Miomatosis

PARTE I

Es importante abrir un pequeño preámbulo y contar quién fui yo antes de enterarme qué era la Miomatosis Intrauterina y cuál era el papel que jugaría en mi vida. Es significativo aclararlo porque esa condición me cambió la vida para siempre.

 

Yo nací en la Ciudad de México, crecí y viví en ella la mayor parte de mi vida. Mi familia fue atípica. En mi casa las mujeres siempre tuvieron un papel incluyente, mi papá con palabras y mi mamá con el ejemplo, nos enseñaron que el camino que una mujer traza, nos corresponde sólo a nosotras dibujarlo y que no había nada que no pudiésemos lograr si poníamos el empeño necesario en ello. En esa creencia y desde muy joven decidí ser todo lo que yo había imaginado ser, que en ese momento se reducía a estudiar, prepararme para un futuro fabricado en mi imaginación, trabajar, aprender y llegar profesionalmente muy lejos. Tenía el apoyo de mi familia así que lo logré y bastante rápido.  A mis treinta años ya dominaba tres idiomas, tenía un título universitario, una especialidad en el extranjero, un puesto de ensueño en una empresa trasnacional y un sueldo espectacular. Mis aportaciones profesionales eran valoradas y me hacían subir como la espuma. En lo personal la vida también había sido generosa. En aquel entonces mis fines de semana estaban plagados de compromisos sociales, me sentía rodeada de amigos y familia, y me percibía a mí misma halagada por la vida y las personas. Mis logros individuales se estaban alcanzando, había comenzado a pagar mis primeros 65 m2 con el fruto de mi trabajo y el acondicionarlo se había vuelto un hobby del cual yo me sentía orgullosa. Estaba construyendo mi propio espacio, la vida era justa y sentía que todo en era posible, y de hecho lo era, lo fue.

 

A los treinta, era Gerente Nacional de Compras de Consumos Internos y Servicios de una importante cadena de supermercados, la segunda más grande del país. Tenía a mi cargo un equipo vasto junto con quienes surtíamos de insumos a las doscientas sesenta tiendas del grupo, desde Tijuana hasta Mérida. Recuerdo haber pasado temporadas enteras llegando a las nueve de mañana para marcharme pasadas las diez de la noche. Era un puesto altamente demandante, que presentaba muchos retos y mucha responsabilidad, pero a mí me encantaba. Profesionalmente me encontraba a unos cuantos pasos de la cima y socialmente hablando tenía tantos amigos que no me daban los números para contar. Por si aquello fuera poco, en fechas recientes me había reencontrado con el que había sido mi primer amor, y en aquel entonces aún pensaba que él era el hombre de mis sueños. Me sentía guapa, segura, plena y estaba satisfecha con mi vida. Pensé que lo tenía todo.

 

Para celebrar mi cumpleaños número treinta y uno di una fiesta que fue una verdadera jarana. Mi mejor amiga de la infancia y yo lo organizábamos juntas; ella cumple el 11 de abril y yo el 23. Siempre elegíamos el fin de semana entre ambas fechas y hacíamos una celebración digna de recordarse. Ese año, 2007, decidimos rentar una terraza en un hotel con vista al zócalo capitalino. El panorama era sencillamente sensacional; la plaza mayor se desplegaba regia, iluminada, cosmopolita y elegante. El aire olía a primavera de ciudad y el calor cedía a la fresca brisa nocturna. La lista marcaba doscientos invitados, había bebida  y comida de sobra, grupo en vivo, DJ, amenidades y sorpresas durante el evento. Habíamos decidido que no queríamos celebrar bodas, sino años cumplidos. ¡Fue espectacular! Yo lo disfruté poco.

 

Un par de días antes de la fiesta me sentía mal, cansada, como con gripa pero sin ella. El día de la fiesta salí poco después del medio día hacia el local de otra de mis amigas. La idea era acicalarme en su establecimiento y estar lista para el evento después de una sesión de mimos. Era imposible no notarme las ojeras cuando me sentaron frente al espejo. Tampoco pude evadir la palidez de mi piel ni el desgano anunciado por mis bostezos.  Atribuí mi malestar de meses a estrés, sobre carga de trabajo, no comer bien ni a mis horas. Por esos días medía 1.60 m y pesaba 49 kg. Mi amiga también notó mi indisposición así que llamó a una fonda en donde servían también cocteles de frutas y verduras, tan típicas en México, y me pidió un combinado de plátano con yogur, mucha miel y granola con arándanos. Seguramente el potasio me levantó el ánimo, y por unas horas volví a ser la misma de siempre, pero un cuchicheo no muy distante me hizo reflexionar por primera vez en mucho tiempo. Otra clienta, sentada a unos cuantos metros de distancia, a quien le estaban haciendo una manicura, me miró con desdén, después le preguntó a mi amiga, que era la dueña del salón de belleza, si era posible que yo consumiese drogas. ¿Me veía realmente tan mal como para que una completa desconocida asumiera que yo padecía una adicción?  Probablemente sí, pero el maquillaje y el peinado ocultaron mi lividez y el atuendo, cuidadosamente seleccionado un par de meses atrás, había logrado disimular mi figura esquelética y enferma. Una vez lista conduje a la fiesta, pensando todo el tiempo en el comentario de aquella mujer. La mayor parte del tiempo quise salir corriendo,  pero los abrazos, las felicitaciones y los brindis me hicieron quedarme. En aquel momento añoré la simplicidad de mi cama; a últimas fechas se había vuelto un refugio, al cual acudía para aliviar el cansacio, hundida entre las cobijas y distraída por la televisión. Esa noche no pude hacerlo, tenía que atender a toda la gente que habíamos invitado.

 

A las 5:40 de la madrugada el aire se había vuelto frío y comenzaba a molestarme en los huesos. Justo a esa hora se despedía el último invitado. Mi amiga y yo lo habíamos logrado, habíamos sobrevivido a otro cumpleaños extraordinario y ahora no quedaba más que agradecer al grupo que había tocado maravillosamente, amenizando la noche al ritmo de sones cubanos y que al final, además, hizo las veces de karaoke. Pagamos los últimos detalles, me subí al coche, sin sentirme borracha como en fiestas cumpleañeras de antaño y conduje envuelta en una sesación de extraña dolencia. Algo no iba bien, me dolía la espalda, me sentía agotada. Llegué a casa y dormí mal.

 

El timbre del teléfono me despertó al rededor de las once de la mañana. Abrí los ojos y me puse de pie; todo me daba vueltas, jadeaba, y noté por primera vez que no podía respirar. Mi mejor amiga, con quien compartí festejo cumpleañero la noche anterior, me llamaba. Me costó un esfuerzo descomunal separarme de las sábanas y caminar hacia el teléfono. Ella quería platicar de la noche anterior, de los galanes, de los que fueron, de los que se emborracharon, de los que pasaron vergüenzas, de los que se lucieron, de la más guapa, del más inoportuno. Yo no podía ni hablar.

      -No puedo respirar –le dije bruscamente mientras intentaba meter aire por la garganta.

 

Una función tan natural, la primera que hacemos al nacer, ese día me parecía imposible. Arqueaba el cuello hacia atrás con la esperanza de jalar aire suficiente para no sentir aquella agonía asfixiante, pero a mis pulmones no entraba nada. Me sostenía de pie, encorvada, sobre el sofá. No podía pensar, no podía moverme, ¡no podía respirar! Quise tragar aire pero no llegó, entonces comencé a desesperarme y me invadió el pánico.

 

Veinte minutos después, llegaba mi mejor amiga por mí. Me arrastró escaleras abajo. Yo vivía sola, en mi departamento recién comprado; quinto piso y no había elevador. Me empujó como pudo dentro de su coche y condujo al hospital Dalinde en la Colonia Roma. Entré caminando, sosteniéndome el diafragma y luchando por introducir oxígeno a mis pulmones. ¡Estaba aterrorizada! ¿Me estaba muriendo? ¿Qué me pasaba? Apenas había tenido tiempo de beberme un par de copas la noche anterior. Con toda seguridad esto no era el resultado de una mala pasada de copas. Entonces, ¿qué era? La respuesta a la primera pregunta era sí. Sí, me estaba muriendo. La respuesta a la segunda pregunta llegaría un par de semanas después.

 

 

KarenVegas
La que fui antes de Miomatosis

 


 

PARTE II

Han pasado tres horas desde que entré sostenida del hombro de mi mejor amiga al hospital. Sigo aún en la Sala de Emergencias. Nadie sabe con certeza qué es lo que tengo. Casi de inmediato me ponen una máscara que administra oxígeno a mis pulmones. Por fin, el aire entra y sale de mis pulmones y recuerdo entonces lo que es respirar. El vapor que se condensa en la máscara forma gotitas de agua que me dicen que sigo viva. Me tranquilizo por un momento. La máscara me cubre la nariz y la boca y el resorte que rodea mi cabeza por detrás me da comezón en las orejas. No me atrevo a apartarme la máscara.

 

Dos médicos residentes se han acercado a revisarme, a hablar conmigo y a atender mi caso. Los he visto anotar cosas en una hoja y me han pedido varias veces que les diga o les confiese si tomo drogas recreativas. Me dicen que no saben qué produce lo que tengo, pero que mi condición es grave y que sin mi ayuda no podrán encontrar el diagnóstico adecuado rápidamente. Estoy asustada y en ese momento soy capaz de confesar cualquier secreto, pero sé que no consumo drogas recreativas ni bajo prescripción. Sé que hasta ese día yo había sido siempre sana, sé que mi único vicio era, hasta la noche anterior, el tabaco. Confieso todo lo que se me ocurre; en quinto de primaria me robé una paleta payaso del escritorio de la maestra, y sí fumé Mariguana una vez. Acababa de cumplir los dieciocho años, era el verano que antecedía a mi entrada a la universidad y sabía que mis amigas del bachillerato y yo ya no podríamos vernos con la frecuencia con que lo habíamos hecho durante todos esos años de escuela. Una de ella consiguió un par de cigarrillos de mariguana y quisimos probar. Llegamos a mi casa y subimos a la azotea. Yo le di dos caladas y casi instantáneamente sentí un golpe noqueador en el cerebro. No recuerdo mucho de aquel episodio, pero lo que sí se quedó en mi memoria fue la risa incontenible y simplona, y la bolsa y media de Racheritos que me comí. Sé que también bebí más de dos litros de agua y que desperté desorientada para darme cuenta de que había dormido más de doce horas. No me gustó nada la sensación de pérdida de control ni mucho menos sentirme amodorrada. Se me quitó la curiosidad y jamás volví a tocar drogas. El residente me mira con tintes de ternura cuando le confieso que llevábamos guantes y toallas en la cabeza pues no quería que mi mamá, quien estaba abajo en la cocina, se percatara del olor. Las metimos a la lavadora ni bien terminamos. El médico me dice que dos fumadas de Mariguana, hace casi doce años, no son la causa de lo que me pasa ahora. Me cree entonces que no he consumido drogas recreativas y me informa que están esperando que bajen los análisis de sangre. Mi mejor amiga hace guardia en la sala de espera. Le pido que llame al chico con el que estoy saliendo, al que yo considero perfecto. Él vivía en la colonia Condesa, así que no tarda mucho en llegar. Lo dejan entrar de inmediato a verme, pensando en que tal vez era mi novio. La realidad es que ese chico ni es mi novio ni tiene ni tuvo jamás nada de perfecto, pero en ese momento yo me aferro a su mano que aprieta la mía, porque necesito más que nunca que alguien me diga que todo estará bien, que no me dejarán sola, que lo que sea que pase lo libraremos juntos. Él escucha el relato y se sienta a mi lado, estupefacto. Yo le entrego mi mano y él se ve obligado a apretarla, pero al estrujarme me percato de que él está más asustado que yo. Me atrevo incluso a tranquilizarlo y entonces noto que el miedo que me dispara con los ojos no proviene del misterio del diagnóstico, hay algo más, yo sé que yo soy el origen, pero en ese momento no me atrevo a aceptarlo. Mientras compartimos las miradas más incómodas de mi vida, llega una voz a distraernos.

-¿Dices que entró caminando?

-Sí Doctor –contesta uno de los médicos residentes.

-¡Increíble!

 

En ese instante una mano separa la cortina que me regala un poco de privacidad. Entra un médico mayor, se presenta como el responsable del área de Medicina Interna y lleva en la mano mis análisis. Me dice que no estoy bien. Mi corazón está trabajando anormalmente y eso genera mucha preocupación. Me indica que no debo moverme, que incluso para ir al baño necesito ayuda, me dice que mi corazón podría sufrir un infarto si tan sólo diera dos pasos. Siento un vacío en el estómago.

-Lo que me preocupa no es eso. Es grave pero no tan grave como lo que dicen sus análisis.

 

Se sienta a un costado de la estrecha cama y me dice que no da crédito a que yo haya entrado caminando. Precisa en que con los niveles de sangre que se manifiestan en los resultados de los análisis yo debería estar en coma, inconsciente o moribunda. Me dice que le cuesta creer que esté hablando con 4.2 g/dl de hemoglobina porque la muerte clínica por desangramiento se declara con 3.5 g/dl de hemoglobina y que lo normal para una mujer de mi edad oscila entre 12,1 y 15,1 g/dL. Insiste en comentar que no ha visto nada igual. Me explica que mi corazón está fallando porque bombea tres veces más de lo normal para llevar la poca sangre que tengo a todo el cuerpo.  Para mí es incomprensible la información que se me está revelando y por eso me animo a preguntar cómo es posible que me esté desangrando si yo no estoy sangrando. Él me contesta que justamente eso es lo que tienen que averiguar. Me pregunta por mi familia, específicamente por mis papás, le informo enseguida que sí tengo, ambos viven y en la misma ciudad. De inmediato me exige que contacte a mis padres. Siento entonces que brotan lágrimas, se detienen y rodean la máscara de oxígeno. Me siento inmóvil, petrificada y profundamente atemorizada.

 

Me llevan y me traen, me hacen muchos análisis, tomografías, ultrasonidos, me sacan sangre varias veces. Me dicen que no pueden empezar a tratarme hasta saber qué está pasando. Cuando regreso del último ultrasonido en el que exploraron mi abdomen bajo, mis papás ya están ahí. Están tan desconcertados como yo. Me abrazan y me dicen que están ahí conmigo y otra vez siento que se desbordan indetenibles litros de lágrimas. No serían las últimas.

 

Finalmente me suben a un cuarto. Debo decir que tanto el personal administrativo como el personal médico del Hospital Dalinde me brindaron un trato humano y amable en todo el tiempo que estuve bajo sus cuidados, y en esos momentos de inaguantable espera, ese fue el factor determinante que hizo toda la diferencia. Mi habitación era bastante cómoda, incluso bonita. Todo el equipo parecía nuevo, la cama era confortable y amplia, las ventanas aislaban el ruido de las avenidas bulliciosas, el sofá era moderno, y el baño estaba impecable. Ahí pasé los primeros días de una roda de hospitalizaciones que me harían terminar aborreciendo los nosocomios del mundo.

 

Un día después me dicen finalmente lo que tengo. Por un lado neumonía, causada por un sistema inmune débil producto de una anemia severa. El pulmón izquierdo había colapsado y era lo que me impedía respirar apropiadamente. La anemia era consecuencia de la miomatosis uterina que yo padecía y que finalmente era también la causante del desangramiento. Yo escucho el diagnóstico con mucha atención. Intento concentrarme en las palabras, en los detalles e incluso en las áreas del cuerpo a las que pertenecen. Entre el enjambre de términos médicos hay una palabra que jamás he escuchado; miomatosis. ¿Qué es eso?

 

Podría ahorrarme la explicación y sólo pedirles que acudan a la sabiduría de Google para obtener información sobre la miomatosis uterina, pero prefiero intentar describir mi versión; mi versión como paciente, mi versión como mujer, mi versión como ser humano. Los miomas son tumores benignos que crecen dentro, fuera y entre las paredes del útero. No se sabe con total exactitud por qué crecen pero lo que me explicó mi médico favorito es que las hormonas que expedimos (estrógeno y progesterona) cada mes, durante nuestros ciclos normales de ovulación, y durante la menstruación, envían información de más al útero, y éste capta ese exceso de información y lo transforma en crecimientos anormales de tejido. Suena simple y sencillo, ¿cierto? Ah, es un problema ginecológico. Seguro tiene arreglo. En realidad es mucho más complicado de lo que creemos.

 

Permanezco diez días en el hospital. En ese tiempo curan mi neumonía con una mezcla de antibióticos y tratamientos neumológicos, me transfunden tres paquetes de sangre que de pronto me hacen sentir viva otra vez, llena de energía y descansada. Durante esos diez días me visitan muchísimos amigos, muchos de ellos donan para el banco de sangre del hospital. Yo me siento súper agradecida y por primera vez en la vida reparo en la generosidad que implica donar sangre y es que al hacerlo también se dona vida. A mí me regalaron vida y eso es algo que nunca olvidaré.

 

Una vez repuesta y de pie me dan de alta. Salgo del hospital con una prescripción de coagulantes que, de acuerdo a las instrucciones de los médicos, me permitirán tolerar la siguiente menstruación hasta que haya encontrado a un ginecólogo que pueda evaluar mi caso y decirme cómo proceder. Para ese entonces yo ya tengo muy claro que perder sangre es igual que perder vida y no dudo en seguir sus instrucciones ni en buscar a un ginecólogo a la brevedad posible. En ese momento yo pienso que lo peor ha pasado, que de nuevo mi vida está bajo mi control, y que jamás volveré a pisar un hospital. ¡Qué equivocada estaba!

 


 

Parte III

Salud. Dinero. Amor.

Nuestras vidas giran y se desarrollan alrededor de estos tres elementos. Es lo que deseamos en cada inicio de año para nosotros y para aquellos a quienes amamos, es lo que buscamos a lo largo de nuestras vidas, es el equilibro, el complemento, la suma del éxito. En el transcurso de 2007 yo perdí mi equilibro, mi complemento y la suma de todos mis éxitos. Mes a mes vi caer, como fichas de dominó impulsadas por una fuerza incontenible, todo lo que yo había construido hasta ese momento. Ser el espectador de la destrucción de tu propio mundo es algo que no le deseo a nadie. Me fue imposible detener la sucesión vertiginosa de los eventos hasta que finalmente contemplé lo que había quedado: Nada.

 

Mi trabajo no era sólo mi sustento, era el conjunto de atributos profesionales y académicos que yo había acumulado a lo largo de diez años. Era mi orgullo, mi autosuficiencia y el motivo de mi jactancia. Me iba bien, no podía quejarme, estaba próxima a cumplir tres años en ese puesto y aunque había muchos obstáculos por sortear yo era muy feliz con mi trabajo. Desde el día en que comencé a laborar ahí, había escuchado los rumores de una posible venta. Durante el tiempo en que colaboré con la empresa nunca se había concretado nada y al cabo de un tiempo llegué a creer con firmeza que se trataba sólo de chismes de pasillo hasta que llegó el día en que todo cobró realidad.

 

Fue un día normal y yo nunca estuve sobre aviso. Era mitad de semana, martes o miércoles, y había aceptado la invitación de dos colegas de otra área para probar las enchiladas de un local en Polanco que sólo eso vendía, eran la especialidad. Al medio día, a la hora acostumbrada, nos enfilamos al destino seleccionado y siendo yo primeriza en el local, me sugirieron probar “La Banderita”; tres rollitos de tortilla de maíz rellenos de pollo deshebrado, uno cubierto de salsa roja, otro cubierto de salsa blanca y el último de salsa verde. La conversación y la comida me supieron a gloria. Regresé de la comida y mi secretaria ya me esperaba. Me indicó de inmediato que mi jefe quería verme y que era urgente. Ni siquiera tuve tiempo de lavarme los dientes o pasar a dejar mi bolsa, me desvié de inmediato a su oficina. Juro que aún llevaba un pedazo de enchilada en la tráquea cuando me dijo que le apenaba enormemente la noticia que me iba a dar pero que le habían informado que la empresa se había vendido a otra cadena de supermercados y que parte del paquete de venta era recortar los gastos administrativos de la empresa. Me dijo, sin pena alguna, que mi sueldo equivalía al de tres compradores, y que hasta que la transición de la venta estuviera completa era importante sostener la operación. Yo no era operativa, yo dirigía una gerencia nacional, por ende, era completamente reemplazable, sustituible, desechable. Qué importaba que hubiese trabajado mañanas, noches y fines de semana, qué importaba que hubiese dejado vida y salud entre los cubículos maltrechos de ese edificio de cuatro pisos en Polanco, qué importaba que tuviera vistas a una dirección y que me hubiera esforzado esos años para ganármela, para conseguirla. Nada. No importaba absolutamente nada. Me ofrecieron un paquete de liquidación justo y digno que no pude rechazar. Ambos pusimos condiciones; mi jefe tenía instrucciones de asegurarse de que yo no fuera a montar un escándalo o peor aún, iniciar una pelea en tribunales, y lo que yo quería era que mi equipo supiera la noticia por mi propia vía. Los dos queríamos una solución rápida y sin dramas así que ambos accedimos a las peticiones. Salí de su oficina sosteniéndome el diafragma. En las manos llevaba una granada que me apretaba la garganta y me hacía carraspear. Respiré profundo y llegué a mi oficina. Llamé a mi secretaria y le pedí que llamara a todo el equipo. Mirándolos de frente les di la noticia de mi despido. Después les pedí que continuaran con sus labores y cuando estuve sola miré el monitor. La bandeja de correo entrante parpadeaba, pero a mí me resultó imposible concentrarme. Pedí la tarde libre y salí huyendo. Inhalé y exhalé contando los segundos hasta que estuve encerrada en mi coche y fuera de las instalaciones y entonces lloré. Lloré tanto que no pude hablar hasta el día siguiente. Permanecí una semana más en la empresa, como se había acordado. Cerré tantos pendientes como pude, me despedí lo más honorablemente que la situación me permitió y cerré un capítulo en mi vida. Nunca más buscaría retomar mi carrera profesional, aunque la vida me colocó en otro puesto, en otra empresa, en otra situación, tres semanas después de mi renuncia forzada.

 

La empresa que me acogió comercializaba tecnología. Era demasiado pequeña para mis sueños y expectativas. Mi puesto fue Gerente de Compras Internacionales. Intenté enfocar mis energías en las ventajas de trabajar para esa empresa, me animé a imaginarme otros escenarios, le eché un vistazo al cheque que llegaba cada quince días y que era 20% mejor que el que tenía en mi puesto anterior, pero nada de ello logró nunca generar la devoción, la dedicación y la emoción que tuve en años anteriores.

 

El amor viene, se entrega, se da y se recibe de muchas maneras. En mis años de soltería, gran parte del amor que fluía por mis venas correspondía a mi círculo de amistades. En ese entonces tenía la capacidad de hacer migas hasta con las piedras. Mientras estuve en el hospital Dalinde, el médico que trató mi neumonía y de quien ahora sólo recuerdo su nombre, Marco, se volvió muy amigo mío. Aunque mi pulmón izquierdo se había recuperado por completo, Marco y yo seguíamos en contacto y su amistad fue muy importante para mí en esa época. Él es un hombre verdaderamente maravilloso y un médico extraordinario. Sé que él se enamoró de mí. Yo también intenté seguir la inercia de nuestras tardes cómodas y cálidas. Quise quererlo en cuanto me percaté de sus intenciones, pero al final entendí que yo nunca hubiera podido enamorarme de él. No era el momento, ni el tiempo ni el espacio que nos correspondía, haber perseguido un amor que no existía era fútil, nuestras diferencias eran demasiado grandes. Él ya rascaba los cuarenta mientras yo apenas metía los dos pies en los treinta. Él quería esposa e hijos, yo quería romance y aventura. Además estaba ese otro muchacho, ese que se merece su propia historia capitulada o quizá convertida en una saga, ese que nunca pudo amarme a pesar de que yo hubiese dado todo por él. Quizá por eso la vida no me lo concedió, porque de haberlo hecho me habría perdido entre sus manos, entre su altura, en sus ojos, en su figura esculpida. Sin embargo, no lo comprendí así, me aferré y concentré en esa ilusión vaga y frustrante.

