasaron las semanas fuimos cosechando lo que sembramos. No todo lo plantado se cultivó, no todo fue comestible, no todo creció como debía y tampoco fue suficiente para independizarnos de las despensas del gobierno, pero aquello que surgió de entre la tierra, lo que entregó su aroma y su sabor, nos fascinó y terminó por convencernos y alentarnos a corregir los errores cometidos. Éramos unos novatos, sin embargo, estábamos decididos a aprender. Nuestra percepción de la vida se transformó por completo inundándonos de gratitud. La tierra era noble, fértil y generosa, y sólo reconociéndola y aprovechándola con responsabilidad y correspondencia es que podríamos subsistir.

Nunca fue nuestra intención cambiar al mundo ni dejar una huella indeleble, pero lo hicimos. Allí entre el alfa y el omega, entre el principio y el fin, estaba nabla uniendo a los sobrevivientes de la endemia para crear un nuevo destino.

Al finalizar el año, nuestra comunidad contaba ya con más de un millar de miembros. No era de extrañarse que se hubiese unido tanta gente, Hamburgo siempre fue una ciudad con una larga tradición de granjas y cultivos urbanos. Antes de que estallara la pandemia, los mercados locales vendían lo producido en la región con gran aceptación por parte de los consumidores. Lo que fue novedoso fue la participación extendida de quienes permanecimos en la ciudad. El espíritu comunitario era loable, no obstante, necesitábamos organizarnos pues la mayoría éramos inexpertos e ignorantes en los procesos agrícolas. Por eso Max convocó a una reunión, con la intención de prepararnos para encausar el proyecto hacia una verdadera revolución en el suministro de nuestros alimentos e insumos de uso cotidiano. La respuesta fue abrumadora. Hamburgo, desde tiempos inmemorables, fue siempre una ciudad cosmopolita. Dada su posición geográfica, su papel como puerto mercante y miembro de la liga hanseática fue natural. El intercambio cultural fue siempre de la mano con la compraventa de mercancías y debido a esto la ciudad gozó siempre de diversidad, misma que se mantuvo hasta después de la epidemia. Cuando nos congregamos en el Parque de la Ciudad (Hamburg Stadtpark) pudimos corroborar que la urbe mantenía su pluralidad. Ahí estábamos los habitantes de esta ciudad noreuropea, esa mezcla prodigiosa de razas, idiomas, idiosincrasias, credos, y colores, congregados con un solo fin; rescatar nuestra metrópoli y vencer al hambre.

Nabla, no estaba destinada a ser una letra griega, era una simple palabra (harpa), que por enredos y humor de la suerte se convirtió en un símbolo matemático único. Nuestra comunidad no estaba encaminada a transformar la historia de la humanidad, éramos un simple grupo de personas en busca de comida, dignidad e independencia, no obstante, por azares del destino, nos convertimos en ejemplo para el mundo.

Tomaron a Max por sorpresa cuando le preguntaron cuál era el nombre de nuestra iniciativa, titubeó unos instantes y después contestó, “Nabla”. El burócrata que autorizaba la asignación de recursos interrumpió sus anotaciones y lo miró confundido.

– Es un símbolo griego que no es una letra del alfabeto, pero… –Max tomó aire –. Es una incógnita, es una variable, es una alternativa. Todo eso es lo que define a nuestra iniciativa –explicó mientras dibujaba aquella delta invertida en un pedazo de papel.

Dos años después de haber construido nuestro primer invernadero, Hamburgo ya era responsable del 25% de los productos que consumía. Los miembros de nuestra comunidad producían y cultivaban, de manera casera, frutas, verduras, conservas, jabones, desodorantes, cremas, té, vinagre, dentífrico, miel, maíz, pastas, trigo y papel. Era la única urbe en la nación con niveles altos de reciclaje, llegando a reutilizar alrededor del 95% de los desperdicios. Los desechos orgánicos se habían utilizado para fertilizar la tierra, mientras los plásticos y los metales se habían empleado para uso doméstico, reparaciones, y como refacciones. En aquel entonces el intercambio de bienes y servicios había hecho florecer a la economía, dotando a la ciudad de relativa prosperidad. Empero eso no era suficiente, Max, quien ya era el líder de nuestra comunidad, tenía una visión; convertir a la ciudad en autosuficiente y para ello necesitaba la ayuda del gobierno. Nabla requería de capacitación a gran escala, de permisos para derribar edificios en desuso y convertirlos en huertos urbanos, en invernaderos y en granjas. De igual manera queríamos hacer la piscicultura prosperar, y en un futuro a mediano plazo, teníamos la intención de producir nuestros propios textiles y calzado. Todo ello requería que el 35% de los espacios metropolitanos fueran reasignados para el proyecto y que contáramos con la libertad de decidir qué hacer con la tierra.