 

Durante mi estancia en el Hospital Daline, me prescribieron coagulantes de sangre, con la intención de que en mi próxima menstruación no se me salieran los tres paquetes de sangre que me habían transfundido y que habían dejado mi hemoglobina en un cómodo, pero insuficiente 8.5 g/dL. Aquí comienza mi viacrucis. Una vez que tuve un diagnóstico en mis manos, me di a la tarea de buscar al médico idóneo capaz de ofrecerme el mejor tratamiento. Empecé a buscar ginecólogos al día siguiente que salí del hospital.

 

Yo comencé mi vida sexual activa a los diecinueve años y desde ese momento siempre fui muy responsable con mi cuerpo. Cada año asistía religiosamente a practicarme los exámenes de rutina, y si notaba cualquier desajuste, inmediatamente hacía una cita y lo discutía con mi ginecólogo en turno. Los seis años anteriores a mi primera hospitalización, la Dra. OP fue mi ginecóloga de cabecera. En todos esos años que consulté a la Dra. OP JAMÁS me habló de miomas, JAMÁS mencionó riesgos, JAMÁS advirtió problemas. Cuando indagué sobre mi padecimiento, no pude evitar sentirme agredida, expuesta y profundamente engañada. Esa mujer me había mentido, había jugado con mi salud, me había llevado al extremo de perder la vida por su negligencia profesional y su desconocimiento médico. ¡Estaba furiosa!

 

Recuerdo pláticas en las que le expuse que mis dolores menstruales eran intensos y que se acompañaban de sangrados que a mí me parecían exagerados. Ella había comentado, en incontables ocasiones que yo tenía un par de quistes, nada de qué preocuparme, que me los reventarían con láser o en el peor de los casos los sacarían con laparoscopia. Nunca me pidió una biometría hemática completa, nunca profundizó en mis clarísimos síntomas; dolor y sangrado extremos. Evidentemente no volvería a su consultorio jamás y en consecuencia me di a la tarea de encontrar un nuevo ginecólogo. La búsqueda fue muy frustrante. Al principio me guie por recomendaciones.

 

Mi mamá me ayudó en la busca, habló con una amiga y terminé en el consultorio de la peor ginecóloga del mundo. Me ve, me revisa, me hace un ultrasonido pélvico y escupe:

-Uy m’hijita, no. Lo tuyo no tiene remedio. Matriz que no da hijos, da tumores. Ustedes las mujeres de carrera siempre terminan igual, infértiles. Pues sí, tienes unos miomotas enormes. Tu útero mide dieciocho centímetros. A ti no te queda de otra más que hacerte una histerectomía, pero no te preocupes, es laparoscópica y a los tres días ya estás como nueva.

-¿Qué es una histerectomía? –la miro casi odiándola mientras veo que se retira los guantes de látex que hace unos segundos exploraron mi vulva.

-Pues que te vamos a quitar el útero.

-O sea que no voy a tener hijos –siento que me falta el aire.

-No, tú nunca vas a poder tener hijos. Ya desde ahorita no puedes tener hijos. Estás invadida, chula. Si no te operas, te vas a morir. Si no soy yo, de todos modos, te lo van a quitar.

 

Me levanto y me visto sintiendo que quiero llorar, salir, gritar. La odio hasta el día de hoy por haber dicho esas palabras sin tacto, sin mesura, sin compasión. Mi mamá, que ha escuchado todo y que impávida guarda silencio con ojos enormes, me sigue mientras dejamos atrás ese maldito consultorio. Subimos al coche, enciendo la marcha, se me escapa el aliento y no sé si estoy llorando o si aún estoy en shock. Pongo las manos al volante y mi mamá me acaricia el hombro.

-Piénsalo, hija. Es tu vida. Al menos considéralo –mi mamá trata con mucho amor de aceptar el tratamiento a un diagnóstico injusto, yo sólo me siento juzgada.

-¡Ni madres! –meto la primera velocidad –. Ni madres. Vamos a buscar otra opinión, las que hagan falta.

 

El tamaño normal del útero oscila entre seis y nueve centímetros de longitud o altura, tres y cuatro centímetros de ancho, y entre dos y tres centímetros de espesor. El mío medía dieciocho centímetros.

 

Además del padecimiento, la edad y las decisiones tomadas comenzaron a acosar mis pensamientos. Esa mujer me había sentenciado duramente, había atribuido a mi estilo de vida mi condición médica. Honestamente, por algunos días permití que sus palabras me taladraran el alma y me arrepentí de haber devuelto ese anillo de compromiso a los veintidós años, de haberme ido a Canadá un año a estudiar francés, de haberme ido después a Boston a estudiar mi especialidad, de haberme lanzado al noroeste argentino a perseguir gauchos, paisanas y a un amor que no me correspondió. Me arrepentí de amar mi trabajo, mi mente creativa y astuta, me arrepentí de no poderme conformar con el primero que pasara. Me arrepentí muchísimo. ¿Era mi culpa? ¿De verdad era yo la culpable de lo que me pasaba? NO.

 

La miomatosis uterina afecta al 40% de las mujeres en el mundo en edad reproductiva. Está condicionada a muchos factores, el más importante es hereditario y se ha encontrado en estudios recientes que a mayor pigmentación de la piel, mayor incidencia en casos con miomatosis uterinas severas. Entre más morena seas, más probabilidades tienes de padecerlo. La miomatosis uterina no tiene nada que ver con tu estilo de vida ni con tus decisiones. Me costó muchos meses de investigación, de auto repudio, de sesiones de preguntas y respuestas, entender que yo no tuve la culpa y que las decisiones que yo había tomado en mi vida no me habían causado ni los sangrados abundantes ni los dolores excesivos.

 

En total visité diez consultorios médicos en un periodo de dos meses. El diagnóstico era el mismo, los tratamientos eran una verdadera carnicería; histerectomía, congelamiento de endometrio con nitrógeno líquido, raspado, legrado de tumores, corte parcial del útero, entre otras torturas inconcebibles. Cabe aclarar que no estaba consultando médicos que ofrecían sus prácticas en tugurios o clínicas clandestinas, sino ginecólogos referidos y hasta reconocidos que cobraban jugosas consultas en hospitales de la envergadura de Grupo Ángeles, Médica Sur, Español, entre otros.

 

Andaba ya por el quinto médico cuando el mes después de mi primera internación había pasado y yo ya había tenido mi primera menstruación. Aparentemente había ido todo mejor. Había sangrado mucho pero había notado que había sido menos que la vez anterior. Mi cuerpo no lo interpretó como yo y sumado a los coagulantes que me habían prescrito, envió señales de alerta equivocadas. Ese sábado estaba en la oficina pues se hacía inventario una vez al mes y nos tocaba ir a trabajar en fin de semana. Marco me llamó para preguntarme si me apetecía comer con él.

-Otro día, Marco. Me duele mucho la pierna –le comenté sin mucho afán, aún presionando teclas frente al monitor.

-¿Cómo que te duele la pierna? ¿Por qué? ¿Qué sientes? –se enderezó. Escuché la piel de su silla crujir y los resortes metálicos chillar.

-Pues no sé, la tengo súper tensa, no puedo doblar la rodilla. Yo creo que me jalé un tendón.

-Vente para acá de inmediato –ordenó.

-¿Por qué? Ay no me asustes, Marco –solté las teclas.

-Ven, te reviso, y ya luego te vas a tu casa.

 

Me fui inmediatamente hacia su consultorio ubicado en el Hospital Ángeles Metropolitano. En ese entonces yo trabajaba en la Colonia Escandón por lo que el trayecto no duró más de diez minutos. Él ya me estaba esperando en la entrada del estacionamiento. Me vio caminar y advertí instantáneamente su preocupación. Me acompañó a Urgencias y casi de inmediato me trasladaron a Imagenología. Me hicieron un doppler en la pierna izquierda y me internaron tres días más. Los coagulantes que me habían indicado, provocaron la primera de mis trombosis. Si Marco no me hubiera llamado a su consultorio, ese coagulo, ya en mi muslo, hubiera viajado a mi pulmón, corazón o cerebro y yo hubiera muerto de una embolia.

 


 

Parte IV

Llevo tres semanas en mi nuevo trabajo y ya me veo en la necesidad de solicitar una incapacidad por tres días. Yo pienso que mi jefe no me cree porque ese lunes, cuando le aviso que no podré ir a trabajar porque estoy en el Hospital Ángeles Metropolitano, se me aparece a la hora de la comida. Cuando constata que no le miento, se queda a hacerme compañía y me permite que le cuente lo que me está pasando. Él se muestra interesado y me da los datos del esposo de una amiga de su esposa, quien atiende a sus pacientes en un consultorio en el Hospital Español. Me desea pronta recuperación y se va.

 

Marco pasa a visitarme. Una enfermera muy sonriente lo acompaña. Será ella quien me administrará los adelgazantes de sangre. Me aplica la inyección en el muslo. El líquido arde más que el piquete de la aguja, así que yo aprieto los párpados y con los puños arrugo las sábanas mientras siento que la carne me quema por dentro.  La función de este medicamento, que es completamente nuevo para mí, es la de disolver el coágulo para que la sangre pueda fluir libre de nuevo. Siempre odié las jeringas, pero esta vez ya es el tercer día que me inyectan y comienzo a acostumbrarme al ritual. La enfermera se toma el tiempo de enseñarme cómo debo administrarme las dosis de anticoagulantes porque una vez que esté fuera del hospital, debo hacerlo yo misma durante diez días más. La observo mientras habla, mientras explica con todo detalle lo que tengo que hacer. Yo sólo siento que el estómago se me revuelve, pero entiendo que debo asimilar la información y poner atención porque es imperativo prevenir la formación de nuevos coágulos. De esta manera, memorizo que debo levantar la piel de la rodilla, formar un triángulo y allí insertar la aguja. La sola idea me inquieta y no sé si tendré el valor para hacerlo.

 

Marco observa las clases, sonríe y me giñe. Me ofrece ir a mi casa todos los días a inyectarme. Yo le devuelvo la sonrisa y niego con la cabeza. Me enternece y me halaga de sobremanera que un hombre que estudió doce años de medicina, incluyendo la especialidad, tenga la disposición de ir a enterrar una aguja en mis carnes. Cuando la enfermera se retira, da inicio una conversación de la cual yo no quiero ser partícipe.

 

Sus intenciones son buenas, pero sus palabras me duelen, me confunden, me restan valor y esperanza. Me pide que recapacite, que piense y que decida con la cabeza fría. Me enseña los análisis que le bajaron apenas hace unas horas y me muestra el valor que ahí aparece para mi nivel de hemoglobina.  Se encuentra en 7.3 g/dL. Me explica que no se puede vivir con una anemia como esa por mucho tiempo y me dice que en esta vida lo más importante es vivir, que tener hijos es secundario, que hay quienes no los tienen, que todo pasa por algo. Me quedo en silencio y bajo la mirada. Trato de ocultar mi molestia y aunque valoro su opinión personal y profesional, todo en mi cuerpo y mi mente me pide que la rechace.

 

¿Por qué todo el mundo me orilla a sacarme el útero? Mi respuesta es evasiva. Le comento que mi jefe me acaba de pasar los datos de otro ginecólogo y le informo, animada, que tengo el presentimiento de que ese es el bueno. Él me deja seguirme engañando.

 

El martes me dan de alta y al siguiente día vuelvo a una rutina laboral que cada día me pesa más. Intento seguir con la cotidianeidad. No me quejo, no comparto lo que siento, no les dejo ver que necesito ayuda. Entrego cuerpo, alma y corazón para demostrarle al mundo que puedo sola, con eso y más, pero hay noches en las que, subiendo a mi departamento me quedo en el cuarto piso, sostenida del barandal, y me veo obligada a tomar una pausa. Nadie sabe lo difícil que me es ahora subir las escaleras, hacer las compras, despertar, concentrarme, hablar y comer. No puedo permitirme mostrar ni un tantito de debilidad porque entonces todo lo que yo aprecio colapsaría. La segunda vez que mis papás me visitan en el hospital, mi mamá me pregunta lo impreguntable.

-¿Por qué no te vienes unos días a la casa? Aquí te podríamos cuidar mejor.

-No es necesario mamá –contesto con seguridad, pero rehuyendo de su mirada porque sé que ella intuye que las cosas más sencillas ahora me resultan complejas. Sé que si ella me mira a los ojos, tendrá la certeza de que lo estoy pasando mal.

 

No puedo perder mi independencia, me costó mucho lograrla. Tenía veintiséis años cuando me  mudé con ese chico francés del que me enamoré y al cuál juré seguir al fin del mundo. Compartí mis planes con mi familia con la debida anticipación, tres meses, mientras buscábamos departamento. Mi mamá saboteó un par de citas de firma de contrato de arrendamiento, pero de todas maneras empaqué mis cosas y me fui. Mientras bajaba mis maletas me gritó desde el pasillo de la primera planta que no me fuera así. Ni siquiera le regalé una última mirada.

 

Mi francés, después de dos meses de haber regresado a Francia, decidió seguir sus sueños sin mí y prefirió dejarme en México con un colchón, un buró y un frigo bar. Si había sobrevivido a eso y a un robo en casa habitación, ¿por qué no habría de sobrevivir a esto también? No pensaba regresar a vivir con mis papás ahora. Así pues, me dediqué a fingir que todo iba bien, pero pagué un precio muy alto por una libertad que ahora me oprimía y me chantajeaba.

 

Mi carácter, otrora alegre, se volvió amargo. Comencé a retraerme, a aislarme, estaba con frecuencia de mal humor, era agresiva, explosiva, observaba todo con negatividad y “ahora qués”, y comencé a empujar a la gente que yo más quería en la dirección opuesta. No fue del todo intencional, fue en defensa propia. Para empezar, la gente a mi alrededor no entendía lo que me pasaba, de verdad no lo comprendían, era como hablar de física cuántica. No les quedaba claro por qué mi condición era tan complicada y siempre llegábamos al mismo callejón sin salida; “pero si te hacen la histerectomía, entonces ya se acaba todo eso, ¿no? ¿Por qué no lo haces? Esas son ganas de sufrir, yo ya me la hubiera hecho.”

 

En segundo lugar, sentía que no podía hablar de mis malestares ni de mis síntomas, sentía que en un punto los aburría o abrumaba, y en esas fechas no podía hablar de otra cosa, no tenía nada qué contar. En tercer lugar, resentía profundamente verlos hacer sus vidas y yo no podía hacer la mía. Los amigos pronto comenzaron a desaparecer. Cuando te enfermas te enteras de quienes te aman de verdad. En mi caso, la realidad fue que al final del camino, en mis horas más oscuras, sólo estuvieron mis papás, nadie más. El chico con el que salía se desapareció después de una visita en el hospital. Nunca volvió a contestarme el teléfono, ni las alertas del Nextel. Nunca, hasta el día de hoy, he podido entender el porqué. No sé qué cosa tan terrible le pude haber hecho para cortar comunicación conmigo de esa manera, para esconderse, evitarme y no atreverse a decirme de frente “Ya no te quiero ver más.” En ese mes comencé psicoterapia y conocí a Viridiana Elías Prieto, quien más adelante se convertiría en una amiga para toda la vida. Visitaba su consultorio una vez por semana y era lo único que me daba un poco de serenidad en esos días.

 

Pasa un mes más y descubro que el ginecólogo sugerido por mi jefe resulta ser peor que los demás. Me escabullo de su consultorio, protegiendo la integridad de mis entrañas y entonces pienso que me he quedado sin opciones. Me es imposible ver lo que hay del otro lado de ese muro que parece separarme de la solución.

 

En una llamada telefónica, mi mejor amiga me confiesa que ella tiene un ginecólogo muy bueno, pero que le da temor recomendármelo pues sabe que he tenido mala suerte. Le digo que a estas alturas no importa, que no pierdo nada y le suplico que me pase sus datos.  El Dr. Ernesto Peimbert Puente era el décimo ginecólogo que yo visitaría.

 

Hago la cita sin ningún tipo de expectativas. Su secretaria me indica que puede recibirme la siguiente semana. Tres días antes de mi cita con él, mi mundo se viene de nuevo abajo. Estoy en la ducha, me paso los dedos enérgicamente por el cabello y de pronto percibo que el baño se mueve, como si estuviera en un barco, navegando en altamar. Después desaparezco. Me despiertan las gotas de agua helada que apuñalan mi cuerpo, incesantes y pesadas. Abro los ojos y me percato de que estoy en el piso. Mi cadera bloquea la coladera y me encuentro rodeada de un charco de sangre. Intento levantarme, ¡quiero levantarme!, pero mis brazos no pueden sostener el peso de mi cuerpo. Me duelen las caderas y la cabeza me punza. Me toco la frente casi instintivamente y me descubro un bulto bajo la piel. Estoy asustada. Comienzo a arrastrarme. Estoy desnuda, mojada, y avanzo como un caracol. Empujo la puerta, que gracias a Dios había dejado entreabierta y concentro todas mis fuerzas en una sola cosa; el teléfono.

 


 

PARTE V

Seguramente estuve inconsciente bajo el agua de la regadera por más de diez minutos. Mi primer departamento era pequeño; 65 mt2 de concreto y piso laminado que contenían mis horas de esfuerzo y dedicación. Lo amaba. Sin embargo, desde la puerta del baño, el trayecto de un par de metros hasta la sala, en donde estaba conectado el teléfono inalámbrico, me parecía inmenso. Intenté gatear, y dejé tras de mí un hilo ancho de sangre espesa. No me atreví a buscar el teléfono celular que estaba en mi habitación, sentía que hasta allá no llegaría nunca. Cuando tenía dieciséis años, me sabía de memoria los números de teléfono de mis amigas, mis abuelas, mi papá, mis primos, y probablemente también el del Señor del Gas. Una vez que tuve un celular en la mano, dejé de memorizar, el aparato lo hacía por mí. En ese momento sólo me acordaba del número de la casa de mis papás. Sonó un par de veces y entonces escuché a mi papá, al otro lado del auricular, y se me partió la voz. Era temprano, todos nos preparábamos para ir a trabajar.

-¿Papá? Creo que me estoy muriendo.

 

Mi héroe, el que me dio la vida y cuidó de mi niñez, llegó en tiempo récord, que en la Ciudad de México eso se traduce a media hora, sorteando el tráfico y tomando atajos. Mis papás tenían copias de las llaves de mi departamento y tenían completa autonomía para usar las llaves como mejor conviniera. Mientras esperaba a mi papá sentí pudor y me arrimé de nuevo al baño para jalar una toalla. Como pude me cubrí el cuerpo y esperé, intranquila, a que entrara por la puerta.

-Aquí estoy, en el baño –me acomodé la toalla.

 

Me daba muchísima vergüenza que mi papá me viera en cueros. No es que no lo hubiese visto antes, es que yo ya tenía treinta y un años.

 

Qué duro fue verle la expresión de horror a mi papá cuando caminó sobre la sangre y me encontró aventada en el suelo. Le pedí que me trajera una toalla femenina y unos calzones.

-Negros papá, por favor. La toalla, que sea de las moraditas, pachoncitas.

 

Mi papá también tomó una playera; fue capaz de encontrar la más vieja que había en mi closet y que usaba para pintar o cocinar o despolvar. Sacó unos pantalones de mezclilla, pero no me los pude poner. Desde el suelo me subí los calzones y me giré. Le pedí que tomara mi celular y mi bolsa.

-¿Crees que te puedes levantar? –preguntó mi papá.

-No sé.

-A ver, agárrate fuerte de mí.

 

Me sostuvo por la cintura y yo intenté apretarme a su cuello pero no tenía fuerzas. Arrastré los pies, llevando de falda la toalla que había cubierto mis modestias. Ya en el coche hicimos varias llamadas. Primero buscamos a Marco, nos dijo que nos vería en el hospital. Después mi papá llamó a mi mamá para pedirle que se llevara a Anita, la chica que ayudaba a mi mamá con la limpieza, para que asearan mi departamento. De haber tenido suficiente sangre, seguramente me habría ruborizado, pero a estas alturas qué más daba. Si había podido guardar algún trecho de dignidad, en el momento en el que mi papá tuvo que hurgar entre tangas y corsetería para entregarme mis calzones negros, se me había acabado. Ya no importaba mucho si era Anita la que tuviera que tallar los restos de mi sangre. Ya no me quedaba orgullo, los tumores me habían despojado de él. Como si esto no hubiese sido suficiente, tuve que caminar en pantuflas, sosteniéndome la toalla en la cintura, del estacionamiento al consultorio de Marco. ¡Él estaba enojadísimo! Me jala el párpado interior y lo veo negar con la cabeza. Después me toma de las manos, voltea mis palmas hacia él  y aprieta con fuerza las yemas de los dedos.

-¿Te das cuenta? –me pregunta molesto, como si yo supiera la respuesta a sus preguntas –. ¿Ya viste cómo estás? Estás igual que hace dos meses. Mírate las manos –me aprieta nuevamente y me muestra qué poca sangre corre por ellas, pues al apretar las yemas no se ponen rojas de inmediato –. Esto se te está saliendo de control. Te vas a tener que quedar otra vez. Voy a pedir que te trasfundan dos paquetes de sangre, pero son los últimos. Ya tienes que tomar una decisión, y si no la tomas tú, la tomaré yo por ti.

 

Permanezco callada mirándome las palmas de las manos. Mi papá le empieza a hacer ciertas preguntas y comienzan a hablar de mí como si yo no estuviera ahí. Entonces los interrumpo y le digo a Marco que me dé tres días, que tengo ya una cita con un nuevo ginecólogo. Le juro que será el último que vea antes de tomar una decisión definitiva. Me dice que me da máximo una semana, y que yo así no puedo seguir. Sé que sus amenazas son infundadas, sé que si yo quiero no me vuelvo a parar en su consultorio y podría seguirme desangrando y buscando hospitales conforme me diera la gana, sé que yo puedo decidir por mí, sé muchas cosas, pero lo respeto y le doy el lugar que se merece, que se ha ganado, y apechugo el regaño que sabe más a preocupación y me fijo una meta. Un doctor más y se acabó. Qué sea lo que Dios quiera.

 

Me internan dos días más, otra vez me perforan las venas y siento fluir el líquido vital que me devuelve las fuerzas. Esta vez mis amigos se mantienen ausentes y quienes se acercan a donar sangre al banco para mí, son algunos empleados de mi papá, y para mi sorpresa, Don Abraham, el velador de la privada donde viven mis papás, quien me conoce desde los nueve años y no duda en correr a la hora que sea a verter su sangre para mí. Años después tengo oportunidad de devolverle su generosidad, pero jamás se me habría de olvidar.

 

Tan pronto como puedo, le informo a mi jefe de lo sucedido. Él lo comprende, se porta amable, incluso compasivo. Me dice que no hay problema en que me tome otra vez dos días, a mí se me inunda la voz de vergüenza cuando le digo “gracias”.

 

Cuando estoy más tranquila, llamo a mis amigas. Necesito más que nunca escuchar que están conmigo. Les relato lo ocurrido y de ellas sólo recibo un “¡¿Otra vez?!” que me duele. No lo estoy haciendo intencionalmente. Me acuesto de costado sobre la cama y miro a la ventana. La aborrezco porque deja filtrar los rayos del sol a través de las persianas verticales. En ese momento, yo lo que quiero es oscuridad. Me doy cuenta de que necesito aire fresco. No dejo de pensar en la sangre.

 

La primera vez que menstrué tenía catorce años y fue aterrador. Mi mamá nunca me preparó para ese momento, no hubo nunca una plática al respecto. Cuando sucedió la sorpresa y la consternación fueron abrumadoras. No me atreví a comentarle a mi madre lo que había sucedido, yo misma no quería aceptarlo. Un año después, estando en los baños del colegio, el dolor me había hecho desmayarme y por primera vez había visto chorros de sangre. Cuando finalmente tuve el valor, o la obligación me hizo sentarme frente a mi madre y relatarle aquel acontecimiento, ella contestó que era normal, que a unas mujeres les dolía más que a otras y que unas sangraban más que otras, que era lo que me había tocado en la ruleta rusa de la feminidad. Añadió que mi tía, la hermana de mi papá, siempre había sido muy quejumbrosita, y que probablemente, me viniera de ese lado de la familia.