El éxito de Nabla había ya excedido las fronteras de la ciudad hanseática y aquella tarde lluviosa Max firmaba la promesa de hacer su sueño realidad.

 


A una década de la pandemia

Es difícil creer que han pasado diez años desde que la fiebre siberiana llegó para cambiar el rumbo del futuro de la humanidad. Las cicatrices, que la enfermedad dejó, quedarán impregnadas y serán transmitidas de generación en generación, como un recuerdo imborrable de la tragedia más abominable de la historia universal.

Nuestra familia logró sobrevivir a los embates del virus, del caos, de la escasez y del desastre. Al recordar aquellos días lóbregos, la memoria me devuelve a los ojos de mis hijos, a las penurias constantes, a los retos extraordinarios y al amor, que al final, fue lo que nos motivó a subsistir. Nada de lo que vivimos después de aquella desgracia fue sencillo, pero tenemos la fortuna de seguir aquí.

Esta mañana desperté a un nuevo día, es tan habitual como cualquier otro, pero algo adentro me apremia a volver la vista atrás, porque un día como hoy, diez años atrás, vi a nuestro mundo desvanecerse ante mis ojos. Ahora escucho los ruidos que me regresan al presente; las voces de mis hijos y de Max inundan la casa como campanas alegres que me piden que no esté triste, que lo peor ya pasó.

Issy lleva quince minutos mirándose al espejo. Cuando el invierno termine habrá cumplido ya los catorce años. Con cierta nostalgia, me voy haciendo a la idea de que ya no es la niña a la que diez años atrás cargué en mis brazos mientras corríamos a guarecernos de lo desconocido. Jens la apura y le pregunta si ha metido las manzanas y los emparedados en la mochila. Ella le contesta con ironía. Jens le recuerda que llegarán tarde a la escuela si no se dan prisa. Siempre van y vienen juntos. ¡Se adoran!

Jens es un niño muy observador y maduro, pero sobre todo es amoroso y sobreprotector. No hay nada en este mundo que no hiciera por su hermana mayor. Ya de salida, se acerca y me da un beso. Siempre me ha llamado mamá y aunque sabe muy bien que no nació de mi vientre, me procura y me entrega su amor como lo haría cualquier hijo con su madre. Algún día seguirá los pasos de su padre. Lo sé porque cada tarde, al volver del colegio, se va con Max a recorrer los sembradíos, los vergeles y las zonas forestales que Nabla tiene a su cargo. Pasan largas horas juntos, platicando de ideas nuevas que logren mejorar los métodos de cultivo. Max está orgulloso de su muchacho, de su bondad y de su extraordinaria inteligencia, y por eso decidió festejarle su cumpleaños número once con bombo y platillo en el jardín de la casa que compramos hace un par de años, cuando la vida comenzó a retribuir nuestros esfuerzos, entregándonos abundancia. Esta casa es maravillosa, nuestros hijos están creciendo felices en ella y no nos hace falta nada, sin embargo, a veces extraño la estrechez de nuestro departamento, los invernaderos montados en los balcones, los días en los que todo era nuevo y las satisfacciones llegaban después de los intentos fallidos. Más que otra cosa, echo de menos trabajar durante el día con Max, sobre todo ahora que Nabla ocupa mucho de su tiempo.

Aquello que Max inició en nuestro balcón, derivó en una transformación rotunda de los conceptos y percepciones que los seres humanos teníamos de nuestro planeta y de nuestra participación en su sustentabilidad. Aunque eventualmente la cotidianeidad se normalizó y la tecnología, la conectividad, la globalización y los capitales volvieron a ser parte de nuestras vidas, después de Nabla no hubo marcha atrás. A una década de la pandemia, seguimos avanzando, seguimos evolucionando, seguimos marcando el camino.

Hoy en día, Nabla es una organización no gubernamental de envergadura mundial, que se dedica a capacitar a pequeños y grandes productores, para que nunca nadie, en ningún rincón del mundo, padezca hambre. Quizá el logro más grande, en este decenio, ha sido consolidar el consumo en las ciudades. Ahora las metrópolis son responsables del 65% de su consumo y los huertos urbanos, las granjas, la piscicultura y las amplias zonas reforestadas, son parte de nuestros espacios.