 

¿Qué es un sangrado extremo? Es importante describirlo porque muchas mujeres creen saber lo que es, pero no lo saben en realidad. Los ejemplos que a continuación expongo me pasaron todos a mí. Sangrado extremo es menstruar de 5 a 7 días por mes, siendo los días 2 y 3 los más abundantes, los peores. Sangrado extremo es usar doce toallas femeninas marca Always de color morado con alas, en 48 horas, es decir, debes cambiarte la toalla aproximadamente cada dos horas en el día pues está completamente llena, y por las noches debes despertarte al menos una vez para cambiarla. Sangrado extremo significa no poderte sentar por más de diez minutos pues cuando te pones de pie, sientes que se te desborda el mundo fuera de los límites de la toalla. Sangrado extremo es no poder usar tampones, o usarlos acompañados de una toalla con alas. Sangrado extremo es expulsar coágulos de sangre capaces de llenar una taza desechable de café. Sangrado extremo significa que tienes que cambiar el asiento de piloto de tu coche porque en una tarde de tráfico te desangraste en él y nadie quiso lavarlo. Sangrado extremo es tener el calzón y la toalla preparados para ponértelos una vez que termines de bañarte porque no puedes sostener dentro los arroyos de sangre que te escurren por las piernas. Sangrado extremo es vestir siempre de negro en esos días, porque sabes que tendrás mil accidentes. Sangrado extremo es ir al baño de la oficina cada media hora para checar que todo esté bien, especialmente si tienes una junta. Sangrado extremo es revisar, siempre, todos los asientos que han sentido tu trasero. Sangrado extremo es no poder caminar, ni correr en dos días porque sientes cómo la sangre te rosa y aceita la entrepierna. Eso es sangrado extremo, si tú no has vivido alguno de estos ejemplos, considérate muy afortunada.

 

¿Qué es dolor extremo? ¿Qué es Umbral de Dolor? Umbral de dolor es la intensidad mínima de un estímulo que despierta la sensación de dolor, es decir, el momento en el que un individuo percibe dolor. El umbral de dolor es diferente en cada ser humano; hay personas que toleran grandes dosis de dolor y otras que no soportan ni un pequeño piquete en el dedo. A pesar de estar considerado como el quinto signo vital, el dolor es ininteligible porque no se puede ver, ni oír, ni oler y sólo se puede medir objetivamente a través de una tomografía cerebral. El dolor es invisible, impalpable, y justamente ahí está la clave de nuestros síntomas y por eso nos tachan de exageradas y nos mandan a tomar té de orégano y a ponernos bolsas calientes en el vientre. Lo hacen porque no saben lo que se siente. De acuerdo a los estudios de umbral del dolor que a mí me hicieron posteriormente, el desprendimiento del endometrio, mientras padeces miomatosis uterina, duele tanto o más como el apéndice a punto de estallar, o como duelen las piedras en el riñón, o como duelen las dos últimas horas de contracciones de parto. Sientes que te estoquean por detrás con dos lanzas afiladas que entran por tus caderas y te cercenan las entrañas para luego salir por el ombligo, adormeciéndote los muslos e inmovilizándote las caderas. Sientes que te dan un puñetazo en el estómago y por segundos te quedas sin aire, sudas frío, tiemblas, se te seca la garganta. Si es muy fuerte, escuchas un silbido agudo en el oído que no te permite pensar. Es un dolor inmovilizador que te hace hiperventilar. La próxima vez que alguna adolescente o mujer te cuente que le duele mucho cuando menstrúa, pídele que te describa lo que siente. En los días de flujo más abundante yo llegué a tomar hasta seis pastillas de Ponstan 500 por día para poder medio funcionar.

 

Esto es muy importante, mujeres, anótenlo bien. Los sangrados y el dolor extremos NO, NO, NO, NO, y NO SON NORMALES. No lo son. No hay una ruleta jodida que hace que a unas les duela y a otras no. No hay un de Tin Marín de Do Pingüe que haga que unas sangren a chorros y las otras tres gotas. Los sangrados excesivos y el dolor intolerable SON SÍNTOMAS, algo NO está bien. No importa la edad que tengas, DEBES IR AL MÉDICO y el médico te debe dar una respuesta lógica a tu padecimiento.

 

¿Por qué es tan difícil para los médicos interpretar los síntomas? ¿Son los ginecólogos sádicos e insensibles a los padecimientos de sus pacientes? ¿Por qué es tan complejo obtener el diagnóstico adecuado a tiempo? No es que los ginecólogos sean malos, al menos no en general, aunque sí hay muchos que son bastante crueles, o apáticos, pero la realidad es que hay muchísimos médicos que conocen su especialidad, que aman su trabajo y procuran a sus pacientes. El problema va más allá. Aquí nos enfrentamos a varios factores:

  1. Hablo desde mi perspectiva, mi experiencia y los comentarios de un vasto número de mujeres que han compartido sus historias conmigo. Las ginecólogas tienden a desestimar los síntomas pues al ser ellas mismas mujeres, hay una marcada subjetividad en su práctica. En palabras más llanas, tienen el mismo equipo (órgano reproductor) que la paciente, pero fueron a la escuela y lo estudiaron, entonces se sienten con la capacidad profesional y moral de decirte qué es lo que sientes y lo que no, qué tanto te duele, si eres poco higiénica, promiscua, mojigata, y cualquier cosa más que se les ocurra en ese momento juzgar. Si te quejas del dolor y el sangrado, te tildan de frágil y delicada. No lo somos, somos de hierro. Desde mi punto de vista, los ginecólogos varones, quienes no nacen con nuestro órgano maravilloso y se esfuerzan por estudiarlo, comprenderlo, y procurarlo, son incapaces de adivinar nuestros padecimientos porque no tienen idea de lo que se siente, así que no asumen ni suponen, preguntan, averiguan y ya desde este sencillo punto, se vuelven mejores.
  2. El segundo factor tiene que ver con la examinación médica. Ningún ginecólogo, en mi larguísimo historial clínico, me hizo jamás las preguntas adecuadas: ¿Cuántas toallas ocupas por día? ¿Combinas toallas femeninas con tampones? ¿Cómo te duele? ¿Te has desmayado del dolor? ¿Pierdes la movilidad o se te duermen u hormiguean las piernas por el dolor? Son preguntas sencillísimas, ¿por qué no las hacen?
  3. El tercer factor corresponde a una subestimación del útero. El útero es el único órgano de la anatomía humana capaz de albergar, desarrollar y dar a luz vida. ¡El único! Una vez que conoces su funcionamiento y lees sobre su músculo vascularizado, sus funciones, su importancia e impacto en el desarrollo hormonal, emocional, intelectual de una mujer, te maravillas de que semejante pieza de ingeniería habite en tu cuerpo. Andar recetando histerectomías como recetan pastillas anticonceptivas es un crimen en contra de la humanidad. Es tomar algo hermoso, perfecto y funcional y destruirlo. Si está defectuoso, el compromiso de un médico es componerlo y no echarlo a la basura. Hay muy pocos médicos que reconocen la importancia del útero.
  4. El cuarto factor es el silencio. Nosotras no estamos acostumbradas a hablar de coágulos, de sangrados ni de dolores. Tradicionalmente hemos asumido nuestra función como mujeres en la cual recaen nuestros malestares femeninos, nos aguantamos estoicas, toleramos valientemente cualquier infortunio que nos lance el destino, y caminamos con el mentón arriba, aunque nos desgarremos por dentro. Esta actitud de Marga López en Un Rinconcito en el Cielo tiene que cambiar ya. Nosotras no vinimos a este mundo a sufrir, vinimos a vivir y no a medias, sino plenamente. Debemos ser capaces de discutir cualquier tema relacionado a nuestro útero y nuestros padecimientos, abiertamente y sin pudor. Nos lo hemos ganado después de milenios de congoja.

 

En el día acordado, me traslado hasta Ciudad Satélite con poquísimas esperanzas. El tiempo avanza lentamente mientras estamos sentados en su consultorio del Dr. Peimbert. En esta ocasión, que será la última, la decisiva, mis papás me acompañan. Ellos también quieren información, también tienen preguntas, también están preocupados. Espero dos horas y cuarenta minutos mientras desfilan delante de mí varias mujeres. Me entretengo con una revista de chismes de farándula y pienso que Niurka no tiene idea de lo que es un mioma. No parece tener problemas en esa zona. Entonces escucho mi nombre.

 


PARTE VI

Entro al despacho del doctor Ernesto Peimbert Puente. Es un hombre joven, apenas rebasa los 40. De primera impresión me parece serio, profesional, enfocado en su papel. No parece muy amigable ni dicharachero, pero eso a mí me viene bien porque yo en ese momento necesito al mejor médico y no a un posible amigo. Noto un poco de desconfianza en su mirada cuando se percata de que mis papás me hacen compañía. Hace falta un asiento pero la secretaria improvisa uno, acercando una silla. Escucha mi historia con atención y no hace preguntas, me deja terminar y yo se lo agradezco. Cuando he concluido, sin sorpresa en su rostro, me dice que primero quiere volverme a hacer todos los análisis, que no desconfía de los otros médicos pero que él prefiere que actualicemos la información para descartar, para re interpretar, para estar seguro. Es el primer ginecólogo que me pide hacer esto. Después, enuncia las únicas palabras que durante meses  yo había deseado con toda mi alma escuchar.

-Sí hay una alternativa a la histerectomía, se llama miomectomía, o sea la remoción de miomas del útero. No sé si en tu caso vamos a poder hacer esto, tenemos que revisar primero los estudios, pero sí puedo prometerte que lo vamos a intentar –su voz es firme y alcanzo a percibir una media sonrisa que me llena de confianza.

 

 

Deja de escribir mi historial clínico en el teclado y aparta con un dedo la pantalla que le bloquea la vista para mirarme de frente. “Lo vamos a intentar”, eso es todo lo que yo quería oír. Siento por fin que puedo exhalar y mis hombros se relajan.

 

 

Me condiciona primero, me dice que necesita que cumpla con dos reglas importantes; la primera es hacer todo lo que él me pida, sin rechistar, sin preguntar. La segunda consiste en que de inmediato tome una incapacidad en el trabajo.

 

 

Las lluvias de julio empapan las calles y sé que no he dejado de sangrar desde el episodio de la ducha. He sangrado ya por catorce días seguidos, unos días poco, unos días mucho. Peimbert me dice que en la condición en la que estoy, podría irme a la cama un día y no despertar. A mi mamá se le abrillantan los ojos cuando escucha esas palabras y se le escapa un “Ay” de dolor. Entonces llora y mi papá le pasa la mano por la espalda y le dice que se calme. El doctor me pide que me mantenga en cama lo más posible para guardar la energía y no forzar a mi corazón, que lucha sin saber por qué. Yo acepto las condiciones y me someto a sus reglas y entonces comienza la guerra. Me dice que mi caso es difícil y que él solo no puede con esto. Que debemos buscar médicos en las especialidades correspondientes para atacar el problema en conjunto, me informa que la trombosis y mi hemorragia se deben a que los médicos en los hospitales han atacado problemas individuales y no en conjunto, y lo que me han prescrito me tiene hoy más hundida que nunca. Me dice que así como estoy no se atreve a meterme al quirófano. Nos fijamos metas clínicas y cuando éstas se cumplan entonces intentaremos la miomectomía.

 

 

Las semanas siguientes a mi primera visita fueron súper desgastantes. Como prioridad fui a informarle a mi jefe que ya no podría continuar trabajando. Iba decidida a renunciar, me sentía ingrata tan sólo de pensar en solicitar una incapacidad y recibir dinero sin haber hecho ningún esfuerzo. Él me dice que de ninguna manera, que es mi derecho, que para algo se han hecho las leyes y se ofrece a acompañarme a Recursos Humanos para avisarles. Me dice que me tome el tiempo que sea necesario y me desea mucho éxito y suerte en mi misión. Apenada y agradecida le digo que puedo trabajar en línea desde casa, casi le suplico que me dé una tarea para no sentir que estoy abusando, después de mucho insistir me da dos cajas de archivos en papel y me transforma en capturista. Sé que lo hace porque quiere que me sienta útil y no porque la empresa realmente necesite esas hojas de papel en formato digital pero yo me siento contenta y acepto la tarea. Me lanzo a la clínica del IMSS que me corresponde de acuerdo a la colonia de residencia. Me parece más limpia de lo que había imaginado. Yo estoy ahí exclusivamente para que me extiendan el documento que acredita mi incapacidad. Espero horas, hundida en unas sillas incomodísimas de plástico mientras veo a Galilea Montijo en el televisor que cuelga del techo. El volumen está apagado y yo no sé leer labios. Olvidé llevarme un libro para leer, y entonces me concentro en lo que pasa a mi alrededor. Entran y salen pacientes, en su mayoría mujeres. Unas caminan torpemente, impedidas por sus enormes panzas que cargan dentro futuros mexicanos, otras llevan niños diminutos en brazos y entonces me pregunto si algún día yo sabré lo que es eso. ¿Algún día 5 deditos minúsculos rodearán mi dedo índice? Dejo que la melancolía me invada y pienso que hasta hace 4 meses yo siempre había dicho que no quería tener hijos. ¿Como para qué? ¿Qué hago con un chamaquito? No tengo ni tiempo de ir al baño a veces, mucho menos tendría tiempo de atender a un niño. ¿Y mis planes? ¿Los postergas, los cancelas, los cambias? ¿Cómo es eso de la maternidad? La idea de tener un hijo me aterra, pero más me aterra que alguien me robe la capacidad de tomar esa decisión por mí misma. Entonces llaman mi nombre. Me atiende un médico mayor. Le explico muy tajante a lo que voy y me reitera que la mejor opción es hacerme una histerectomía, ya ni me desgasto en debatir con él, lo único que quiero es que me dé el papel que autoriza mi descanso forzado. Me regreso a la oficina y lo entrego a la Gerente de Recursos Humanos que me mira con muchísimo desprecio. Me es imposible juzgarla dadas las condiciones en que me incapacito, apenas he trabajado un trimestre y sé que a ella se le hace injusto. Ella revisa el documento minuciosamente, posteriormente me comenta en voz alta que ese permiso es válido exclusivamente por tres semanas sólo es por tres semanas y que si tengo planes de ausentarme más tiempo, debo llevarle el siguiente comprobante que acredite la prolongación de mi incapacidad.

 

 

Ya libre del trabajo, me dedico a buscar, contactar y coordinar al que se convertirá en el mejor equipo médico que yo he conocido en México. Para principios de agosto tengo más médicos que mi abuelita de ochenta y cuatro años. El objetivo de cada uno de ellos es que yo sea apta para sobrevivir la cirugía, de ser posible, con éxito.

 

 

El cardiólogo tiene que evaluar que mi corazón esté en condiciones de soportar la cirugía y asegurarse de que mi problema sea una causalidad. El médico ordena diversos estudios con la finalidad de descartar problemas que me impidan someterme a la operación.

El angiólogo tiene que revisar venas y conductos sanguíneos para asegurarse de que en la etapa post operatoria no sufriré ningún riesgo, asimismo debe garantizar que puedo continuar el proceso hasta después de la cirugía sin tomar diluyentes de sangre.

El hematólogo debe lograr que mis niveles de hemoglobina alcancen al menos el 9.2 g/dL.

El ginecólogo debe lograr parar el sangrado que hace un mes me acompaña y amenaza mi vida.

El internista debe asegurarse de que nada entorpezca la cirugía.

¡Son un equipazo! Los elijo yo, pero una vez que los pongo en contacto, son ellos los que manejan mi destino.

 

 

Estamos por entrar a septiembre y ninguno de los esfuerzos de Peimbert ha funcionado. El sangrado continúa fluyendo inmisericorde, amenazando cualquier oportunidad que yo pudiera tener. Yo estoy cayendo en una profunda depresión. Desde el momento en el que el doctor me confina a las paredes de mi departamento, siento que me vuelvo loca. Durante las visitas a Viridiana EP, muelo cojines a golpes, grito y lloro de angustia. Ella me tranquiliza y me da tareas que me entretienen y me hacen percibir la vida de otra manera.

 

 

Finalmente, el cardiólogo emite su dictamen y afirma que el problema de mi corazón no es mecánico, que en cuanto la sangre fluya libre de anemia, yo estaré lista para la operación. El angiólogo concluye más o menos lo mismo que el cardiólogo, me retira los anticoagulantes e informa que estoy lista para sobrevivir desde ese momento hasta el post operatorio. Entre agosto y noviembre me internan tres veces más; en dos ocasiones para trasfundir sangre, plaquetas y hierro. Peimbert y el hematólogo mantienen estrecha comunicación, deciden entonces, en septiembre, prescribirme un tratamiento hormonal.

 

 

Es la primera vez que escucho hablar de supresores hormonales y no tengo idea de qué significa todo eso hasta que viene la primera inyección. El tratamiento es carísimo. En aquel entonces cada ampolla cuesta $14,000.00 pesos mexicanos y se aplica una vez cada tres semanas. Los supresores hormonales también se utilizan como tratamiento alternativo para el cáncer de mama y de próstata y su función es reducir los tumores. Entre más pequeños sean los miomas, más fácil será extraerlos y menor daño causarán a las paredes del útero.

 

 

Lo primero que sucede es que el sangrado para, de un segundo al otro. Es una alegría que me invade el cuerpo y esa noche rompo las reglas y me voy a cenar con mis amigas. Estoy más feliz que nunca, es la primera vez en mucho tiempo que no tengo que llevar un pedazo de algodón entre las piernas. El gusto dura poco pues los efectos secundarios del tratamiento comienzan a manifestarse. Tras la primera dosis, comienzo a perder el cabello; mechas completas se quedan atrapadas en el cepillo y yo presencio con horror como se forman agujeros en el cráneo. Me quedo con tres pelos en las cejas y dos pestañas, y entonces siento que me han despojado de toda vanidad. Después de la segunda inyección un paño me cubre el rostro, dibujándome un mapamundi de color café, algunos días más tarde los bochornos me invaden; temperaturas repentinas e inexplicables que me hacen sudar como si estuviera en un baño de vapor y que provocan que a veces me cueste respirar uniformemente. Mi piel pierde juventud y elasticidad, y observo como cada día aparecen nuevas arrugas. Los trastornos psicosomáticos aparecen tras la tercera dosis; el insomnio me invade y sin poder conciliar el sueño, comienzo a pensar estupideces. Subo estrepitosamente de peso. Tengo pesadillas horrendas y recurrentes, y sufro de paranoia. Sueño que hombres sin rostro me abren la tripa y me arrancan el útero ensangrentado y luego me extraen el corazón que sigue latiendo. Despierto empapada en sudor. Mi teléfono celular deja de sonar. Nadie me busca, estoy insoportable, nadie quiere verme ni hablar conmigo. Estoy sola y me siento perdida. Ya no me reconozco y decido quitar todos los espejos de mi casa, no soporto verme el rostro. Esa noche ya no puedo más, quiero dormir y no lo logro. Doy vueltas en la cama y me enredo en las sábanas y luego siento un calor insoportable y entonces empiezo a llorar y me es imposible tranquilizarme. Son las 3:30 de la madrugada y el silencio me carcome. Cierro los ojos y dirijo mis palabras al techo. Hace mucho que no hablo con Él. Me crie en un ambiente católico pero desde que partí a Canadá no me había parado en una iglesia y ya había olvidado a lo que suenan las campanas en domingo. Esa noche Él era todo lo que yo tenía.

“Déjame ir. Te lo suplico. Ya no puedo más. Llévame a tu lado. Llévame a ese lugar del que has hablado, en donde no hay más tristeza ni más dolor, en donde caminas por calles doradas, en donde no hay úteros que tasajear.  Toma, he tirado la toalla. Déjame morir. Acompáñame hasta donde tú estás y haz que deje de sentir. Por favor, déjame morir. Por favor. Señor mío, te lo suplico, déjame morir. Sólo déjame morir.”

 


 

 

PARTE VII

Los párpados, hinchados por el llanto, me pesan y me obligan a dormir alrededor de las seis de la mañana, cuando el sol ya se asoma al este, delineando al Iztaccíhuatl. Caigo en un profundo sueño y las pesadillas no me visitan. Despierto a las 2 de la tarde. Llamo a mi mamá y le pido que me acompañe a ver a Lalo, mi estilista. Llevo muchos años cortándome el cabello con él y esa tarde será la última vez que lo haga. Cuando lo veo, lo abrazo.

-Rápame.

-¡¿Qué?! Estás loca, Karen.

-Rápame, Lalo. Quiero que me rapes. No quiero volver a ver ni un solo cabello en mi almohada cuando me despierte mañana.

-No mames, ¡no! Te lo corto chiquito, pero raparte no. Hazte una trenza y ahorita lo cortamos.

 

Tengo muchísimos años de conocer a Lalo. Sé que es gay, aunque también intuyo que es transexual. Eso jamás ha sido problema para mí, lo acepto tal y como es, y en su salón me he sentido siempre tranquila, hasta ese día, en el que su asombro le hace perder el tacto y quizá por eso, sin quererlo, me desprecia y me trasquila. Me deja unos pelos largos y otros cortos que simulan un casco deforme. Salgo de ahí sintiéndome aún más fea de lo que llegué, pero al menos ya no tengo que aspirar pelos de los asientos. El corte no detiene la caída del cabello, pero sí lo disimula. Cuando llego a casa coloco de nuevo los espejos y me atrevo a mirarme en ellos. Mi cara, otrora afilada, ahora es redonda. Estoy en ropa interior y me reviso las carnes que ahora brotan de mis caderas, de mi vientre, que se abultan en los muslos y que sobresalen en mis nalgas. Esa, la que me devuelve la mirada desde el espejo, esa también soy yo. Entonces me dirijo a Él nuevamente y le informo que he decidido recoger la toalla. “La noche anterior la dejé caer por error, pero hoy me he agachado a levantarla”, le digo con certeza. No sé si Él me escucha, decido creer que sí y con eso es más que suficiente.

 

Estamos a mediados de octubre cuando el hematólogo da su visto bueno y le notifica a Peimbert que hemos alcanzado la meta fijada. Es en ese momento cuando nos preparamos para la tan esperada cirugía.  Los sangrados se mantienen ausentes y en esos días es lo único que me da paz.

 

Las finanzas me vuelven loca y descubro que ese mes no puedo seguir pagando la hipoteca de mi departamento. Mis cuentas están en ceros.

 

Yo siempre he sido una mujer excesivamente previsora y aunque he asumido incontables riesgos en mi vida, los he hecho siempre con una red de seguridad, que en el peor de los casos, sea capaz de amortiguar mi caída. Esta no era la excepción. Desde que comencé a trabajar siempre pagué un seguro de Gastos Médicos Mayores. En aquel entonces estaba asegurada con MetLife y en octubre precisamente, se apilaban en la mesa de mi comedor las facturas que aún no se habían reembolsado. En los siete meses que pasaron desde que obtuve el diagnóstico hasta que finalmente me operaron las cuentas de hospitales, medicamentos, consultas, transfusiones, y la larga lista de etcéteras, ascendían a $800,000.00 pesos mexicanos. ¡Era un dineral! Simplemente, y a modo de comparación, mi departamento tenía un valor de $600,000.00 pesos mexicanos.

 

La ejecutiva de ventas que me había ofrecido el seguro, durante cuatro años consecutivos, había hecho mi lucha suya y se desvivía por lograr las aprobaciones correspondientes. Sin embargo, en ese momento estábamos en medio de un debate para decidir qué fue primero; el huevo o la gallina, la miomatosis o la anemia. Aquí la cuestión es que si se decidía que la miomatosis era el origen de mis padecimientos, el tratamiento era histerectomía, por ende todos mis intentos por evitarla deberían ser pagados por mí. Si yo rechazaba el tratamiento a una condición clínica, entonces todo lo demás que yo hiciera para curarme por otros medios se consideraría un tratamiento alternativo y no obligaba al seguro a cubrir los gastos. Justamente por eso era importante, imprescindible de hecho, que en mi caso se dejara claro que la anemia había sido la razón por la que se habían desencadenado los demás eventos médicos. Lo difícil era constatarlo, porque requeríamos que se asentara, inteligiblemente, en la montaña de papeles que tenía de diversos hospitales, que la anemia había sido la primera causa de mi internación. De esta manera, todo lo que yo había hecho, incluida la cirugía (miomectomía) sería para tratar la anemia. Era un tema complicado e incluso me contó la ejecutiva de ventas de MetLife que habían organizado un pequeño consejo para determinar si cubrían o no mis gastos.

 

No había duda alguna de que la primera vez que pisé un hospital, mi cuadro clínico presentaba una anemia severa, y de hecho durante la primera internación, se trató exclusivamente la anemia y la neumonía, pero tenía que quedar todo por escrito. Una vez más necesitaba de la ayuda de Marco y del médico tratante que firmó todos mis papeles de ingreso durante la primera estancia en el Hospital Dalinde. Ambos firmaron una carta responsiva, indicando que la anemia era la razón única y principal por la que yo había sido atendida de emergencia la primera vez, y la neumonía un agravante de la misma.

 

Esa tarde que visito a Marco por última vez, estamos en su consultorio. Una vez que firma los papeles que le he llevado, toma valor y me confiesa vagamente que quiere que estemos juntos. Lo siento aliviado al saber que mi salud depende ahora de Peimbert, y eso lo hace liberarse de la ética profesional y atreverse a dar el paso con el que busca establecer una relación sentimental conmigo. No pudo elegir peor momento; lo que menos quería yo era enredarme en un romance. Lo rechacé lo más amablemente que pude. Le dije que ese no era el momento adecuado para mí. Nosotros no tendríamos nunca un momento. Él no lo comprende, sé que he herido su orgullo, pero yo no estoy para andar enmendando arrogancias y sólo dejo que deposite en mí su ultimátum. Me dice entonces que lo piense y que lo busque si decido cambiar de opinión aunque me advierte que no me tarde mucho porque él seguirá adelante con su vida. Yo nunca vuelvo a llamarle y él nunca más vuelve a buscarme. Nunca supe más de él. Desde el fondo de mi corazón espero que Dios le haya multiplicado toda la ayuda que me dio en el momento en que más necesité una mano amiga.

 

Al final, después de mucho regatear, la aseguradora decide a mi favor. Ellos pagarían el 75% de los gastos médicos y yo asumo el otro 25% Contando con que mi sueldo es ahora 35% menor y que mis gastos personales son cuantiosos y muchos de ellos no entran en el esquema de reembolso, pronto me doy cuenta de que mis bolsillos están vacíos y entonces mi papá me ofrece su amorosísima mano de nuevo. Me propone comprar el departamento, liquidar el resto que hace falta y saldar mi deuda por completo. Decidimos en conjunto que entonces lo ponga a su nombre, y que cuando yo pueda estar en pie de nuevo, le iré pagando poco a poco hasta hacerlo mío otra vez. Él acepta sólo porque sabe que de no ser así, yo sería capaz de irme a parar a cualquier esquina de Tlalpan con tal de pagar mis deudas, no obstante, me reitera siempre que ese departamento es mío. La verdad es que no vivo mucho más tiempo en él. Un año después me mudo a un departamento que tenía mi papá en Coyoacán y entonces le propongo un cambalache, muy injusto para él, pero que acepta con mucho cariño. Me quedo entonces yo con el departamento de Coyoacán.

 

El 27 de noviembre de 2007 a las 7:00 am me operarán. Ingreso al hospital de Lomas Verdes una tarde previa. La habitación es como cualquier otra de su clase, nada nuevo, nada relevante, excepto el crucifijo, que me impresiona y me vigila durante la noche. Llamo Su nombre una vez más. Lo llamo Padre. No le pido por mí, le pido por él, le pido que haga que sus manos sean ágiles y precisas, le pido que le dé armonía en sus movimientos e inteligencia mientras sostiene el bisturí. Le pido que lo haga sobre humano y que logre salvar mi útero. Pido por Peimbert, no pido por mí.

 

Logro dormir un par de horas pues me encuentro muy nerviosa. A las cinco de la mañana me levanto a ducharme. Mis papás llegan a las seis. La habitación se siente sola. Mi hermano llama al celular de mi papá y me desea mucho éxito. Él vive en Madrid, está haciendo su maestría en finanzas. Mi hermana, quien en ese entonces vive en Puebla, me llama también. Está estudiando derecho en la UDLA. Nadie más me desea buena suerte. Estamos solos los tres y esperamos a que comience la última batalla de esta guerra que no me ha dado tregua. Entra el anestesiólogo en compañía de mi adorado Peimbert, quien ahora es más humano, más dulce, y más amigo de lo que yo hubiera podido imaginar. Me explican brevemente que tengo dos opciones, anestesia general o local. Yo le pido a Peimbert que decida por mí. Me ponen la Epidural. Siento un pinchazo duro y largo en la espina y arrugo las sábanas en mis puños para no moverme. Me duele, pero yo sé todo sobre el dolor así que aguanto. Me desvisto, me ponen la gorra y la bata quirúrgica que deja ver mi trasero. Me tiendo sobre la cama, y anuncian el inicio de mi traslado. Peimbert promete que grabará la cirugía. Yo ya he firmado los papeles que lo liberan de cualquier responsabilidad en caso de que suceda una tragedia. Mi mamá lo mira, lo toma de la mano y le dice: “Cuídeme a mi niña. No me la deje morir.” Él asiente con la cabeza y me deslizan. Miro las lámparas estrelladas en el techo, las que acompañan mi trayecto, y escucho el crujir de mi estómago que no ha probado alimento. Estamos listos. Antes de que me pongan la máscara de gas le pido que cuide a mi útero y entonces me entrego plácidamente a los sedantes. Me piden que cuente del cien al uno, el último número que recuerdo es el noventa y ocho. Descanso por fin. A partir de este punto no hay nada que yo pueda hacer. Todo está en manos del genio que sostiene el afilado bisturí.

-Despierta –escucho una voz lejana que me devuelve a la tierra –. Karen, despierta –la voz se acerca y se aclara mientras despierto lentamente de un sueño –. Ya acabamos –abro los ojos y veo que me observan dos pupilas nobles y cálidas, atrapadas detrás de unos anteojos. El resto de la cara está oculta tras un cubrebocas azul.

 


 

PARTE VIII

Cuando tocas fondo el único camino que queda recorrer es el que te lleva hacia arriba y hacia adelante. Esa mañana yo he tocado fondo y al mismo tiempo he comenzado la cuesta arriba. Mientras escalo, poco a poco, conforme pasan los segundos que después se convierten en días me doy cuenta de que tampoco es fácil pero me resulta más sencillo que la caída libre que he vivido en los últimos meses.

 

Cuando despierto, aún en el quirófano, Peimbert me dice que todo ha salido bien, que removieron ocho tumores, que el más grande medía doce centímetros, que quedaron unos pequeñitos que más bien parecían granitos y que no se atrevió a rasparlos. Me informa que para ayudar a mi útero a restablecerse con mayor rapidez los ha torcido; los ha tomado con pinzas y les ha dado vueltas y vueltas, y vueltas hasta que la carne ha cedido y se ha desprendido. Yo tengo una línea que me parte el vientre, son quince centímetros que me acompañarán ahora toda la vida y que me recordarán siempre que nunca he vivido nada más complejo, y entonces pienso que seré capaz de sobrevivir a cualquier cosa. Le pido que me los enseñe, quiero verlos, han vivido tanto tiempo dentro de mí y me han hecho padecer tanto que siento la necesidad de despedirme de ellos. Los tienen en una bolsa que me recuerda el sistema Zip Lock, son como Nuggets de carne opaca y no distingo bien si son grises o rosa pálido. Son bolas deformes de diferentes tamaños, ninguna es igual a la otra. Ahora están fuera de mi cuerpo y yo aún conservo mi útero. Dos horas después, ya en el cuarto, mis papás tienen otro semblante y morbosamente se ponen a ver la película de la cirugía mientras platican con Peimbert. Peimbert está orgulloso y apunta con el dedo índice el proceso de extracción. Mi mamá hace todo tipo de expresiones de asombro y yo sólo pienso que eso que está en el televisor son mis entrañas. Peimbert me advierte que los tumores regresarán; siempre regresan inyectados de vida por las  hormonas que me hacen una mujer fértil y viva. Me dice que en seis meses puedo intentar embarazarme, así que me sugiere que me vaya buscando un novio y en cuanto pasen los seis meses intente embarazarme inmediatamente. Para ese entonces, yo llevo cinco años sin una relación estable, claro que salgo, claro que conozco, claro que apuesto mis fichas y siempre al hombre incorrecto. Las que han sido solteras después de los treinta, saben perfecto lo ingrato que puede ser a veces el constante flirteo; inversión de emociones y expectativas, y la después lamentable despedida. No es fácil encontrarte a un hombre que esté dispuesto a quererte toda la vida y al que tú le correspondas. Entonces pienso que lo que yo necesito no es un esposo. Yo lo que necesito es un donador.

 

La recuperación de una cirugía de corte cesáreo es lenta y bastante molesta. Comes y bebés con muchísimo recato porque sabes que eventualmente tendrás que ir al baño y sentirás como aquello que bebiste o comiste, hace un par de horas, se resbala rozando todos tus órganos. El útero está inflamado y choca con el intestino, con la vejiga, con lo que puede y sientes todo el proceso. Inhalas y exhalas antes de sentarte sobre el excusado y te preparas para cada evacuación. Caminas lento, pero debes hacerlo para evitar que se formen coágulos en tus piernas. Paulatinamente vuelves a la normalidad.

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Algunas semanas después de la cirugía

 

La última vez que me inyectaron supresores hormonales fue una semana antes de la cirugía, así que mi primer menstruación sucede hasta enero y yo puedo disfrutar de unas navidades en familia, sintiendo como mis funciones hormonales me devuelven la juventud que había perdido. Mi hermano está de vuelta en México y en esos días platicamos muchísimo. Lamenta mucho no haber estado conmigo en los meses más duros de mi padecimiento. Él y yo siempre fuimos los mejores amigos, desde que él nació hasta el día de hoy siempre hicimos todo juntos. Ahora es más difícil, las distancias y los compromisos familiares nos separan, pero siempre conseguimos hablar al menos una vez al mes. Para celebrar el fin de año de 2007 me convence para ir a una discoteca a bailar, como lo habíamos hecho tantas veces en todos aquellos buenos años. A mí me hace falta festejar, no sólo el fin del año, sino el principio de una nueva era, así que acepto la propuesta y por primera vez en mucho tiempo me visto y me arreglo con la intención de atreverme a chulearme al espejo.

 

Poco a poco comienza a crecerme el cabello.  Por todos lados brotan pelillos rebeldes que asoman sus puntas testarudas que ni con Super Glue puedo aplacar y me dificultan el peinado. Las cejas y las pestañas no vuelven del todo, pero algo de ellas vuelve. Empiezo un tratamiento dermatológico para quitarme el paño. Lo reduce en un 95% a través láser de luz pulsada y píxel. Hago una sesión cada tres semanas y me veo obligada a suspender el maquillaje por completo. Cuando camino por la calle sin rubor ni mascara me siento desnuda, pero pronto me acostumbro a la libertad y ahora uso poquísimo maquillaje, sólo lo esencial.

 

Retomo el ejercicio y me salgo a correr todos los días a los Viveros de Coyoacán. El exceso de peso comienza a ceder y yo empiezo a asemejarme a la que fui hace un año. Reanudo también las sesiones de psicoterapia, por lo que en esos meses visito regularmente a Viridiana EP. Ella me dice que no me dará de alta, que eso lo decidiré yo. Yo pienso que no estoy preparada para soltarla, su acompañamiento me hace muchísima falta.

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Fiesta de año nuevo 2007. Un mes después de la cirugía

 

En 2008 me cambia la vida por completo. Una vez sana, comienzo a tomar decisiones radicales en mi vida, decisiones que moldearán los siguientes años. Lo primero que hago es apostar a lo grandem y eso me lleva a renunciar a mi trabajo. En mis días de cama entiendo finalmente que la vida es frágil, que se escapa en un segundo y que no hay nada más importante que la salud, que la vida es corta y entonces elijo vivirla a mi manera y vivirla de prisa, vivirla sin medida, y disfrutarla sin restricción. Me asocio con mi hermano y damos a luz a Complexio Mexicano Pubblicita, S.A. de C.V. Comenzamos a comercializar uniformes corporativos y promocionales a partir de abril de ese año, aunque el Acta Constitutiva se firma hasta el 2 de julio, convirtiéndose en el cumpleaños formal de COMEPSA. Con la nueva energía que tengo ahora comenzamos a participar en exposiciones y atraemos a muchísimos clientes potenciales. Puedo decir con orgullo que las empresas más rentables, con sede en la Ciudad de México, fueron nuestros clientes. La abundancia fluye y el dinero regresa a mis cuentas bancarias.

 

Continúo frecuentando a Peimbert. Cuando llega mi primera menstruación entiendo por fin lo que siente una mujer libre de miomas; sangrados de tres días, siete toallas femeninas de color verde, marca Always, ultra delgadas y cero accidentes. ¡Es el paraíso! El dolor se va, sólo siento molestias un día. Dejo de renegar de mi condición de mujer y me dejo envolver por la maravilla de mi cuerpo sano.

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Julio 2008 en la firma del Acta Constitutiva de COMEPSA

 

Ese año decido no celebrar mi cumpleaños. El desgastante proceso vivido me demuestra que tengo sólo un puñado de amigos verdaderos con quienes aún no estoy dispuesta a compartir mis nuevas metas, mis nuevos miedos, ni mis nuevos retos.  Algunos viejos conocidos reaparecen y se convierten rápido en amigos para toda la vida. Ese año me reencuentro con mis compañeras de la preparatoria a quienes no veía en más de una década.

 

Siempre he tenido más amigos hombres que amigas mujeres, me ha parecido siempre más sencillo lidiar con testosterona que con estrógeno, son más fáciles de entender, complacer, confortar, hacer reír, son menos complicados y se rodean de menos drama. La mayoría de ellos fueron siempre compañeros de parrada pero esta vez los veo a todos como posibles donadores y me siento avergonzada cuando me descubro preguntándoles por su árbol genealógico entre cervezas. Cuando finalmente junto la osadía suficiente, les pido que me regalen un poco de su ADN, pero todos me catapultan por un tubo que aterriza en un “NO” rotundo. Me doy cuenta entonces, de que me he rodeado de hombres maravillosos que no conciben la idea de abandonar a un hijo, de no participar en su vida y verlo crecer, caerse, levantarse, asustarse de noche o llorar; hombres que se niegan a no concederle a un hijo la oportunidad de conocer a su padre. En ese momento pienso en visitar un banco de esperma, pero la vida y el destino me alcanzan. En septiembre, mientras celebrábamos la despedida de soltera de  una amiga mía, en la terraza del hotel Condesa DF, se acerca una señora, más o menos excéntrica, y nos dice que se siente la buena vibra de nuestra mesa, que se percibe el júbilo y la diversión, y entonces nos pregunta si alguna de nosotras no tiene novio. De las trece mujeres que compartimos mesa e historias, yo soy la única que no tiene pareja. Levanto la mano y me sonrojo al percatarme de que nadie más ha alzado la mano y entonces me pregunta:

     -¿Quieres tener novio?

     -Sí. Sí quiero –afirmo con toda seguridad.

     -Pues pídelo.

 

Esa noche, en la planta baja del hotel, ella está haciendo la presentación de su libro “Los Secretos detrás de El Secreto”, se llama Terri Guindi. Me regala y dedica su libro. En los días posteriores, tomo el libro, lo leo y observo como al seguir sus pasos a mí me cambia la vida. Entonces lo pido, lo escribo, lo pienso, lo decreto y en noviembre de 2008 se materializa mi deseo; conozco entonces a B.I., un alemán de mirada muy amable que se enamora de mí rapidísimo. La historia de mi relación con B.I. es larga, difícil, compleja, y aunque va entrelazada con mis vivencias asociadas a la miomatosis, no ahondaré más de lo necesario en los detalles de mis lazos afectivos con ese hombre, sólo puntualizaré los hechos en los que ambas historias convergen.

Despedida
La Despedida de Soltera que lo cambió todo

 

B.I. y yo comenzamos a salir. Es hermoso ver florecer una relación amorosa después de tantos años de soltería, cinismo, soledad e independencia. Nuestro vínculo crece y se fortalece, haciendo que nuestra conexión marche y desarrolle en completa armonía. Salud, dinero y amor regresan a mi vida y la pintan de colores. Yo estoy tan feliz y distraída con la nueva vida que estoy construyendo que se me olvidan las advertencias de Peimbert y entonces cometo un error de novatas, un error imperdonable.


 

PARTE IX

 

Mi talentosa amiga Viridiana EP me dice, en una de nuestras sesiones de terapia, que en la vida no todo es miel sobre hojuelas, pero que hay miel y hay hojuelas. 2008 y 2009 son años en los que yo mantengo mi status quo y transito por mieles y hojuelas que me recuerdan que la vida es verdaderamente bella. Poco a poco voy dejando tras de mí los recuerdos de los horrores de los meses en que la miomatosis me arrancaba la vida y me dedico simplemente a vivirla. COMEPSA comienza a consolidarse, crece y se extiende, dando paso a una diversificación casi natural. En menos tiempo del que yo esperaba, la empresa es fuerte y sostiene una posición muy favorable en la industria. Del año 2008 al año 2009 crecemos 800%.

 

En febrero de 2009 me mudo al departamento de Coyoacán y disfruto tener todo a la vuelta de esquina. Dejo de usar el coche y hago todo caminando, me pierdo en los mercados y plazas de una de las zonas más emblemáticas de la capital mexicana. Con frecuencia me adentro en las cafeterías de la Plaza de la Conchita, o me siento en alguna terraza para ver a la gente transitar. Por las tardes, camino a la panadería y me deleito con el aroma de los esquites recién hechos que venden en muchas de las esquinas por las que camino. Ahí, en medio de ese pueblito metropolitano, mientras se bebé café o se comen tortitas de nata, se le olvida a uno que apenas unas cuantas cuadras detrás hay una gran ciudad.

 

Las cosas con B.I. comienzan a enseriarse y entonces decide invitarme a visitar su lugar de origen. En septiembre de 2009 aterrizo por primera vez en Hamburgo y hoy sé que me enamoro más de esta hermosa ciudad hanseática de lo que me pude haber enamorado de él. Por lo menos puedo decir que mi amor por Hamburgo no ha cambiado ni un segundo en los nueve años que han trascurrido desde que nos conocimos.

 

Hamburgo es una ciudad bellísima, es una ciudad muy verde, de muchos jardines, montañas de menor envergadura, y de agua en abundancia. A Hamburgo la atraviesan dos ríos, el Elba y el Alster, y de ellos emanan canales, arroyos y riachuelos que están esparcidos por toda la ciudad. Me enamora sobre todo su historia, que es milenaria. Hamburgo es una ciudad de navegantes mercantiles, de piratas y de prostitutas, y si pasas suficiente tiempo en el Reeperbahn te puedes imaginar incluso a las hordas de marinos que trepaban por sus cumbres en busca de placeres prohibidos. Hamburgo es una ciudad libre, jamás ha pertenecido a ningún rey, aunque después se compromete y se casa con el resto de Alemania y le extiende el fuerte brazo de sus muelles y desembarcaderos para hacer del norte del país fuerte y próspero. Los hamburgueses no dicen Guten Morgen, Tag, Abend (Buenos días, buen día, buenas tardes), dicen Moin. Los hamburgueses jamás pronunciarán Hamburg, ellos dicen Hambuig y se dice que son secos y rudos, pero a mí siempre me han tratado con mucha compasión. Hamburgo no es una ciudad de cuento de hadas, es una ciudad de pasiones y aventuras. Cuando conozco a mi Hamburgo, jamás me hubiera imaginado que viviría ahí porque B.I. y yo teníamos nuestra vida en México y aunque soñaba con la idea de algún día mudarnos, al menos en 2009, eso estaba muy lejos de ser una realidad. Sin embargo, motivada por sus techos cobrizos, que con el agua se tornan verde jade, decido estudiar alemán, y lo hago por dos años consecutivos en el Goethe Institut que en aquel entonces se encontraba en la colonia Roma.

Hamburg 025
Hamburgo y el río Elba

 

Durante una de mis tantas visitas a Alemania, mientras estábamos en las playas que el río Elba acaricia delicadamente, B.I. me propone que sea su mujer y empotra en mi dedo un anillo de diamantes. Yo acepto y entonces creo que seremos felices por siempre. Cuando tomo la decisión de comenzar una vida en conjunto con B.I., cometo un error determinante que afecta mi salud casi inmediatamente.

 

B.I. conocía muy bien mi historia. Desde que comenzamos a salir fui muy clara con él al respecto de la miomatosis, de mi anhelo de formar una familia a la brevedad posible, y de mis impedimentos, sin embargo, creo que él no dimensionó las palabras, ni tampoco prestó la suficiente atención a los hechos que yo le fui relatando por episodios. Nunca hizo preguntas y supongo que asumió que lo que fuera que había pasado conmigo, no había sido realmente de gravedad y es por ello por lo que cuando nos comprometimos me pidió esperar antes de pensar en tener hijos. A mí me hubiera encantado decirle que no tenía tiempo que esperar pero no quise asustarlo, alejarlo ni separarlo de mí y por eso accedí, a sabiendas de que para mí eso implicaba un riesgo muy grande.

 

Los miomas crecen y se alimentan de hormonas, cualquier desajuste hormonal los hace crecer y multiplicarse, esto quiere decir que en la mayoría de los casos los anticonceptivos están contra indicados y por eso muchas mujeres con miomatosis uterina no pueden someterse a tratamientos de fertilidad o de reproducción asistida, pues la mayoría de estos tratamientos consisten en la administración de cantidades exorbitantes de hormonas a las pacientes. Con miomatosis, un tratamiento de esa naturaleza, significa una sentencia de histerectomía.

 

Me voy con Peimbert y le digo que estoy feliz con mi nueva empresa y con mi prometido y le digo que sé que los dos años que él me garantizó libres de miomas están a unos meses de concluir. Le pido que por favor me comprenda y que me prescriba un anticonceptivo que no contenga los cocteles tradicionales de hormonas y él, muy a su pesar y a regañadientes, me prescribe una marca que contiene sólo progesterona. Recuerdo que me dice que su efecto engañará a mi cuerpo a pensar que estoy embarazada. Nunca lo hubiera hecho. De verdad, mientras lo escribo me trepa el arrepentimiento, jamás debí haber tomado pastillas anticonceptivas. Debí haber sido objetiva y contundente, debí haberle dicho a B.I. que yo no puedo tomar esas cosas, que si él no quiere tener hijos que mejor se busque a otra, sin embargo, no lo hago. No digo nada, sigo adelante y apuesto una vez más al amor, en vez de a la salud. Error. Error. Error. La salud es más importante que el amor de un hombre.

 

Fijamos la fecha de la boda para el 4 de diciembre de 2010, pero yo ya desde mayo oculto los síntomas de una miomatosis que regresa con más fuerza que antes. Me lo guardo, no lo comparto ni con Peimbert, lo que quiero es seguir disfrutando unos meses más de calma, sin médicos, sin drama, sin intravenosas. Ese fue otro error. Una cosa era engañar al mundo, pero engañarme a mí misma fue lo peor que pude haber hecho en la vida. En julio nos vamos a Marsella a la boda de una amiga y me paso media fiesta encerrada en el baño sangrando y expulsando coágulos. Cuando finalmente el episodio pasa y yo salgo del tocador, B.I. está furioso porque lo he dejado horas en una fiesta en la que no conoce a nadie y en la que sólo hay franceses engreídos. Él se la ha pasado mirando al plato. Cuando me pregunta que qué me pasa, le contesto que algo me cayó mal al estómago y con ese pretexto nos pasamos cuatro días encerrados en un hotel en Marsella mientras yo no dejo de sangrar.