Soy yo la que se encarga de nuestra huerta. Ni bien se van los chicos, me calzo las botas, me pongo los guantes y recibo a los empleados, quienes rápidamente se distribuyen por los 15,000 m2 de tierra prolífica que alberga árboles y zonas de cultivo. Desde hace algunos años cosechamos manzanas, calabaza, coliflor y berenjena que son entregadas a los distribuidores locales para ser vendidas en los diferentes mercados regionales.

Definitivamente hoy vivimos en un mundo más justo, más compasivo, más sensato y consecuente, que sólo se está logrando con el trabajo colectivo de todos los supervivientes. No hay nada en este mundo que podría pedir ahora, excepto quizá, haber podido tener la oportunidad de compartir este momento con mi gente, la que se quedó al otro lado del mar, pero ellos ya no están, no corrieron con la misma suerte.

Hace cuatro años pude cruzar el Atlántico una vez más para volver a la tierra que fue mi cuna y el cobijo de mi adolescencia. De mi familia no quedó más que el recuerdo que guarda mi memoria de las anécdotas compartidas, de una infancia que se esfumó, y de la sangre que corre por mis venas. El FrankeVirus se los llevó a todos. Aunque lo intuyo, jamás sabré cómo fueron sus muertes ni a qué sonaron sus últimos suspiros. Por eso lloro a veces, cuando nadie puede verme, cuando nadie intenta, con palabras dulces, adormecer la impotencia que siento.

La vida ha continuado su ritmo veloz e ininterrumpido. Tras de mí siento los pasos de Isabel y de Jens, y al lado mío camina siempre Max, ese compañero leal con quien cruzaría, sin miedo, cualquier camino sinuoso, cualquier otra hecatombe.

F I N

 


 

 

Epílogo

En este epílogo, quiero compartir algunos datos interesantes con el lector.

Nabla es un relato corto de ficción especulativa que participó en una convocatoria de dicho género con el tema “Combate al hambre y a la escasez de recursos”. El relato no fue seleccionado para la antología convocada, pero de cualquier manera quise que viera la luz y que la gente pudiera leerlo.

El uso de Nabla ∇ fue inspirado por mi esposo, quien tiene un gran respeto por este carácter y su uso matemático.

Todos los datos correspondientes al Phitovirus Sibericum son reales. Tanto el descubrimiento de este virus, como el estudio elaborado para revivirlo y analizarlo puede encontrarse en el Proceedings of the National Academy of Sciences que fue publicado en marzo de 2014. Los científicos responsables de dicho descubrimiento son Jean-Michel Claverie y Chantal Abergel de la Universidad de Aix-Marseille. El virus permanece bajo la custodia de los investigadores y aunque sí tiene la capacidad de alojarse en otras células, no se cree que pueda ser generador de una pandemia.

Los mejores virólogos del mundo apuntan que es casi improbable que la especie humana desapareciera por la amenaza de un virus. ¿Por qué? Según indica Luis Enjuanes, uno de los mejores virólogos españoles, que investiga en el Centro Nacional de Biotecnología, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), los virus son inteligentes, y su objetivo es propagarse y no precisamente matar a su transmisor, aunque al final de la enfermedad sea lo que suceda. De esta manera, siempre habrá sobrevivientes a una epidemia. Además, para que un microorganismo invasor pueda considerarse fatal, tiene que ser muy virulento, es decir, el contagio debe producirse de persona a persona y por el aire.

Hasta el día de hoy, la pandemia de gripe de 1918 es considerada la más devastadora de la historia de la humanidad, ya que en sólo un año murieron entre treinta y cuarenta millones de personas en todo el mundo, aunque algunos datos consideran que el conteo es inadecuado y que en realidad murieron cerca de 100 millones de personas. Pese a que la cifra podría leerse alarmante, supone apenas el 1,8% de la población. Esto significa que más del 98% sobrevivió.

En el relato se responsabiliza a los deshielos de los glaciares del acceso al virus. Este sustento, es completamente real. A raíz del calentamiento global, cientos de nuevos descubrimientos se han suscitado en los últimos años en los polos norte y sur.

Los huertos urbanos, la piscicultura y las granjas metropolitanas, son hoy, una de las mejores alternativas para contrarrestar el hambre, el desabasto y la escasez en las zonas de mayor densidad de población en el mundo.

Los seres humanos tenemos la posibilidad de cambiar el rumbo de nuestro futuro hoy mismo. Con acciones responsables y bien enfocadas podemos proteger al planeta y en consecuencia a las futuras generaciones. No es necesario esperar a que suceda una tragedia para darnos cuenta de que al ritmo al que vivimos es imposible subsistir.

Todos los derechos reservados. Relato inscrito ante el Registro Público del Derecho de Autor México 2018. No. de Registro 03-2018-092610281400-01

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