 

Un año después de nuestro compromiso, también en septiembre, me dice que no aguanta más estar en México. Él nunca se acostumbra del todo al país, le cuesta muchísimo aprender el idioma y eso lo hace muy dependiente de mí. Es objeto de cientos de eventualidades y de enorme frustración a raíz de la barrea del idioma. También se suscitan muchas experiencias negativas en México, eventos que él es incapaz de controlar, no porque no tenga la capacidad de hacerlo, sino porque México es sui géneris y él jamás supera el enorme choque culturar entre su país de origen y el mío. Entonces se transforma en un energúmeno insoportable y yo ignoro por completo todas las señales de alerta. En ese momento lo único que me importa es la boda que ya está casi pagada. Por esas mismas fechas su antiguo jefe le ofrece un puesto muy similar al que él tenía antes de mudarse a México. Eso representa para él una oportunidad única para ganarse su boleto de regreso a Alemania. Esa tarde, regreso a la casa pasadas las ocho de la noche, después de un día de trabajo pesadísimo y me lo encuentro aventado en el sofá, en la oscuridad y con los brazos cruzados.

     -Creo que debemos cancelar la boda –me lo dice así, sin tapujos, sin siquiera lanzarme primero un saludo de cortesía.

 

 

Yo no me he quitado los zapatos cuando me lanza esas palabras y siento que el mundo se paraliza.

 


 

 

PARTE X

 

“Del plato a la boca, se cae la sopa.” Nunca un refrán fue más certero. Esas palabras me rondaron por la cabeza durante los largos minutos en que guardé silencio, mientras me descalzaba, mientras encendía la luz, mientras caminaba para sentarme a su lado, mientras lo miré a los ojos intentando discernir si aquello que había escuchado iba en serio o era una mala broma.

 

Es cierto, somos poseedores de libre albedrío. Somos libres de determinar hacia a dónde se dirigen nuestros pasos y qué tan espinoso o sutil queremos sea el camino, empero eso no lo hace más fácil porque toda decisión deriva, invariablemente, en consecuencias imprevisibles porque no somos capaces de adivinar, al menos no del todo, cuáles serán las repercusiones de nuestras resoluciones. Aunque por mucho tiempo pensé que lo que a continuación hice fue un error, no lo fue. Fue un túnel que debía atravesar porque los destinos a veces también nos llevan por senderos oscuros antes de mostrarnos la luz.

 

Me aferré, como se aferran las hormigas a su pesada carga. Pasamos una noche horrible, discutiendo, contentándonos, volviendo a discutir. A las ocho de la mañana, cuando ya se nos cerraban los ojos de cansancio, decidimos continuar con el plan acordado y casarnos. Él me puso una condición para que esa boda se llevara a cabo; teníamos que irnos a vivir a Alemania. Ese requisito me partió el corazón. No es que a mí no me gustara Alemania, sino que en México tenía mi vida. Apenas llevaba con mi empresa tres años y amaba verla desarrollarse, madurar y fructificar para convertirse en lo que yo había imaginado tantas veces en mis sueños. Me vi obligada a decidir entre el amor y el dinero. Evidentemente aposté por el amor porque soy una eterna enamorada y aunque viví mil amores y con ellos sus mil decepciones, yo jamás dejé de creer, nunca me rendí, siempre supe que mi vida estaría inundada de amor y pensé que él sería el compañero de toda mi vida, fue por él, por la idea de un romance de película, por lo que acepté y decidí seguirlo.

 

Lo dejé todo; renté mi departamento en tiempo récord, vendimos una parte de COMEPSA con maquinaria y empleados. Le pedí a mi hermano que me diera un año para ver si podía controlar, lo que quedaba de la empresa, en línea desde Alemania. Así comenzamos a delegar fabricación y nos dedicamos puramente a la comercialización. Para ese entonces ya teníamos muchos clientes y yo seguía enamorada de mi trabajo. Vendí mi coche, mis muebles y regalé mis sueños de prosperar en México. Finalmente nos casamos en la fecha acordada. Fue una boda muy pequeña, de apenas sesenta personas, sólo amigos cercanísimos y familia. Nos casamos en el paradisiaco Zihuatanejo, con el pacífico y sus violentas olas de testigos. Él es ateo así que decidimos casarnos sólo por el civil. La boda fue muy divertida, me la pasé bailando y bebiendo y comiendo toda la noche, y cuando el sol nos había abandonado, cientos de tortugas recién nacidas se arrastraron al mar para comenzar una larga vida. No tuvimos luna de miel. Su familia voló desde Hamburgo para el evento y  más bien nos dedicamos a pasearlos por el bajío mexicano. Después nos ocupamos enteramente en la mudanza hasta que logramos llenar un contenedor de veinte pies que se llevó los restos de una vida en México. El 1 de marzo de 2011 aterricé en Hamburgo y comenzó una nueva era; sin duda la mejor de mi vida.

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El día de mi boda

 

La emoción y la novedad de los primeros días terminó rápidamente. Como ya he relatado, Hamburgo me fascinaba, pero una vez ahí, en calidad de habitante y ya no de turista, no todo fue lo que yo esperaba. A pesar de haber estudiado por dos años que, dicho sea de paso, de muy poco sirvieron, el idioma representó una barrera abismal. Dependía 98% de B.I. hasta para ir al supermercado. Por lo menos en Alemania las cajeras eran mucho menos dicharacheras y se abstenían de hacer preguntas. En México, cada vez que uno llega a la caja, se somete casi a un interrogatorio; ¿quiere una recarga?, ¿encontró todo lo que buscaba?, ¿quiere disponer de efectivo? Si eso hubiera pasado de este lado del Atlántico, yo creo que me hubiera convertido en una gárgola tartamuda. La realidad es que no entendía ni una sola palabra, ni instrucciones, ni lo que decía el agente de migración, ni lo que la grabación repetía en cada parada de autobús, simplemente no entendía nada. ¡Nada! Quienes han estudiado esta lengua no me dejarán mentir, es un idioma muy difícil y si no lo practicas no puedes hablarlo jamás. En ese entonces, frustrada por la dificultad de la lengua local, decidí postergar los estudios hasta que hubiéramos concluido con la mudanza y yo me hubiera acostumbrado un poco más a la ciudad. En ese momento no pensé que lo necesitara tanto pues B.I. y yo nos comunicábamos en inglés así que no puse mucho empeño ese año en aprender el idioma. La otra cosa que fue pesada, es que en Hamburgo es imposible encontrar un lugar céntrico en dónde vivir que no te cueste la venta de uno de tus órganos vitales. Hamburgo es una ciudad muy cara en lo que a bienes raíces se refiere, además de ser una de las metóprolis más cotizadas del norte de Europa.  Con frecuencia nos invaden daneses, suecos, noruegos, holandeses y polacos que aman venir a darse sus escapadas de fin de semana a Hamburgo y muchos estudiantes eligen esta ciudad como el destino de sus aspiraciones académicas. Terminamos entonces viviendo en la frontera de la ciudad, en un área muy verde pero muy aislada. Tenía sus ventajas y desventajas; la ventaja era que estaba en contacto con la naturaleza, el silencio y la paz, pero añorando los privilegios de vivir en una ciudad. Salía a correr todas las mañanas al parque que estaba a ciento cincuenta metros de la casa y en cada circuito me topaba siempre con zorros, venados, búhos, aves poco tímidas, y una amplia variedad de animales domésticos. Fue ahí cuando entendí por qué en los cuentos de hadas los animales son esenciales para las protagonistas. Si hubiera vivido un poco más en Farmsen, seguramente habrían sido los parajitos lo que me habrían hecho el peinado por la mañana. La enorme desventaja es que todo queda lejísimos; cuarenta y cinco minutos para llegar al centro de la ciudad, lo que te queda cerca cierra a las 6 de la tarde y no hay poder humano que haga que te esperen ni dos minutos después del cierre, el “Feierabend” es una cosa seria en Hamburgo, y sin ningún recato te hacen abandonar lo que llevas en las manos y te empujan a la puerta.

 

Como es un lugar apartado del bullicio de la ciudad, mis vecinos son en su mayoría viejitos independientes y testarudos. Me siento perdida entre sus expectativas de mi comportamiento y las reglas del juego. Tirar un alfiler después de las ocho de la noche es un pecado mortal. Juro que hubo días en que anduve de puntillas.

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Mi parque en Farmsen

 

B.I. y yo vamos muy bien, nos dedicamos a acondicionar el departamento a nuestro gusto y pasamos mucho tiempo juntos. Todo indica que nuestro amor es sólido, pero las cosas comienzan a cambiar rápidamente a partir de que a mí me internan por primera vez en Alemania. Un día me despierto con un ardor espantoso en el estómago. Sé que no es el útero porque este dolor es distinto pero igual hace que me doble, hiperventile y no logre ponerme en pie. Le llamo a B.I. a mitad del día y él sale de la oficina para llevarme al hospital. Yo no me puedo ni mover del dolor y acercan una camilla hasta la puerta del coche. Termino pasándome cuatro días en el hospital pues he desarrollado una úlcera en el esófago provocada por una bacteria extraña y entonces me dicen algo que yo ya he escuchado antes y que me devuelve a mis noches de terror.

      -Tienes anemia. Severa. Tu nivel de hemoglobina es muy bajo. Apenas rebasa el 7 g/dL.

 

Entonces se repiten los sucesos ya vividos. La anemia me baja las defensas, en esta ocasión perdona mi pulmón, pero se lanza con ímpetu contra mi esófago. Es la primera vez que noto a B.I. molesto por un padecimiento. Percibo sobre todo que le fastidia que lo haya sacado del trabajo para llevarme al hospital, presiento que quisiera que yo fuera más independiente, y lo soy, pero Alemania me supera. De las tres noches que paso en el hospital, B.I. sólo se aparece en dos ocasiones, cuando me lleva y dos días después, un día antes de que me den de alta. Ese día, libera una frustración que yo asumo contenida y discutimos horrible. Me dice que le avise cuando me den de alta para irme a recoger, yo hago pucheros y miro a la pared mientras él se aleja regalándome un portazo a su salida. Al otro día no le llamo y me voy a casa sola en un taxi.

 

Ese evento me hace despertar de mi letargo y es cuando decido tomar acción. Lo primero que hago es buscar a un ginecólogo. Busco en internet un médico que como característica principal hable inglés. Eso es primordial pues hasta ese momento yo hablo muy poco alemán y siento que seré incapaz de relatar mi padecimiento en ese idioma. A pesar de haber llegado a Alemania con un certificado A1, que acredita un nivel básico de alemán, lo único que puedo decir es “buenos días, ¿cómo encuentro la estación del tren?, mi nombre es Karen y soy mexicana.” Me doy cuenta de que he regalado las mañanas de mis sábados durante dos años para apenas poderme presentar y huir en tren.

 

Es en este punto en el que el destino me coloca en el camino correcto y me obsequia un encuentro con un hombre sorprendente que será, sin lugar a duda, un parteaguas en mi historia. El consultorio del doctor Klaus Peters queda a escasos diez minutos en autobús del departamento en el que yo vivo. Su inglés es impecable, pero la cereza en el pastel es su personalidad. Me gustaría poderlo describir en tres adjetivos, pero ese hombre, ese médico brillante, ese inigualable ser humano ha hecho tanto por mí, que no hay palabra capaz de describir, con el debido honor, todo lo que él ha representado en mi vida.

 

Recuerdo perfectamente bien esa primera cita, casualmente la última del día, y era un martes. Esperé más de hora y media hasta poder estar sentada frente a él así que tuve tiempo de observar. El consultorio es amplio, ocupa todo el tercer piso de un edificio, las paredes y el mobiliario son de color blanco, todo está perfectamente bien ordenado, el interior se percibe cómodo y estético. El personal es amable, sonriente y educado. En cuanto nos conocemos y estrechamos las manos por primera ocasión, él esboza una sonrisa amigable, hablamos de México, de sus años de estudio en San Diego, de los mexicanos que conoció allí. Podemos platicar a nuestra anchas, y de inmediato noto que se interesa de sobremanera en mi caso clínico. Le cuento todo de mí y de mis miomas, no me guardo ni un detalle, él me escucha con toda atención para luego hacer anotaciones en su computadora. Al concluir mi historia, él me dice que soy la candidata perfecta. Me hace ahí mismo un ultrasonido intravaginal y me explica lo que vamos a hacer conmigo.

     -Es grave. Tu útero mide ahora doce centímetros. Tienes que dejar ahora mismo los anticonceptivos. Distingo al menos seis o siete miomas nuevos –apunta con el dedo enguantado al monitor.

 

Para ese entonces mis síntomas ya están como hace cuatro años. No me queda más opción que confesarle al médico todo lo que está ocurriendo desde hace varios meses, concluyo aceptando que lo estoy pasando mal. B.I. me acompaña e imprudentemente persiste en hacer preguntas sobre los anticonceptivos. Parece que le preocupa más un embarazo no deseado que el hecho de que su esposa se está desangrando lentamente. Esa noche, atrapados en las paredes asfixiantes de nuestro departamento, volvemos a pelear.


 

 

PARTE XI

 

La mayoría de los doctores en Hamburgo no usan bata. No sé por qué, pero ni en los hospitales ni en los consultorios la usan. Van todos, hombres y mujeres, vestidos con playeras tipo Polo, pantalones tipo chino blancos y zapatos del mismo color. Cuando conozco al doctor Klaus Peters así me lo encuentro y me parece que es un ángel, lo es. Es un hombre de edad madura que avanza a los sesenta años y su cabello es completamente blanco, sin embargo, su trato y modos son los de un hombre mucho menor. De inmediato nos caemos bien y él se convierte más tarde en una tabla de salvación para mí. Mientras estoy en su consultorio la primera vez, me mira asombrado cuando le cuento por todo lo que he pasado y él ya sabe por lo que voy a volver a pasar porque aunque no tenga una bola de cristal, el monitor de su ultrasonido le ha revelado ya que las cosas no me serán fáciles de ahora en adelante. Entonces, me habla de ESMYA. Es octubre del año 2011 y la primera perla aún no está disponible en el mercado, pero me dice que quiere prescribírmela. Me cuenta que en los últimos años ha estado apoyando a un laboratorio suizo, proporcionándoles información, estudios de investigación, historiales clínicos de pacientes, y decenas de capturas de ultrasonidos de diferentes mujeres que sufren de miomatosis uterina. Se emociona mucho al escuchar mi versión de los hechos porque no es una historia médica, es una historia humana, porque cuento mi perspectiva, mis dolencias, mis carencias, mis frustraciones, mis entregas, porque los síntomas cobran vida y los transporto a través de mis palabras y él es capaz de palparlos. Entonces, teniéndome ahí de frente, le llama a Susan Nosbüsch, quien es la Directora de Marketing de Preglem en ese entonces.

 

Preglem era un laboratorio pequeño con sede en Suiza que dedica los últimos diez años de su existencia a desarrollar una droga que reduzca los miomas, sin ser supresor hormonal y sin traspasar hormonas artificiales. Diez años de inversión en investigación, de trabajo arduo y constante, de pruebas y errores, de intentos y más intentos. ¡¡Diez años!! Cuando menciona el medicamento yo estoy un poco renuente a tomarlo porque sé que todo lo que es ajeno a tu cuerpo viene cargado de efectos secundarios y recuerdo entonces que la última vez le entregué mi soberbia a uno de esos medicamentos y tengo miedo de volverlo a hacerlo. Él me dice que ESMYA está compuesto de acetato de ulipristal y enfatiza en que es capaz de parar los sangrados. Me explica que en su primera fase, ya aprobada por las instituciones sanitarias europeas, se puede usar exclusivamente tres meses, tomar una pausa de tres meses y posteriormente volver a prescribirse por tan sólo tres meses más. Su objetivo primordial es evitar una cirugía invasiva y de lenta recuperación, empero no siempre se puede lograr y por ello su segunda misión es reducir los tumores, combatir la anemia mediante la suspensión del sangrado, y así preparar a las pacientes para una miomectomía con mayores posibilidades de éxito.

 

Peters me indica que tiene en las manos los últimos resultados y que en el 80% de los casos de estudio clínico, las pacientes presentan reducciones de entre el 5  y el 8% adicionales, incluso después de suspender la droga. Me dice entonces que yo tengo posibilidades de evitar una segunda miomectomía y que quiere que lo intentemos.

 

Por otro lado, Susan Nosbüsch se maravilla de mi historia y escucho por el altavoz del teléfono celular que le dice a Peters que yo soy la paciente que han estado esperando encontrar. Susan, que es una americana expatriada en Alemania, me pide que nos conozcamos la siguiente semana. Yo no entiendo el alboroto, ni por qué mi historia les parece tan interesante. En México se la han pasado ignorándola en el mejor de los casos y en el peor me han llamado estúpida, ignorante, insensata, testaruda y loca.

 

Como ya comenté antes, Peters me pide que de inmediato deje los anticonceptivos y que estemos en estrecha comunicación hasta que la venta del medicamento se libere al mercado, cosa que ocurre al siguiente año en marzo de 2012. Tengo entonces que tolerar cinco meses de síntomas severos, de sangrados imposibles y de dolores inconcebibles.

 

En esos meses hago muchas maletas que después reacomodo en el nuevo closet que B.I. y yo elegimos en IKEA, durante nuestros días de cordialidad, y nos la pasamos amenazándonos uno al otro hasta que decidimos comenzar a ignorarnos y sustituir las crudas peleas por silencios y miradas de hastío. Desde que él se entera que dejo de tomar los anticonceptivos, evita el contacto conmigo. A veces siento que no quiere ni tocarme.

 

COMEPSA, para mi sorpresa, va fluyendo con mi ausencia física y se va reacomodando a una administración a la distancia, pero me veo atrapada en los horarios que separan a México de Alemania y muchas veces trabajo de madrugada. B.I. comienza a quejarse constantemente de mis rutinas y me dice, en alguna ocasión, que él no se casó para esto.

 

Uno de los sucesos más enriquecedores de esta parte de mi historia acontece cuando conozco a Susan Nosbüsch. Fue inevitable hacernos amigas de inmediato. A pesar de la brecha generacional que nos divide, nos acercamos por muchos objetivos en común. Me propone así ser la voz de ESMYA y yo acepto. Aquí inicia una etapa muy bonita en mi vida, en la que me convierto en la portavoz de todos los soldados silenciosos que libran batallas cotidianas sin fusil y sin cobijo.

 

Mi primera tarea, es hacer un video promocional de ESMYA. En los meses por venir me convertiré en la primera paciente en el mundo en recibir el milagroso medicamento salva úteros y escudriñarán en mi historial médico,  me monitorearán mes a mes, registrarán mis progresos, llevarán una bitácora de los efectos y la compartirán con el mundo. El video promocional, que ahora vuelvo a  ver después de cinco años, me hace reír muchísimo, porque yo he sido muchas cosas en esta vida, pero actriz no ha sido una de ellas. En el video se me aprecia nerviosa y poco preparada para las cámaras y su luz intensa y abrasadora. Peters parece que nació para proyectar su imagen en las pantallas, lo hace todo con suma tranquilidad y naturalidad. Su esposa, quien también es muy buena persona, apoya también en la elaboración del video, a través de la farmacia que dirige. Justamente es ella quien aparece entregándome el medicamento, mientras añade que es la primera prescripción de ESMYA que vende.

 

Mi segunda tarea es acompañar a Peters a una conferencia en Rostock, en donde se reúnen una cuarentena de ginecólogos del norte de Alemania. Peters expone su parte, habla del medicamento, de los resultados de las investigaciones, presenta diagramas de flujo, diapositivas con esquemas y explicaciones. Cuando concluye, me presenta con su auditorio. Mi alemán va avanzando muy bien, estoy tomando ya cursos intensivos de la lengua, pero no me siento lo suficientemente segura para contar mi historia en ese idioma y por eso decido hacerlo en inglés. Es la primera vez que cuento las memorias de una travesía médica que nunca se apiadó de mí. También es la primera vez que hablo de sangrados y anécdotas vergonzosas a un grupo de completos extraños. Me encuentro nerviosa, me sudan las manos y cientos de mariposas revolotean en mi estómago. Siento presión en la garganta y por un instante temo no poder hacerlo. La luz me apunta a mí y soy incapaz de distinguir las caras que me miran y me escuchan atentas. Comienzo, manoteo mientras les explico lo que se siente vivir con miomatosis. Continúo, el silencio es sepulcral, termino y entonces, sin mayores expectativas, les doy las gracias por haberme escuchado. Me adelanto a retirarme del estrado y entonces escucho un golpeteo unísono que se asemeja a gotas gordas y pesadas de lluvia que se estrellan contra hojas enormes, pero no es la lluvia ni tampoco son aplausos, son los puños cerrados de los asistentes que hacen golpear sus nudillos contra escritorios, mesas y muslos, entonces me giro y retrocedo, y los observo, vitorean “¡valiente!” y yo siento que los hombros, la clavícula y el pecho me suben y bajan y es porque estoy llorando, porque por primera vez en todos esos años alguien reconoce mi dolor, porque alguien admira mi silencio y los lamentos de mi lucha. Peters se da cuenta y se acerca para prestarme sus hombros. Yo me reclino en él, como si fuera mi padre, el que está a ocho mil kilómetros de distancia y no puede ver que yo, sí soy realmente valiente, que hablé de lo más profundo de mis entrañas y alguien por fin, por fin, después de tanto y tanto, por fin me escuchó, por fin reconoció mi súplica.

 

Finalmente, me separo de Peters y me atrevo a mirarlos de frente, me paso el antebrazo por las empapadas mejillas y con un además discreto les agradezco. Algunos están de pie, otros continúan sentados, no dejan de sacudir sus nudillos y sólo yo pienso, “Gracias.”

 

Mi segunda parada será Roma. Hablaré ante cientos de personas, periodistas y élite ginecológica mundial.

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Septiembre de 2011

 

 


 

 

PARTE XII

 

Finalizo el año de 2011 con muchas esperanzas, planes e ilusiones, sin embargo, la relación con B.I. es un subibaja; tenemos temporadas buenas y otras muy malas.

 

A principios de diciembre tengo un retraso en mi periodo menstrual y por algunas horas pienso que estoy embarazada. Con mucha ilusión y expectativa comento mis sospechas con B. I., es la primera vez que lo veo preocupado, distante, callado y ensimismado. Mi instinto no me falla, sé que la noticia no le alegra, sé que por dentro reza para que no sea verdad, mientras yo anhelo con todas mis fuerzas que sí lo sea. La duda me empuja a concertar inmediatamente una cita con Peters. B.I. decide acompañarme, pero su cortesía me sabe más a indagación que a interés.   Siempre recordaré ese viernes porque fue cuando todo entre nosotros comenzó a desmoronarse. Los viernes B.I. salía normalmente más temprano así que pasó por mí y nos fuimos juntos al consultorio de Peters. Ese día no tuvimos que esperar mucho, pasamos a la sala de auscultación casi al instante. Después de minutos de silencio inquietante mientras mueve el transductor por encima de mi vientre, Peters confirma que sólo es un retraso y que en la pantalla del ultrasonido no ve nada que indique un embarazo, me informa entonces, con un dejo de desencanto, que en no más de tres días tendré mi menstruación, y así sucede.

 

En ese momento hay dos sentimientos que se me desbordan incontrolablemente, haciéndome sentir confundida y culpable. El primero de ellos es la decepción, es lo primero que siento cuando escucho la noticia y aunque estoy a punto de llorar, el golpe de tristeza sólo dura un par de segundos porque inmediatamente me siento aliviada. Algo en la tripa, quizá mi instinto, me grita que B.I. no es el correcto. En medio de la maraña en la que he convertido a mis emociones y pensamientos intento abordar el tema con B.I. Quiero esclarecer mis presentimientos y saber de una vez por todas si él está dispuesto a librar esta batalla conmigo o no. Él evade mis preguntas y mi mirada, concede algunas frases que saben a fe, pero al final del día sigo sin tener el panorama claro.

 

Al día siguiente, un sábado frío y gris, desayunamos tranquilos en casa. Sólo un vistazo al exterior basta para que decidamos quedarnos en casa echados en el sofá de la sala viendo películas. Ya por la tarde, empiezan los besos y caricias intensas y de pronto él me frena y me dice que va a ir por un condón. Yo ni siquiera sabía que tenía o que hubiera comprado condones. Esa reacción termina por desconcertarme, sin embargo decido no hablar del tema en ese momento aunque lo traigo rondándome los pensamientos constantemente hasta que finalmente lo escupo el domingo en forma de pregunta. La respuesta es desconsoladora.

          -Yo no quiero tener hijos. La verdad es que no quiero. No me imagino mi vida con niños –me lo dice de frente, pero bajando la mirada, sin tapujos, pero frotándose las manos, sin endulzar como si yo no fuera merecedora de otra cosa que no fuera una dosis de amargura.

 

Ese es un parteaguas radical en nuestra relación. Si bien ese no es el motivo por el que terminó nuestro matrimonio, en ese momento para mí sí es una llamada importante de atención. A partir de esas palabras o confesión tardía, yo dejo de procurar nuestra relación conyugal. En ese momento me siento bastante engañada porque cuando él y yo nos conocemos yo siempre soy clara con él y desde muy temprano en la relación él sabe que una de las razones fundamentales de mi combate a la histerectomía, es justamente tener un hijo y él a mí me dice en ese entonces que quiere tener dos o tres. Cuando me dice que no es así, yo lo tomo muy mal, peleamos muy fuerte ese día y lo llamo mentiroso y él me dice que no lo es, que simplemente ha cambiado de opinión, y de ahí en más nos enrollamos en un círculo repetitivo del cual no logramos salir jamás. B.I. pasa entonces a un tercer plano y yo me concentro en otras cosas.

 

En un pestañazo entramos al año 2012 que es una verdadera montaña rusa y es justo en ese periodo de doce meses en el que yo pierdo la dirección y el control. Al final del año no sé ni para a dónde jalar y eso me inunda de angustia, de desesperanza y de depresión.

 

En marzo comienzo el tratamiento de ESMYA.  Dado que yo sería la primera paciente en recibir el medicamento, la distribución de la primera caja, que contenía toda mi ilusión, se distribuye de manera personalizada, pero a pesar de que los ojos de más de tres personas están sobre el producto, por alguna extraña razón, la primera dosis termina en otro estado. Susan se ve entonces en la necesidad de mover cielo, mar y tierra para regresarlo a Hamburgo. No es grave que haya llegado un par de semanas después de lo planeado, pero a todos nos da la impresión de que comenzamos con el pie equivocado.

 

Ya para abril, estoy completamente enfocada en los cursos de integración y de orientación que son mandatorios para todos quienes buscan obtener la residencia legal en Alemania. Son aproximadamente seis meses de clases intensivas de idioma, política, cultura, costumbres, tradiciones, economía, etc., en fin, temas todos relacionados con la vida e historia alemana. Las clases son intensivas y de inmediato ocupan casi todo mi tiempo pues paso cerca de ocho horas en la escuela de lunes a viernes. Adicionalmente, destino seis horas diarias a mi trabajo con COMEPSA y eso lo hago desde casa y en línea. Los pocos ratos libres que tengo, los paso con los nuevos amigos que voy recogiendo en mis caminos y dejo de pasar tiempo con B.I. Lo hago subconscientemente, pero al final termino construyendo una brecha profunda que deriva en el comienzo de mi emancipación y eso es algo que a él le indigna y enfurece porque en el momento en el que yo decido aprender el idioma y hacer de Hamburgo mi hogar, lo logro. No fue fácil, costó mucho esfuerzo, tenacidad, desvelos, obstáculos y voluntad, pero lo logro, y eso es algo que él jamás consigue en sus años en México. Le frustra mucho también ver que yo cada vez lo necesito menos y es entonces cuando nota que la balanza de poder en casa se va meciendo a mi favor y eso realmente lo tortura. No soporta que yo sea capaz de hacer mis cosas sola porque ya no tiene manera de amedrentarme y es en ese instante en el que se da cuenta de que ha perdido poder.

 

Tras terminar los primeros tres meses de ESMYA, que son una verdadera bendición para mí, notamos que si bien el sangrado ha parado y yo no he presentado ningún efecto secundario – por el contrario, he percibido sólo mejoras –, la reducción en los miomas ha sido insuficiente. Definitivamente, ninguno de los involucrados esperábamos un resultado tan insatisfactorio. Peters me pide que tenga paciencia y que no me desanime porque de cualquier manera tenemos que hacer la primera pausa en el tratamiento.

 

Cuando hacemos el primer ultrasonido, posterior a la toma de ESMYA, los resultados arrojan que los miomas se han reducido poco, pero lo que nosotros no sabemos, porque no lo podemos constatar, es que en realidad los fibromas se dividen y se esparcen por el endometrio. Es muy difícil detectar estas pequeñeces en un ultrasonido porque, aunque la tecnología ha avanzado mucho, hay ciertas cosas que sólo en una cirugía, con el órgano en las manos, se pueden detectar. Vamos, uno ve más cosas leyendo los restos de café en una taza que leyendo los garabatos que aparecen en la pantalla grisácea del ultrasonido.

 

Después de esa pausa, retomamos el tratamiento, pero sólo tres meses más. Esa es la única oportunidad que me queda para evitar una segunda miomectomía que podría poner en riesgo a mi útero. También por esos meses termino mi programa de integración y obtengo la residencia por tres años más.

 

Entre septiembre y octubre suceden tres cosas que van a marcar el curso de todo lo que después se suscitó; me voy a una conferencia a Roma como panelista invitada, estoy a punto de perder a COMEPSA, y mi mamá está gravemente enferma, hecho que me obliga a trasladarme a México por cuatro semanas, paralizando mi vida en Alemania.

 

Cuando yo expongo en Rostock la primera vez, me salen las palabras del alma. Como nunca imaginé una respuesta tan generosa, no preparo nada, sólo voy y hablo espontáneamente de mi padecimiento y eso hace que sea una experiencia muy emotiva. Sin embargo, cuando me invitan a Roma no puedo hacer eso. Aquí el escenario es muy diferente y exige una buena preparación. Lo que sucede en Roma está lejos de ser informal, va mucha gente importante en el ramo ginecológico y ESMYA se presenta como una alternativa real y confiable para la miomatosis. Un medicamente similar simplemente no existía en el mercado y es preciso que todos los que participamos en la presentación de ESMYA lo hagamos con absoluto profesionalismo. Todos los que integramos el panel de expositores pasamos dos días encerrados en los cuartos de conferencia del hotel preparándonos y ensayando la ponencia. No es fácil, es muy laborioso y cansado pero finalmente estamos listos y entonces platicamos de ESMYA ante trescientos reporteros y personalidades médicas. Conocí ahí a gente impresionante, mujeres que han vivido tres veces lo que yo viví y que se desviven para llevarlo al mundo trepando y sorteando obstáculos. Una de ellas es Vivianne Parry quien es una extraordinaria escritora publicada y exitosa periodista de la BBC, quien además también trabajó un tiempo para el área de relaciones públicas, específicamente prensa, en la casa real británica. Es un mujerón, en todos los sentidos un mujerón. Yo vivo enamorada de su carrera y sus pasiones e incluso le ruego que me deje trabajar con ella pues requiere, en esos tiempos, de una asistente personal, pero aunque lo intentamos, no funcionamos bien con las distancias. Ella es quien me entrevista en Roma pues en las discusiones previas, decidimos que es mejor para el panel, para que los periodistas no se me echen encima, que Vivianne dirija y controle mi exposición a través de una entrevista. Ensayamos esa entrevista muchísimas veces. Hasta el día de hoy yo no me creo que haya compartido espacio con una mujer tan talentosa, brillante y formidable en todos los sentidos.

 

La primera vez que hablo de mis síntomas, desnudo la realidad áspera de una vida con miomatosis, pero la segunda vez que lo hago, en Roma, tomo otro giro, más directo hacia la comunidad de ginecólogos y les pido, más bien exijo, que traten a sus pacientes con dignidad y respeto, demando diligencia en las auscultaciones, exijo responsabilidad y eficiencia. Me la paso exigiéndoles media hora y las exigencias me saben a gloria. En ponencias de este tipo, no hay aplausos, pero a mí no me hacen falta porque sé que ahora mi voz llegará a muchos lados porque llevo sobre los hombros las voces, con todos sus miomas, de las que no pueden gritar o no saben que deberían hacerlo. Eso es para mí suficiente.

 

COMEPSA colapsa. Nuestros antiguos socios abren una guerra corporativa despiadada que mi hermano libra sólo en México mientras yo trato de contener en Alemania. Nos amenazan diciéndonos que harán lo que sea para ver COMEPSA en la ruina. Nunca lo logran pero sí nos perjudicaron muchísimo. Nos vemos obligados a un segundo recorte de personal y recursos, y reducimos la empresa a diez personas. Dado que nos quedamos sin equipo de impresión, tuvimos que tomar la decisión de tercerizar toda nuestra operación. Eso a mí particularmente me duele muchísimo, es como una miomectomía para mí. En el proceso perdemos muchos clientes y sobre todo contactos. Yo por esa época hago lo que puedo por resucitar a COMEPSA.

 

Justo unos días después de mi visita a Roma, me veo obligada a volver a México porque mi mamá está muy enferma. Durante el mes que permanezco en México, libro un proceso de catarsis impresionante. Hay muchas cosas que me quedan claras en esos días en los que veo a mi mamá padecer. Cuando vuelvo a Hamburgo, B. I. nos separamos definitivamente. La decisión fue complicada y penosa, pero hoy sé que fue la mejor decisión que pude haber tomado. Después de un tiempo soy capaz de mirarme al espejo y repetirme, “soy una mujer divorciada”. A partir de ese momento Viridiana EP reapareció en mi vida para acompañarme, a través de Skype, de sus ojos compasivos, de su voz animosa y de sus palabras de fortaleza. A ella le debo mi cordura de esos días porque oculté la noticia del rompimiento durante muchos meses y sólo ella y mi hermano tienen conocimiento de la situación tan compleja por la que estoy pasando en ese momento.

 

Cuando salgo del letargo provocado por los eventos relacionados a mi futuro divorcio, 2012 se despide y el invierno visita Hamburgo con toda su fuerza. Es un invierno durísimo, largo e implacable, centímetros de nieve se apilan en las entradas, en las aceras y en las esquinas. Yo estoy más sola que nunca, más triste que nunca, y más decidida que nunca. Y entonces, antes de comenzar el nuevo año, regresa la trombosis.

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Roma 2012

 


 

 

PARTE XIII

 

El número 13 es mi número de suerte y quiero creer que no es coincidencia que justamente escribiré sobre lo ocurrido durante el año 2013 en la parte número trece de este recuento de hechos, pero antes, terminemos con 2012. Como ya dije, fue una montaña rusa. Me pasan muchas cosas buenas y positivas que levantan mi espíritu y me llenan de confianza y de energía, pero a la vez me veo envuelta en pérdidas tremendas e irreparables que marcan cicatrices de por vida. El fracaso absoluto de mi matrimonio es una de esas pérdidas grandes. Quizá en este relato, que está más enfocado en el tema de los padecimientos de la miomatosis uterina, no he querido profundizar muchos en los sentimientos y vivencias de ese año, pero créanme que no fue nada fácil vivir el proceso y cuando finalmente empaco la vida entera de B.I. en diecisiete bolsas de basura jumbo negras y las deposito en el sótano, siento que una parte de mí se queda encapsulada en ellas. Fueron cuatro años de cadenas de eventos, de sentimientos, frustraciones, amores y odios que terminaron por ser el fin de una era en mi vida. Fue entonces cuando me vi sola de nuevo, repitiendo los patrones del pasado, caminando sobre las huellas de los amores que había dejado hasta que caí en la cuenta de que la felicidad y el amor no se encuentran en otros lados, ambas viven en mí, yo soy poseedora de ambas cosas y soy yo quien decide cuándo y con quién compartirlas.

 

La separación me rompe en mil pedazos, y me encuentro un día de principios de diciembre maldiciendo a la vida por SKYPE mientras Viridiana EP me escucha al otro lado de la pantalla y yo vivo un momento de gran desnudez, porque le digo que estoy harta. Harta de vivir haciendo todo bien y que me salga todo mal, harta de dar de mí todo y que las circunstancias y la vida se empeñen en despojarme de mis sueños de una manera tan cruel, harta de querer y parecer alcanzar para después ver cómo se me escapan mis anhelos como arena que se desmorona entre los dedos.

 

Estoy más sola que nunca y sólo me atrevo a contarle a cinco personas por lo que estoy pasando. De mi familia elijo a mi hermano porque sé que él es discreto, sé que él sabrá usar la información en mi beneficio. No se lo digo a mis papás porque a mi mamá, hace unos meses le extirpan un tumor del cerebro y su recuperación es lentísima, no puede caminar cuando yo me despido de ella en México y sé que si les cuento por lo que estoy pasando sólo les traeré angustia, desesperación e impotencia. A mis amigas, las que dejé en México, no les informo nada porque me da vergüenza, porque estoy segura de que más de una pensará “ya lo sabía” porque habrá incluso personas que hasta ganen una apuesta con mi noticia, porque aceptar que uno ha perdido en el amor, duele, duele mucho. Se lo comparto a las dos únicas amigas que tengo en Hamburgo. Tata está en ese entonces en espera de su primogénito y no puede subir y bajar por un Hamburgo gélido, pero me llama tres o cuatro veces al día con la sola intención de escucharme, de corroborar que estoy bien y de que no haga tonterías. Kari sí se monta en el coche y transita por calles sobrepasadas de nieve sucia, arena y sal hasta tenerme de frente y no se va hasta que yo me haya comido ese yogur que fue lo único que encontró no caducado en mi refrigerador.  También se lo cuento a Peters, en una de nuestras múltiples consultas, me tiro de brazos sobre el escritorio y lloro largo y tendido. Él no dice una palabra alguna, me deja sollozar y lamentarme a mi antojo.

 

He pasado mis tristezas, muchas tristezas amorosas en mi vida, he tenido mi dosis de rechazo en la vida, pero ésta supera por mucho a las otras. Ya no sé si es la anemia, que vuelve después de que la segunda ronda de ESMYA termina, era la última o si es el frío, la soledad o los días oscuros, pero no logro levantarme de la cama. Para ese entonces mi útero reduce de tamaño, pero seguimos viendo en el monitor masas deformes y calculamos que hay unos siete miomas aprovechándose de mi endometrio. Es una navidad fría y sola. Termino enfermándome de gripa, un resfriado de esos que te tumban cuatro días. Me la paso dormida, abro el ojo para medio tomar agua e ir al baño y luego me escondo de nuevo debajo del edredón, entre sueños me levanto y me mido la temperatura, el termómetro marca los cuarenta grados, pero yo no tengo fuerzas ni para pararme y bebo un sorbo de agua como medicina. Al cuarto día, amanezco con una contractura en el cuello que me hace caminar viendo en paralelo al suelo. Ya es 27 de diciembre y yo quiero que termine el periodo vacacional para poder volver a la escuela y tener algo que me distraiga. El 31 de diciembre estoy platicando con Tata por el teléfono. Me pregunta si tengo intenciones de asistir a la celebración de año nuevo que se ha organizado en el restaurante El Pikosito, nuestro restaurante mexicano favorito de esos días, le contesto que no, porque me duele muchísimo la pierna. Yo ya sé lo que tengo, pero me niego a aceptarlo, entonces le pido que le describa mis síntomas a su papá, médico de profesión, para ver si él me dice lo que yo quiero escuchar; que mi dolencia es muscular, que no me angustie, que guarde reposo y que mañana estaré como nueva, pero Tata me dice que su papá ve extraño ese síntoma y que lo mejor sería que me vaya al hospital. Le llamo a B.I. y le digo que me siento mal, le explico que creo que es una trombosis, le pido, no por los años en que nos amamos, sino por caridad humana que se le entrega a un extraño, que por favor me lleve al hospital. Me dice que está celebrando la llegada de año nuevo en unas montañas a dos horas de Hamburgo y que no va a poder llegar. Concluye sugiriéndome que llame al teléfono de emergencias (112) para que me manden una ambulancia. Le agradezco el consejo en un tono cargado de ironía y decido entonces pedir un taxi.

 

Es noche vieja y yo estoy llegando al hospital en Barmbek, espero media eternidad hasta que les digo que creo que tengo una trombosis y sólo entonces los médicos me prestan atención. Me examinan, lo confirman y me internan cuatro días. La habitación que me asignan es para dos personas, pero aún no tengo compañera de cuarto. Una enfermera llega y me abre las persianas para que pueda ver, desde la soledad de mi cama, los fuegos artificiales que están comenzando ya a pintar el cielo. Yo lo hago. Nunca como esa noche me sentí más sola en el mundo. Veo los despliegues de pirotecnia hasta las tres de la mañana y entonces me digo que no habrá un solo año más de soledad. Mi vida es hoy y decido vivirla.

 

Es 1 de enero de 2013 y alrededor del mediodía traen a una chica que se cubre con un pañuelo la cabeza. La acompaña una prima. La chica no habla alemán, sólo árabe. Su prima me comenta que arribó al puerto hace tres meses de Afganistán. La prima ya es veterana en Alemania y comenzamos a platicar. Me cuenta que la noche anterior se desmayó y nadie sabe la razón y por eso terminaron en la sala de emergencias. Ella no vive ahí, vive en Colonia, pero sus papás le dan permiso de viajar a Hamburgo para que pueda conocer al que será su marido. Yo escucho estas historias y pienso que a lo mejor por ahí está la clave, en vez de andar eligiendo maridos dejar que alguien más lo haga por ti, en mi caso siento que se nota a leguas que no tengo el criterio para hacerlo. En cuanto los médicos se van, se descubre y le cuelga por el hombro una melena negra espectacular que hace juego con una cara de muñeca. A los pocos minutos entra la familia, y me llevó la mejor de las sorpresas porque el prometido es Karim, mi compañero en el curso de integración, y me incorporo como resorte, y no sé por qué, pero me da pudor y me cubro las piernas. Nos saludamos como si fuéramos compadres y la familia que está integrada por nueve personas, que se arremolinan en la habitación, improvisa un recalentado navideño al mejor estilo mexicano. Llevan cazuelas, tuppers y vajilla y en segundos me hacen parte de su familia y sin preguntarme me ponen un plato en el regazo y me obligan a degustar las delicias de Afganistán. La mamá de Karim, quien no habla una palabra en alemán, me hace ademanes para que pruebe y cuando me termino lo que ha puesto en mi plato, me sirve más y pienso en mi mamá y deseo con toda mi alma estar con ella y probar su lomo adobado, sin embargo, esta tarde debo conformarme con los manjares de una tierra que no he conocido jamás. Estas personas son amabilísimas y me regalan compasión y compañía. Al cuarto día salgo de pie como la pirata pata de palo. Quizá rengueo, pero traigo los ánimos en las nubes y siento que puedo volar. En los días que estoy en el hospital le envío un WhatsApp a Peters, para avisarle lo sucedido, y el 4 de enero me recibe en su consultorio. Llevo la bolsa con las compras del fin de semana y en cuanto me siento frente a él, la deposito en el suelo. Él observa intermitentemente ese bulto cargado de comida, como si lo distrajera al punto de perturbarlo. Cuando termina la consulta me pide que lo espere, porque quiere entregarme un papel. Yo lo espero obedientemente mientras escucho a lo lejos que le dice algo a su esposa. Finalmente regresa y me observa con una ternura paternal indescriptible.

     – Así no te puedes ir a tu casa. Yo te llevo.

 

Mientras acepto su generoso gesto, pienso que, si mi papá me viera en esas condiciones, seguramente se sentiría muy triste. Los quince minutos que nos ocupa el traslado me dice que tiene muchos amigos en sus cuarenta que serían excelentes candidatos a maridos. Todavía le pregunto que, si se refiere a mí, y él suelta una carcajada amplia y me responde que sí. La vida sigue. Yo todavía no he hablado con B.I. ni he iniciado formalmente los trámites del divorcio y este hombre maravilloso que hace las veces de padre y doctor ya quiere colocarme en un segundo matrimonio.

 

Es un martes 8 de enero y yo estoy en la escuela. Ya no cojeo. Afuera, hay una bruma pesada que no me deja ver más allá de un metro y la nieve ha invadido las calles de nuevo. Tata me llama y me dice que está en Café México, a unas cuadras de mi escuela, en el barrio de Schanze. Me informa que está cenando con su marido y con un amigo de él. Suplica entonces que la acompañe pues ellos están sosteniendo una conversación bastante técnica en alemán mientras ella muere de aburrimiento. Conscientemente pienso en negarme porque sé que, si acudo a su llamado, perderé el último autobús que me lleva a la esquina de mi casa y entonces deberé caminar dos kilómetros en la nieve y el frío. Viviendo en la periferia de la ciudad, el transporte no transita con la misma frecuencia que lo hace en las zonas céntricas de la ciudad. Yo tengo la palabra “no” en la punta de la lengua y entonces ella pronuncia esa palabra que me hace olvidar todo razonamiento; “Chilaquiles”. En Café México sirven chilaquiles y eso se traduce en medicina para el alma. Esa noche yo necesito alimentar mi espíritu con algo que sepa a casa. No se habla más del asunto, me traslado a Café México. Mientras camino, sólo puedo pensar un plato inmenso de tortillas doradas bañadas con salsa verde picosita. No tengo ninguna expectativa al respecto de velada. Iré a comer, a platicar con mi amiga y volveré a casa. Yo ya conozco a los amigos del esposo de Tata y sé que todos son genios computacionales. Ninguno de ellos me gusta para sacar ni medio clavo. Sin embargo, cuando llego al restaurante, desde los ventanales observo a un par de ojos azules y profundos que de inmediato clavan su vista sobre mí. No reconozco sus facciones, pero estoy segura de que a ese hombre no lo he visto jamás. Nos presentamos, se llama René y nació en Bremen, pero ha vivido una buena década en Hamburgo. En ese momento yo no lo sé, pero aquel hombre sentado al lado del esposo de Tata, es el amor de mi vida.

 


 

PARTE XIV

 

Peters se toma muy serio la incidencia de la trombosis y es justo por eso por lo que me remite a la consulta de un médico internista de toda su confianza. Yo acceso a su petición y acuerdo de inmediato una cita en su consultorio, que se encuentra muy cerca del centro de la ciudad. Para Peters es fundamental que se le dé seguimiento al tratamiento de la trombosis, pero sobre todo quiere conocer los orígenes de un padecimiento tan inusual en una paciente tan joven como yo.

 

Ese nuevo médico me hace olvidarme de mis problemas en un santiamén y no precisamente porque tenga la elocuencia suficiente para aliviar mi memoria, sino porque es una de las pocas personas inusuales que yo he conocido en esta vida. Desde la primera cita siento que estoy atrapada en un capítulo de la Dimensión Desconocida. El médico, quien ya rebasa los cincuenta, se pasea en sandalias por los pasillos, sin darle mucha importancia al hecho de que estamos en enero, uno de los meses más fríos del largo invierno hamburgués. Otro dato singular es que, aunque tiene recepcionistas y un altavoz por el cual se anuncia al siguiente paciente que deberá entrar a revisión, él sale de todas maneras gritando el nombre que le aparece en un papel como si estuviera vendiendo jitomates en el Fischmarkt en domingo. A mí toda esa escena me provoca una risa contagiosa porque es la cosa menos alemana que he vivido en Alemania. Después de una no muy larga espera, grita mi nombre. Entro a su despacho y, al abrir la puerta, pienso que entramos a un mundo de fantasía. Este hombre tiene libros apilados por todos lados que forman torres de un metro y yo tengo que esquivarlos hasta encontrar una silla. Tomo asiento, lo miro de frente y espero alguna reacción a mi presencia, pero él se pone a hacer cualquier cosa y luego se levanta, reacomoda cosas y sale de la habitación diciendo que tiene calor. Yo no sé si reír, llorar o salir corriendo. Cuando vuelve a la habitación, lleva puestos unos pantalones cortos, propios del verano mallorquín.  Sólo entonces toma mis documentos, los que me dieron en el hospital y unas copias que Peters le manda por fax y empieza a leerlos detenidamente. Después toma el teléfono y hace llamadas que nada tienen que ver conmigo, se mete una nuez a la boca, luego se sale sin decir nada otra vez y regresa a los pocos minutos. Vuelve a las llamadas, usa el interfono para hablar con su secretaria. Yo pienso que ya se olvidó de que estoy ahí o que me he confundido entre los cientos de cachivaches que tiene arrumbados en esa habitación. Una planta se muere en la ventana y entonces decido hablar antes de que a mí me pase lo mismo.

     – Herr Dr. … –titubeo.

   – Sí Frau Peralta, estoy pensando qué análisis vamos a hacerle –me responde con enfado aun sin haber escuchado la pregunta, como si ya intuyera lo que yo iba a decirle.

 

Yo ruego a Dios y a la Virgen que ese hombre no me ausculte, aunque sé que no tiene el tipo de acosador sexual, sino más bien del de genialidad o locura, o quizá las dos, me aterra que me pida que me desvista. Finalmente me pide que traslade a otro cuarto y yo exhalo aliviada cuando constato que es una enfermera quien me revisa. Posteriormente inicio una peregrinación por el consultorio, moviéndome entre una y otra habitación. Tras de casa puerta hay un objetivo diferente; tomar muestras para laboratorio, narrar historial clínico precedente, esperar y entrega de muestra de orina. Después de un par de horas, vuelvo al cuarto en donde el doctor da la más extravagante de todas las consultas médicas. Me mira, me inspecciona una vez más y me dice que hemos terminado. Sin despedirse ni estrecharme la mano me señala la puerta y después se gira sobre su silla. Yo salgo sonriendo para mí y negando con la cabeza. De pronto escucho un grito a mis espaldas.

     – Frau PeRRRaltaaaaaaaaaaaaaaaaaaa –volteo al escuchar mi nombre y me lo encuentro caminando a prisa hacia mí.

     – La receta –me extiende un papel del cual sobresale un nombre que me resulta familiar: Marcumar.

       – ¿Son anticoagulantes? –no sé por qué pregunto lo que ya tiene respuesta.

       – Sí.

      – Yo no puedo tomar eso, doctor –a mi memoria vuelven los recuerdos de la última vez que tomé ese tipo de medicamento.

 

Ese tratamiento me fue recetado para tratar la primera trombosis y después de un mes de inyectarme, sangré durante tres meses seguidos. Fue en esos meses en los que verdaderamente toqué fondo. El recuerdo de aquellos días me da de inmediato escalofríos.

     – ¿Quiere perder la pierna? No, ¿cierto? Pues entonces debe tomarlos.

 

Intento explicarle por qué no quiero ver esas ampolletas ni de lejos, pero él hace caso omiso y me repite mil veces que voy a perder la pierna. Dudo en hacerlo, sin embargo, al final gana la voz de la madurez y de la creencia en la medicina y en quienes estudian décadas enteras para ejercerla, así que entro a la primera farmacia y me compro las dosis que él me receta.

 

La noche en la que conozco a René, la plática fluye y la cerveza mexicana XX me hace sentir cercana a alguna de nuestras playas. La cena se prolonga hasta las ocho de la noche y es entonces cuando Tata y su esposo deciden terminar la velada e ir a casa. Mientras vamos caminando rumbo a la estación de metro, continuamos la plática queriendo que cada metro andado se transforme en un kilómetro, es entonces cuando René me propone continuar con las cervezas y la charla. Durante la cena aprendo que René es vecino Tata y que tiene un gusto particular por la comida picante; aunque ya ha probado cientos de veces comida texano-mexicana, jamás ha ido a un restaurante verdaderamente mexicano. Esa noche pierde su virginidad antes unas rajas con crema y unos tacos al pastor. ¡Queda fascinado! Su tolerancia al chile, su plática sencilla y sin pretensiones, el hecho de que sea conocido de mi amiga, pero, sobre todo, las ganas de nunca terminar esa noche soñada me hacen aceptar su invitación y sin mucha ceremonia nos despedimos y continuamos caminando hacia el bar Katze. Nos ponemos a beber y a jugar futbolito. Entre partido y partido, platicamos, reímos, nos acercamos uno al otro con familiaridad, como si nos conociéramos de años atrás. Cuando menos nos damos cuenta, se encienden las luces, miro el reloj y me percato de que ya son las cuatro de la mañana. Yo ya no sé lo que he bebido y él tampoco. A esas horas, tomar el autobús y caminar sobre la nieve a menos doce grados, me resulta imposible, así que ambos nos encaminamos hacia el sitio de taxis, aun queriendo alargar los minutos que nos quedan. Él me acompaña hasta la puerta del taxi que me llevará hasta el otro lado de la ciudad. Antes de cerrar la puerta titubea, luego se va y regresa. Es evidente que el alcohol no lo ha envalentonado lo suficiente para pedirme mi número de teléfono, así que con un nerviosismo visible y con cierta seriedad termina haciendo la pregunta más rebuscada del mes. Por supuesto se lo doy, número por número y me aseguro de que lo haya anotado bien. Así nos despedimos, con la esperanza de algún día volvernos a ver. Esa es la primera noche, en meses, en la que de verdad duermo, largo y tendido.

 

Tres días después René me llamó y quedamos para salir al sábado siguiente. Titubee antes de acceder a una cita porque yo no era del todo libre en ese momento. Claro que pensé en B.I., en lo pendiente, en lo que venía, en lo que había quedado y sí aceptó que me reproché un par de cosas, pero al final, cuando me pregunté “Karen, ¿qué estás haciendo?”, me respondí “Estoy viviendo”.  Desde ese sábado hasta hoy, jamás nos hemos separado.

 

Un mes después de tomar Marcumar, menstrúo y tal como lo había pronosticado, se me cae el mundo. Los sangrados llegan copiosos, acompañados de dolores inaguantables. Vivo seis días de terror que, por momentos, parecen interminables. Inmediatamente hago una cita con Peters y desde las paredes blancas y frías de su consultorio tomamos la decisión de internarme nuevamente en el hospital.  Durante esos dos días de internamiento me trasfunden dos paquetes de sangre. Qué desesperación sentí al verme repetir la misma historia de la que apenas hace un par de años había logrado escapar. Ahí estaba de nuevo, siendo objeto de regaños infundados, como si yo tuviera la culpa, como si yo fuera la responsable de los sangrados y las trombosis. Cuando ya no puedes más, sólo te queda gritar que te dejen en paz, que dejen de jugar contigo, que te permitan decidir porque quienes lo han hecho por ti no viven atrapados en tu piel. En ahí cuando, contra toda indicación médica, decido suspender las dosis de Marcumar.

 

Peters llega para tranquilizarme, para reafirmarme que todo irá bien, aunque a mí ya no me lo parece. Sé que están ya en la etapa de pruebas de la siguiente perla de ESMYA, que podría aprobarse hasta por seis meses consecutivos, pero Peters y yo sabemos que esa espera es un privilegio que yo no poseo. A mí lo que me falta es tiempo porque la situación es de nuevo apremiante y yo siento que se me va la vida.

 

De pronto, René se encuentra en un hospital, rodeado de médicos que aparentan saber lo que hacen y de una paciente que es insolente. No tengo más remedio que decirle todo lo que ocurrió y sigue sucediendo conmigo. Él me escucha atento y después me hace muchísimas preguntas. Yo contesto a todas con la verdad, sin endulzarla, con toda su crudeza y su realidad.

 

ESMYA llega tarde a mi vida. Durante los meses que la tomo, representa un alivio, una vida digna y vivible. Durante los meses en los que, por regulaciones gubernamentales, me veo obligada a suspender, revivo de nuevo los infiernos bien conocidos del pasado. Es jodido vivir así y es injusto. Si el medicamento hubiera estado a mi alcance un año antes, yo no habría pasado por lo que paso en esos momentos.

 

Mi lucha, que aparenta no conocer la fatiga, me pone a los ojos de los demás como a una mujer atrevida e imbatible. Quizá fue eso por lo que recibo nuevas invitaciones para dar conferencias. Mis relatos me llevan a Colonia, después a Düsseldorf, y así me la paso la mitad del año viajando, hablando, creando conciencias y abriendo caminos. Me piden entonces que cree una asociación pro conservación del útero y yo estoy realmente decidida a hacerlo pues en ese momento ya sé que hay muy pocas organizaciones, que acaparan escasa atención, que tienen poca audiencia y fondos.

 

En mi empeño por fundar esa asociación, que tendría un carácter mundial, comienzo a investigar, a acercarme con personas respetadas en el medio, a nutrirme de información y es en este último punto en el que choco contra un muro inmenso. Nuestro padecimiento carece de interés, a nadie le apasiona salvar un útero, y a muy poca gente le llama la atención encontrar el origen de esas formaciones anormales. ¿Por qué? Me hago esa pregunta una y otra vez. Finalmente doy con la respuesta; porque las mujeres no nos morimos de ese padecimiento y podemos vivir sin útero.

 

Es un hecho que las enfermedades que cobran vidas merecen más atención que las que no. La miomatosis, adenomiosis y endometriosis ni siquiera cuentan con estadísticas reales, válidas y contundentes. Los números de pacientes con padecimientos tan crueles como esos, son puestas a la sombra, disfrazadas de anemias e histerectomías que no profundizan en la raíz de la condición. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que estos padecimiento jamás acaparará la atención que, por ejemplo, tiene el cáncer. Y por supuesto que no quiero entrar en comparaciones fútiles y aunque hoy en días las mujeres no mueren por miomatosis, adenomiosis ni endometriosis seguramente hace cien años murieron de anemia, a causa de cualquiera de las tres. No hay interés suficiente, no hay material de estudio suficiente, no hay programas de investigación suficientes, no hay información, punto.

 

En ese momento yo me encuentro muy motivada porque entre más ahondo en el tema, más necesidades percibo. Desafortunadamente, por azares del destino, hasta el día de hoy no he podido concretar el objetivo de fundar una fundación. Una de las razones primordiales de dejar ese proyecto a medias es que, en los meses siguientes a la segunda trombosis, mi salud es muy vulnerable y mi divorcio comienza a tomar una fuerza bastante devastadora. Ambas cosas requieren de toda mi concentración y me impiden tener el tiempo o la motivación para entregar mis energías a un proyecto tan trascendental.

 

René y yo comenzamos a viajar. Nos vamos primero a Florencia, en donde pareciera que estamos en plena luna de miel. Deambulamos por las calles como dos quinceañeros que no conocen de desengaños, ni de mentiras, mucho menos de desamor. La ciudad nos envuelve entre sus muros renacentistas, sus restaurantes bohemios y vivos, y la mezcla de todo aquello nos inunda de expectativa. Nos entendemos súper bien. Ya para ese entonces me ha presentado a su mamá, que es extraordinaria y me adopta como hija ni bien me ve y de verdad me trata como tal. Cada fin de semana recorremos los lugares más representativos de Hamburgo y me presenta a todos sus amigos, se le ve en la cara que está orgulloso de andar de la mano conmigo y quiere que todo el mundo, su mundo, me conozca.

 

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Para marzo de ese año, le confirmo a B.I. que me quedaré en Alemania, y empieza una guerra campal de divorcio súper desgastante. Dos semanas después de que René y yo comenzamos a salir, nos besamos, y entonces creo oportuno decirle que estoy casada, separada, pero la ley dice que tengo dueño y es lo justo que él lo sepa también. Vamos en el coche, comienzo diciéndole que las últimas dos semanas han sido maravillosas, le agradezco, como si me estuviera despidiendo, por tantas atenciones y cariño y le digo que entenderé si después de contarle mi secreto él decide parar las cosas. Sin lágrimas ni drama le doy un reporte forense de mi relación con B.I.. Él me escucha y no dice nada, me deja terminar. Al final se orilla y detiene el coche, me mira y me hace la pregunta más sincera del mundo.

     – ¿Te vas a divorciar?

     – Sí.

     – Pues entonces no hay más de qué hablar. Tú estás conmigo y yo contigo.

 

Los divorcios nunca son bonitos, yo nunca he conocido uno que lo haya sido. El mío en particular se torna violento porque B.I. apuesta todas sus fichas a que yo volveré a México pero decido no hacerlo. No vuelvo a la tierra que tanto añoro, primero, porque mi tratamiento médico está en Alemania, segundo, porque no regresaré a México como un perro, con la cola entre las patas, si yo no fui la detonadora de nuestra separación, tercero, porque fue él quien me trajo a Alemania, él me hizo dejar toda mi vida en México con la esperanza de un nuevo y mejor futuro y ahora le corresponde al menos darme las bases para lograrlo, y finalmente porque en esos meses en los que me toca a mí sola vivir en Alemania, me enamoro perdidamente de Hamburgo, de sus formas, de sus costumbres, de su orden, de su clima lluvioso, de su gente, de su idioma, de su cultura e historia. Entonces empezamos negociaciones con abogados de por medio y las cosas se alargan, se hacen difíciles y pesadas. Yo decido sacar, no las uñas pero las garras y me voy contra él como si no hubiera mañana.

 


 

PARTE XV

 

Los intensos sangrados me regresan a mis días de hospital. En mayo de ese año vuelvo a ingresar para una muy necesaria transfusión. Estoy saliendo de la escuela y Peters me llama alarmadísimo, me dice que me vaya en ese instante a la Clínica Albertinen porque ya me están esperando. Es la primera vez que escucho el nombre de Ingo Von Leffern. Él es el director de Obstetricia y Ginecología de un hospital que tiene más de un centenar de años operando en Hamburgo. Me pide que no me vaya en transporte público, que tome un taxi. Una compañera, ecuatoriana, alcanza a escuchar todo y se ofrece a acompañarme. En mis caminos cargados de piedras y baches, siempre he encontrado a alguien que está dispuesto a ayudarme, yo llevo una cuenta de quienes han intervenido en mi vida para traerme un bien y trato siempre repagarle a la vida o la persona las bendiciones que me han obsequiado. Desafortunadamente a Lourdes, mi compañera ecuatoriana, no la he vuelto a ver, pero algún día haré algo por Ecuador o por su gente. El hecho de que ella me haga compañía y no dude en montarse conmigo en el taxi me llena de calma. René no está en Hamburgo, así que vuelvo a estar sola. Él viaja constantemente pues su puesto así se lo requiere y justamente en esa fecha él se encontraba en Toulouse, pero cuando le informo, no duda en llamarle a su mamá y ella viaja de Bremen a Hamburgo en cuanto lo sabe. Esta vez la soledad es muy diferente, es una soledad rodeada de compañía que conduce o vuela para estar conmigo.

 

Cuando llego al hospital me reciben dos residentes, ambas mujeres, y comienzan de nuevo los regaños. Yo de verdad no entiendo qué tienen ciertos médicos en la cabeza que se creen poseedores del derecho a decirte que has vivido mal tu vida, que has tomado malas decisiones, que eres irresponsable, que arriesgas tu vida, y todo esto sin siquiera conocerte, sólo por la primera impresión que se llevan al leer unos estudios que nada les muestran de una batalla de 5 años que no ha parado de hacerme la vida imposible. Entonces finalmente conozco al hombre que sería capaz de hacerlo todo posible. El Dr. Von Leffern pasa de los cincuenta años, otro genio, un maestro y en ese momento me parece petulante, arrogante, inaguantable. Me dice que no podemos seguir esperando a una ESMYA que no va a llegar, que tenemos que actuar, que es el momento. No me hace promesas, no me trae ilusiones, no asegura ni niega ni confirma nada. Sólo dice que una segunda miomectomía es evidente. Le pregunto qué cuánto tiempo tengo para prepararme, me dice que tengo unos días, le pido que por favor me dé oportunidad de ir a México a ver a mi familia y me dice que es un error, que estoy jugando con los cálculos y con las estadísticas y que cada día que pasa es un día menos que tengo para conservar mi útero. Yo de todas maneras me voy a finales de junio porque México me hace falta, porque hace un año que no veo a mi mamá, porque quiero días de paz antes de enfrentarme a lo impostergable. René se va conmigo y yo tengo miedo de que mi papá saque el machete y descargue en él lo que no ha podido descargar en B.I. A René lo alecciono bien, lo prevengo e insisto cuando le pido que no haga caso si mi papá se porta grosero con él, le digo que yo lo amo y que eso es lo único que cuenta. Por si las dudas, él se lleva una botella de escocés con suficiente grado de alcohol, capaz de apaciguar a la fiera más salvaje.

 

Cuando llegamos a México René se maravilla del país, y se enamora. Se la pasa comiendo y bebiendo y me dice que él en otra vida fue mexicano y que no sabe por qué vino a reencarnar en alemán. Esas vacaciones decidimos tomar el auto y hacemos una ruta por el pacífico. Comenzamos la ruta en Cuernavaca, seguimos por Acapulco y después arribamos a Pie de La Cuesta, en donde nos reciben unas olas gigantes y poderosas. Nos quedamos en hotelitos pequeños, eco-amigables y casi vírgenes. René se mezcla de inmediato con el escenario y aunque yo le advierto, cincuenta veces, que no se meta al mar, él se ve animado por otros hombres rubios que sortean y torean olas, montados en una tabla de surfear. Le digo una última vez que no se meta al mar, que las olas lo pueden revolcar, y así sucede, se pasa cinco días sacándose la arena del trasero. Después nos vamos a Ixtapa pero también visitamos Zihuatanejo. Posteriormente continuamos hacia Manzanillo y en el trayecto encontramos un sinfín de playas inmaculadas, hermosas, espectaculares, y paramos cada vez que podemos. Allí no hay nada, ni un triste restaurante, ni quien te venda una cerveza. Estamos solos, cubiertos por pedazos de nylon que forman una tienda de playa. Manzanillo nos parece muy industrial y decidimos mejor continuar hacia Punta Mita y ahí nos quedamos diez días en un complejo turístico bellísimo. Durante nuestro recorrido, nos encontramos al menos tres retenes montados por los lugareños. Llevan armas largas, pero a René no le da miedo, a mí sí y mucho. Cuando aquellos hombres se percatan de que René es extranjero, nos dicen que debemos suspender el recorrido que ya habíamos planeado hacia el norte. Nos alertan de los peligros que podríamos encontrar si continuáramos como previsto pues, aunque nosotros aún no nos habíamos dado cuenta, llevábamos ya kilómetros conduciendo por tierras de narcos. Entonces decidimos virar hacia Guadalajara y nos quedamos en Tlaquepaque, que es extraordinario. Seguimos de vuelta al sur que nos devuelve desde el Bajío a la ciudad de México y paramos en Morelia y en Querétaro.

 

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Mis papás se enamoran de René porque tiene una manera de ser muy cálida. A todo se acopla y no es una persona complicada. Mi mamá está mejor, aún tiene pequeñas convulsiones en la pierna pero ya puede caminar y, aunque con la ayuda de un bastón, que ella detesta y jura dejar al final de año, se mueve por todos lados impidiéndonos ayudarla. Así es ella, activa e independiente. No deja que nadie le robe esos privilegios.

 

Cuatro semanas después de su arribo a México, René ya forma parte de mi familia mexicana y hasta el día de hoy, si hay disputas, siempre estarán todos de su lado.

 

Al volver a Alemania no hay más remedio que programar la segunda miomectomía. Para esas fechas, yo tengo muy claro que buscar un hijo será peligroso y dos serían una verdadera moneda echada al aire, porque en cada operación se dejan cicatrices que impiden que un feto se posicione en el lugar correcto y el útero al ser un músculo pierde elasticidad con cada corte y con cada cicatriz. La cirugía se prepara para octubre y ya por esas fechas yo he recibido más trasfusiones. Pierdo ya la cuenta de cuántas llevo.

 

El día finalmente llega y yo entro al quirófano tranquila porque ya me conozco el proceso, pero René está nervioso. Posteriormente me enteraré de que caminó de arriba abajo, a través de los pasillos, las seis horas que duró la cirugía.

 

Von Leffern no es como Peimbert, ni promete cosas ni me entrega una última mirada de fuerza cuando me anestesian y me dopan. Yo confío en que todo va a salir bien. Peters siempre habló de seis o siete miomas, así que yo me concentro en ese número.

 

Me despiertan con palabras en alemán. Es una mujer, una de las cirujanas que asistió en la operación. Yo estoy mucho más sedada de lo que pensaba y no puedo formar palabras. Me bajan al cuarto, René se sienta a mi lado y todo el tiempo noto que me toma la mano, pero yo no consigo despertar del todo; murmuro cosas sin sentido, tengo sed, bebo unos sorbos y después continúo durmiendo. En la noche, alrededor de las ocho, entra Von Leffern con tres médicos y me entrega las noticias que yo nunca he querido escuchar.

     – Encontramos cuarenta y dos miomas, Frau Peralta. Había mucho daño, ha sido muy difícil salvar el útero. Ha sido demasiado. Hemos hecho lo que hemos podido. Perdió el 65% de su endometrio. A su edad y sus circunstancias veo muy difícil que pueda tener un hijo. Me atrevo a afirmar que tiene entre el 5 y el 8 % de posibilidades de concebir, incluso con reproducción asistida.

     – ¿Tengo todavía mi útero? –siento que casi no puedo ni preguntarlo porque la voz me ha abandonado.

      – Sí, he colocado el 35% restante del endometrio en un área. Hemos movido el útero y arrastrado los pedazos de endometrio como hemos podido y hay un pequeño espacio ahí en donde eventualmente podría alojarse un feto, pero también un mioma, por obvias razones. Si en los próximos tres meses viene un sangrado, significa que hay una esperanza. Si no, debe resignarse porque no hay nada que se pueda hacer ya.

 

Fue tan inesperado que no sé cómo reaccionar. Lloro, lloro, lloro. Es el final del camino. Se acabó. Miro a René y él también está llorando y entonces comprendo que la noticia no me está matando sólo a mí, sino también a él porque él tampoco podrá tener hijos. En un viaje relámpago, que hacemos a Dinamarca un par de semanas después de regresar a México, yo tengo un episodio horrible de sangrado y me levanto en la mitad de la noche a lavar las sábanas del hotel. René me regala ese fin de semana porque quiere que despeje mi cabeza  y que vaya con los ánimos altos a la cirugía. Cuando escucha los ruidos en el baño se levanta y entre los dos retiramos la sangre, tallándola con los jabones del hotel. A mí me da muchísima vergüenza y coraje. Esas emociones negativas se entrelazan en mi mente haciéndome decir cosas impensables. Le digo que cuando volvamos a Hamburgo debemos terminar nuestra relación. Él me pregunta, “¿por qué?”, mientras intenta abrazarme. Yo lo separo, pero él no se da por vencido y finalmente me dice, cargado de sentimiento, “No me rechaces, por favor no me rechaces.” Yo insisto, le digo que tiene que darse cuenta de que conmigo es muy probable que no haya una familia, que lo hago por él, que yo ya estoy acostumbrándome a la idea, pero él puede encontrarse una mujer sana con quien formar una familia. Es ahí cuando él contesta que los únicos hijos que quiere tener son conmigo y que, si no se parecen a mí, que no quiere ningún hijo. Esa noche me pide que intente una vez más la miomectomía, por nosotros, por nuestra familia. Él me dice que tiene fe  y que estará conmigo durante el proceso y para siempre también. Entonces cuando Ingo Von Leffern nos dispara esas noticias horrendas él también sufre, él también llora, él también pierde. Lloramos juntos una buena parte de la noche. Yo no me atrevo a sonarme la nariz porque cuando lo hago una vez siento que se me salen las tripas por el corte cesáreo.

 

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A la mañana siguiente despierto con una horrible migraña porque la sinusitis se apodera de mi frente y nariz. La mamá de René ya está ahí y se queda conmigo todo el tiempo. Yo sólo quiero seguir durmiendo.

 


 

 

PARTE XVI

 

Una enfermera entra a la habitación para arrancarme de mi sueño y de mi depresión. Me pide que me levante y que intente caminar. Intento decirle que quiero seguir durmiendo, que necesito el descanso, pero ella es firme y en un tono severo me recuerda que he dormido ya demasiado. Ella sabe lo que yo no quiero aceptar en ese momento; la vida sigue. Eso es sombrío. Que la vida siga me parece sombrío porque yo quisiera que se detuviera el tiempo en ese instante en el que pienso que he perdido la guerra.

 

Llevo puestas unas medias blancas feísimas que hacen que la circulación en mi cuerpo no me abandone, evitando así una trombosis. Me incorporo lentamente sobre la cama y miro a la enfermera casi con rencor. Algo dentro de mí quiere sacarla del cuarto a gritos, pero mi sensatez y mi decencia no me permiten hacer semejante cosa. Lo que me pasa y lo que siento no es culpa suya, ella sólo está haciendo su trabajo. Es bueno comprobar que aún no me he vuelto loca.

 

Sigo sus instrucciones y me pongo de pie con muchísima dificultad. Al dar el primer paso siento que los órganos me bajan a la pelvis, me siento incómoda y camino como si llevara una silla de montar bajo las piernas. Pienso en el 92% de posibilidades de nunca saber lo que es tener un hijo. ¿Qué se siente? ¿Es de verdad lo más sublime? Pienso que quizá nunca lo sepa. La vida sigue.

 

Noviembre llega. Nos visitan las primeras nevadas pero desaparecen un par de días después, dando lugar a los tradiciones inviernos hamburgueses, que son más bien húmedos, plagados de agua nieve y arena sucia. Yo no menstrúo. En diciembre se replican las escenas de noviembre. Amanece tarde, oscurece temprano, hay semanas en las que el sol no se asoma, las nubes son pesadas y yo tampoco menstrúo. Ya no siento nada, ya ni siquiera lloro, no puedo, lo deseo, lo necesito y sí, a veces quiero dejar correr esas lágrimas pesadas y abundantes que todo lo reparan y por eso pongo las canciones más tristes que hay en mi repertorio, pero ni una sola de ellas es capaz de hacerme plañir; no hay canción en el mundo que hable de miomatosis, ninguna que describa el vértigo que estoy sintiendo, ninguna que cuente las tristezas de una mujer que lo ha intentado todo. La miomatosis no es merecedora de ninguna melodía.

 

Tenemos pensado pasar la navidad en Bremen, con la familia de René. Los hermosos mercados navideños alemanes ya no me llaman la atención, ni siquiera el olor a Schmalzkuchen me hace voltear a ver los puestos decorados y llamativos. Me pido un Glühwein y luego otros dos. Cuando llegamos a casa de la mamá de René, atolondrada por el licor, me meto en la cama. Esa navidad me sabe mal y quiero que los festejos y el júbilo forzado se termine de una vez.

 

En México la noticia se recibe con gran pena y desconsuelo. Le pido a mi mamá que les diga a mis familiares cercanos  y lejanos que me dejen de preguntar por mi salud. Ya no quiero dar explicaciones ni escuchar frasecitas de esperanza que me apuñalan con tormentos. “Échale ganas, sí se puede. Hay un señor en Oaxaca que vende unos tés maravillosos y dicen que hasta un cactus puede llegar a concebir. Ay qué bonitos van a ser tus hijos con René, a ver si ya se animan. Ay Karen, no todo es trabajar, deberías de tener un hijo, no sabes de lo que te pierdes, es lo mejor que le puede pasar a una mujer. ¿Otra vez no funcionó? No te preocupes, la tercera es la vencida. ¿Ya ves? Por eso no es bueno meter las narices a los libros tanto tiempo. Relájate, cuando te relajas te embarazas. ¿Y por qué te pasó todo eso? ¿Sí comes bien? ¿Haces ejercicio? Por lo menos no es cáncer, eso sí que no se cura. Tú eres una mujer bendecida, en este mundo hay muchísimas desgracias, mira lo que tienes a tu alrededor. Hay mujeres que no nacieron para ser mamás, así ha sido siempre. Porque no le prendes una veladora a San. Agapito.” Etc. Etc. Etc. Yo no soy un cactus. Soy una mujer y me duele; me duele todos los días ser mujer y nunca haberme sentido completa. Me duele tener un útero traicionero, me duele fracasar en todos mis empeños. Me duele ser yo, me duele llamarme Karen Peralta, me duele intentar, me duele desistir, me duele desear, me duele decepcionarme, me duele el dolor porque yo no soy así, porque yo soy amena, alegre y dicharachera, porque soy simpática y buena amiga, hija, hermana. Me duele ser la cosa en la que me he convertido, me duele la paranoia de la sangre, me duele la vida, porque vivir así no es vida. Se acabó, no más, nunca más. Jamás volveré a intentarlo. Hablo con mi útero, le digo que ha llegado el momento de despedirnos y que debemos hacer las paces. Le pregunto por qué me ha hecho tanto daño, le pregunto si yo a él alguna vez lo herí. Me contesta que lo insulté mucho, que renegué de él. Le juro que no lo volveré a hacer y que tenemos dos años para finalmente hacernos esa histerectomía que hemos estado evitando tanto tiempo. Le digo que estos dos últimos años seremos amigos y después debo dejarlo morir.

 

Llega enero y parece que mi regalo navideño se ha atrasado pues menstrúo por primera vez desde la cirugía. Tres meses había dicho Von Leffern.

 

Entramos  de lleno a 2014. No sé bien si es una regla porque apenas son unas gotas, no tengo dolor, me siento perfecta pero de todos modos le comento a René y hacemos una cita con Peters. Me revisa y me dice que las cosas van muy bien, que el sangrado es una extraordinaria noticia. Yo me mantengo renuente a ilusionarme, esta vez no, pero René y Peters parecen dos porristas adolescentes y sólo les faltan los pompones y las mini faldas para terminarme de animar, y ahí, frente al monitor del ultrasonido, que ya conozco tan bien, lo siento dentro de mí, en medio del pecho, cerca del corazón y protegido por los pulmones; un dejo de esperanza.

 

Los meses pasan y ahora mi menstruación es liviana. Los miomas quizá vuelvan pero los sangrados abundantes y el dolor jamás volverán a visitarme porque ya no tengo un endometrio que regalarles, lo poco que me queda me hace sangrar sólo dos días y con muy pequeñas molestias. Soy libre, desde entonces y hasta el día de hoy, de sangrados y dolor. Ahora que escribo estas líneas agradezco infinitamente que sea así. Desde octubre de 2013 a la fecha no he tenido accidentes, ni manchados, ni dolores que me doblen, ni problemas para continuar mi vida normal. Ha sido verdaderamente un alivio infinito y he disfrutado por fin todo de mi feminidad.

 

Una vez que la sorpresa de la primera menstruación pasa, René y yo nos vemos obligados a platicar del tema de la maternidad y paternidad, no como un anhelo, producto de un amor duradero y estable, sino como una planeación consciente y meticulosa. Yo no quiero someterme a tratamientos de fertilización. Para abril de 2014 he cumplido ya treinta y siete años y he tenido ya mi cuota de sufrimiento, sé que los tratamientos de fertilidad no son un paseo en el parque, sé que son pavorosos, catastróficos, irreales. Y aquí hago una pausa más porque conozco a más de un puñado de mujeres cercanas a mí, que han padecido las desgracias de los tratamientos de reproducción asistida y quiero decirles que ustedes son portentosas, bastiones humanos sacadas de otro mundo, valientísimas, fuertes como el acero, y no sé cómo le hacen para seguir viviendo sus vidas con vigor y resistencia a lo impensable, a lo imposible. En este momento me pongo de pie y les entrego un aplauso, toda mi veneración y apoyo. Estoy aquí para ustedes, súper mujeres.

 

Habiendo decidido que no intentaríamos tratamientos de fertilización, nos abocamos en trazar nuestro plan B. ¿Qué más hay en el menú de la vida? Ciertamente no todo es hijos. Nos dejamos envolver por una vida de otras bellezas que no se llaman paternidad, nos concentramos en el día a día, en viajes, en clases de cocina y de fotografía. Yo sigo estudiando alemán y él hace un par de viajes a Egipto. René es buzo y su vida es bucear. Nos dedicamos pues a disfrutar de nuestra libertad y al hacerlo, pronto regresan las alegrías, los proyectos y los ánimos para hacer muchas cosas. Me alejo de la miomatosis por lo que resta del año e incluso rechazo un par de invitaciones para hablar sobre el tema en conferencias de menor envergadura.  Tomo distancia porque la realidad aún lastima y porque cuando ESMYA llega a mi vida es demasiado tarde. Cuando yo tomo el medicamento por primera vez, mi situación era ya muy complicada. No quiero pararme en un foro a desmotivar mujeres y médicos. No quiero fallarle a las que aún buscan esperanza con una historia de fracaso porque ESMYA sí funciona, porque su eficacia está comprobada, porque a otras mujeres sí las ha ayudado a evitar una cirugía y a concebir. Además, mis resultados no le pueden interesar a nadie, la gente va a una conferencia a escuchar historias de lucha, sí, pero, sobre todo, historias de éxito. En ese momento de mi vida yo he capitulado y siento que mi historia es una caída de la cual ya nunca me levanto, soy el contrincante que perdió una pelea de box por nocaut (knock out), soy el ejército que hace el recuento de sus daños, soy el prisionero de guerra que vuelve a casa con la cabeza gacha, soy el marino que vuelve a puerto sin la pesca del día, ¿a quién le importa que la tormenta haya sido implacable? Lo único que importa es si tuvo éxito o no en su cometido. Con esos ánimos, ¿cómo me voy a atrever a dar la cara en una entrevista?

 

Ese año René y yo viajamos mucho al interior de Alemania. Yo quiero conocer el norte, que me ha gustado siempre, así que nos dedicamos a visitar la costa norte. Entre sus islas, faros y dunas, yo soy capaz de olvidar lo peor que he vivido. ¡Qué lugares!

 

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El ánimo y la serenidad regresan para cargarme de energía y entonces decido darle un segundo respiro a COMEPSA, aunque ahora es una empresa pequeña, continúa dándome el sustento, aunque he de confesar que me veo siempre a merced de los caprichos del tipo de cambio y eso me parece injusto. La balanza entre lo trabajado y lo remunerado comienza a desequilibrarse.

 

Para finales del año, planeamos un viaje a México. Para mí es importante ver a mi familia y volver a la patria al menos una vez al año. Además de la obligada visita a los lugares en donde vive mi familia, también organizamos un viaje a Las Vegas para celebrar el nuevo año, y posteriormente unos días en Playa del Carmen, en la península de Yucatán. Previo al viaje, que está previsto para inicios de diciembre, cuando el otoño comienza en Alemania, me encuentro por casualidad, navegando en la red, un artículo que me va llevando de una página a la otra hasta terminar leyendo sobre la maternidad subrogada; un útero en renta.

 

De inmediato me puse a investigar, a seleccionar, a descartar y a recopilar información. Me encontré con mucha y a investigar y me encuentro con muchas novedades y realidades sacadas de películas de ficción. Una de las cosas que me llamó muchísimo la atención fue que Japón están ya desarrollando úteros artificiales, quizá en unos diez años las mujeres, que padecen de infertilidad, podrán acceder una alternativa fiable para procrear a sus hijos sin la necesidad de un útero propio. Otro de los artículos que acaparó mi atención, fue que en 2014 la Subrogación Materna era legal en México. Lo que investigué en esos años es que en la Ciudad de México y en Tabasco era posible alquilar un útero, siendo completamente legitimo el registro del bebé recién nacido bajo el nombre de los padres biológicos (poseedores del óvulo y /o espermatozoide del embrión). En ese entonces había varias alternativas de subrogación e incluso las clínicas también ofrecían donación de espermatozoide y / o óvulo, adicional a la renta de la matriz durante la gestación. Sin embargo, a últimas fechas he leído que ha habido muchos problemas con este esquema de reproducción asistida porque las leyes no son del todo claras y han ocurrido casos en los que las portadoras del útero subrogado se han negado a entregar al bebé. Los padres entonces han tenido que sortear vacíos legales, corrupción y burocracia para poder tener a su hijo finalmente en brazos. No obstante, en el tiempo en el que yo me topo con la subrogación, todo parece maravilloso y libre de inconvenientes. Alentada por la posibilidad de tener un hijo sin la necesidad de un útero de capacidades limitadas, René y yo decidimos hacer una cita para conocer las instalaciones de una de las clínicas que ofrece ese servicio. La ilusión vuelve a nuestras pláticas y nuestros planteamientos e incluso creemos que es una señal supernatural el hecho de que yo haya descubierto ese artículo justo cuando estamos a un mes de llegar a México. Es octubre y mientras hago maletas me percato de que no he tenido sangrados ese mes. La ausencia de regla me intranquiliza porque sí tengo los síntomas típicos premenstruales. De pronto, como si de una corazonada se tratase, pienso lo impensable.

 

Exactamente un año atrás, el mejor cirujano que yo he conocido en mi vida me auguró pocas probabilidades de concebir naturalmente, sin embargo, la precisión de su trabajo, su esfuerzo por salvar un útero inservible y la maestría de su decisión, me hacen creer que sí cabe la posibilidad. No me atrevo a comentarlo con René porque desilusiones hemos tenido suficientes. Espero una semana. No pasa nada, pero los síntomas siguen ahí, incluso soy capaz de notar pequeños malestares comunes, sin embargo, el sangrado sigue sin aparecer. Un sábado por la tarde, me le pego a René como sanguijuela y pasamos la tarde acurrucados, entonces pronuncio lo impronunciable.

     – Creo que estoy embarazada.

 


 

 

PARTE XVII (Final)

 

René se emociona. Obviamente se emociona y no me lo dice, pero leo en sus ojos las preguntas. ¿Es en serio? ¿Es real? ¿Lo hicimos? ¿Cómo pudimos?

     – Hay que mantener la calma –es lo primero que se me ocurre decirle ante su mirada de asombro –. Simplemente no he sangrado y ya tengo una semana de retraso y eso nunca me ha pasado. ¿Qué hacemos?

 

Yo trato de mantener la calma, no quiero ilusionarme, mucho menos llevarme una decepción. Es sábado y es tarde, cerca de las siete de la noche. Para las ocho estará todo cerrado. René sale apresurado a la farmacia, y media hora después vuelve con tres cajas de Clear Blue y la información que le da la dependienta de la farmacia. Me comenta, muy convencido, que hay que esperar hasta la mañana para realizar la prueba, pues le han informado que a esa hora la orina está más concentrado y es más factible obtener un resultado fiable. Yo no sé si aguantaré hasta esas horas. No sé qué me tiene más inquieta, si las ganas de saber de una vez o la vejiga que ya se queja. Son las cuatro de la mañana, me obligo a dormir y a retener el agua. A esas horas, entre el insomnio, la duda  y la desvelada soy capaz de mear por todos lados menos sobre la barrita acolchada. Pongo una alarma que deberá sonar a las siete de la mañana, pero no hace falta pues ese domingo yo estoy completamente despierta y alerta cuando mi celular marca las 6:50 de la mañana. René duerme y dudo si despertarlo o no. Decido no hacerlo. Camino hacia el baño y sostengo el pedazo de plástico con la pantallita digital en los dedos. ¿Esto cómo se hace? Saco el manual, lo leo. Me siento y aprieto un poco más, y entonces libero los tres vasos de agua que me bebí la noche anterior. La saco y la pongo en un vaso de plástico que la noche anterior habíamos dejado en el baño. Me lavo las manos, espero, espero. Los minutos jamás se me hicieron más largos. He esperado ocho años para leer esa pantalla. Se enciende. Se lee “Schwanger” (embarazada) 2 – 3 Wochen (semanas). Mi mente está en blanco, me encuentro serena, envuelta por el silencio de la mañana. De pronto se disparan emociones, sentimientos, vértigo, más emociones, más vértigo. ¿Es real? ¿Estoy soñando?

     – ¡¡¡¡¡¡René!!!!!!! –grito desde el baño mientras me apresuro a buscar el celular.¿Qué pasa si la pantalla se apaga? –. ¡¡¡René!!! –lo escucho dar un brinco fuera de la cama.

     – ¿Qué pasó? –lleva los párpados aún medio pegados.

     – ¡¡¡¡Estamos embarazados!!!

 

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No sé cuántas veces leímos la prueba de embarazo. No sabíamos qué hacer con ella ni mucho menos qué hacer uno con el otro. ¿Nos abrazamos? ¿Celebramos? ¿Nos lo podemos permitir? ¿Y si la prueba se ha equivocado? En domingo no podemos hacer nada más que repetir la prueba a las cuatro de la tarde. Lo hacemos. Nuevamente positiva. El lunes llamo a primera hora al consultorio de Peters, le indico a la recepcionista que me urge hacer una cita con él, “no importa la hora, pero que tiene que ser hoy”, me escucho en el eco de la llamada. A los pocos minutos ella me contesta que el doctor podrá recibirme a las siete de la noche. Para esas fechas, nosotros vivimos al lado opuesto de la ciudad, en el distrito de Altona, el trayecto de más de una hora hasta Farmsen es largo y nos da tiempo de acordar algunos términos. Nos prometemos no desilusionarnos en caso de que sea una falsa alarma. También convenimos en guardarnos la noticia hasta que sea una realidad. No esperamos mucho, una vez en el consultorio, nos hacen pasar de inmediato. Lac cuatro enfermeras que me han visto desfilar por esa oficina, me sonríen y se inquietan con las novedades, tanto o más que yo. La esposa de Peters también está por ahí. Entramos al despacho sonriendo con aires de misterio mientras yo sostengo la barra plástica en las manos. Aunque evité entusiasmarme, yo ya estoy completamente ilusionada. Peters sonríe, pero también él es cauteloso. Mira la prueba de embarazo, me pide que me desvista para examinarme. Yo me tiendo sobre la cama de auscultación. Él embadurna el instrumento de exploración de gel y después lo pasa varias veces sobre mi vientre. Sonríe.

     – Ahí está. Lo veo. ¿Lo ves? Karen, ¿lo ves?

 

Yo no veo nada inusual en la pantalla. Lo que Peters señala es una mancha negra, sin forma precisa, que flota en medio de un desorden que parece ser el útero. La idea de que, de alguna manera, un conjunto de células, que aparentemente carecen de inteligencia, hayan conseguido dar con ese pequeño nudo de endometrio que Von Leffern tejió en 6 horas de cirugía, me parece imposible y lo es. Las posibilidades de que eso suceda son nulas, inexistentes, sin embargo, ahí está y se agarra de ese 35% que me quedó de esperanza un año atrás. Yo no siento ganas de llorar, pero René, Peters y la comitiva que Peters hace entrar sí lo hacen. Nadie nota que estoy medio desnuda y abochornada, los ojos se fijan en la pantalla del ultrasonido. Es una lloradera colectiva. Les pido que no nos dejemos llevar por la exaltación, no es momento de celebrar todavía, yo quiero números, estadísticas, peores escenarios. Quiero estar preparada para lo que sea.

 

Peters, prudente como es él, asiente y después me informa que debemos esperar un par de semanas para saber si hay latido del corazón. A dos semanas de embarazo no se aprecia, no hay corazón. Así comienza una larga lista de pequeñas metas que vamos logrando conforme avanza el embarazo. Yo no siento nada peculiar, nada diferente a excepción de los senos que siento que me van a estallar. No tengo vómitos ni mareos, ni sueño, ni nada que me diga que dentro de mí se reproducen células. Pasan las dos semanas previstas y entonces vemos que la mancha negra ha crecido y en el medio hay otra mancha, de color blanco, que se mueve, que palpita. Es el corazón de mi hijo.

 

Yo sigo renuente a emocionarme, pero René le ha dado rienda suelta a su imaginación y en pocas semanas tiene ya nombres elegidos. Yo le pido que espere, que tengamos calma, que aún se nos podría escapar de las manos. Continuamos en absoluta secrecía, nadie lo sabe. Le preguntamos a Peters si hay riesgos en caso de que decidamos seguir con nuestros planes de viaje a México. Él nos responde que para el bebé no hay riesgos adicionales. Mi embarazo es ya en sí un caso imposible y deberá superar muchos números y muchos riesgos desde el momento de la concepción. Lo que de ahora en más suceda queda en manos de Dios, del universo, de la vida, del cómputo de las probabilidades; una en un millón. Estando el panorama así de espinoso, decidimos irnos a México. Nada cambiaremos si nos encerramos. Antes de partir, Peters ordena un par de exámenes importantes que deberemos hacer una vez que estemos en México. Tomamos nota, empacamos y volamos al otro lado del Atlántico, tal y como lo habíamos planeado.

 

Me resulta muy difícil ver a mis papás a los ojos y no confesarles ese secreto que nos traemos, pero sé que es por el bien de todos. México resulta ser un verdadero alivio, una zona de relajación, amor y cuidados. Nos dejamos consentir. Pasamos las navidades rodeados de amigos y familiares, y posteriormente celebramos la llegada del nuevo año en Las Vegas. 2015 se antoja un año de mucha alegría. Por esas fechas mi hijo es del tamaño de un frijol y así comenzamos a referirnos a nuestro bebé; nuestro frijolito.

 

Una vez de regreso en México y con los festejos atrás, nos abocamos a practicarnos los exámenes que Peters había designado. Estos análisis de rutina tienen la finalidad de descartar las anomalías genéticas más comunes. Todo sale bien. En ese momento decidimos compartir la noticia, pero sólo con la familia más cercana pues aún tenemos reservas. Sabemos que será un embarazo muy cuidado y que las estadísticas no son favorecedoras, mi útero es una verdadera gruta que podría suponer muchos retos para nuestro bebé. Nosotros nos alegramos con cada paso dado, sin embargo, mantenemos siempre en mente cualquier posible escenario. A mí cada vez me resulta más difícil no generar expectativas, no sonreír cuando me veo el vientre, no soñar, no esperar. De inmediato me pongo en contacto con Peimbert, no se me ocurre llamar a nadie mejor en México para continuar con los estudios. Además de René, mi mamá nos acompaña al siguiente ultrasonido. Peimbert sigue siendo tan cálido como siempre y nos recibe con los brazos abiertos. Casualmente su esposa también se encuentra en el consultorio, ella siempre ha sido su brazo derecho para la administración de su práctica así que no es inusual verla por ahí. Entramos a su oficina y sin muchos preámbulos le suelto la noticia. Le explico lo que me sugirió Peters, a lo que Peimbert asiente, él conoce muy bien mi caso y sabe que el embarazo será espinoso para mi bebé y para mí y por ello se toma el tiempo de revisar con todo detalle lo que observa en el ultrasonido. Yo espero encontrarme con otra mancha negra en la pantalla, pero ¡no!, es un ser humano, con piernas y brazos, con deditos, con nariz y ojos, y parece que está bailando. Vemos a ese precioso bebé tomar el cordón umbilical y pasárselo entre las piernas, se mueve y remolinea en lo que es su mundo. Peimbert intenta medirle la nariz y la nuca, pero nuestro frijolito, que ahora parece un huracán con forma humana, se mantiene en constante movimiento.

     – Así no vamos a poder medirla –confirma Peimbert aun intentando evadir su vaivén.

 

Mi instinto me lleva a tocarme la barriga, que todavía no se muestra abultada. Le hablo por primera vez, y me sobo la panza, tratando de hacer que pare su jaleo. No he podido sentir sus movimientos y me parece increíble que en mis entrañas esté sucediendo lo que veo en el monitor. Finalmente desistimos, pero Peimbert no se queda tranquilo sin una apropiada revisión así que nos remite a una clínica que se especializa en cuidado prenatal. No hace falta que nos convenza, pero de cualquier manera nos dice que allí cuentan con mejores máquinas y experiencia.

     – No sé si me equivoco, pero por lo que veo es una niña –Peimbert intenta atinar.

     – Ahí tienes a tu nieta, mamá.

 

No hace falta mucho para que comience la segunda lloradera colectiva de la cual yo aún no soy partícipe. No sé por qué, pero no consigo llorar. Sé que sería lo más natural en una madre que ve por primera vez el cuerpo de su hija, sin embargo, no puedo hacerlo, quizá sea porque ya he llorado tanto que no me queda nada por qué llorar.

 

Dejamos Lomas Verdes y nos vamos a Polanco. Efectivamente, las máquinas son mejores y entonces puedo ver a mi niña en una pantalla colosal y a todo color. No sólo hay una, en la sala de examinación hay al menos cuatro de estas pantallas gigantes. Ninguno nos perdemos ni el más mínimo detalle. ¡Es impresionante! Al verla, con aquella energía y dinamismo, sólo puedo pensar que será bailarina. Mi mamá se la pasa llorando todo el día y hablando de lo acontecido. Sé que quiere correr a contárselo a todo el mundo, pero yo le pido que sea discreta, que seré yo quien dé la noticia.

 

René vuela de regreso a Alemania y yo me quedo en México tres semanas más con mi frijolito, que ya más bien es del tamaño de una libélula, y nos dedicamos a disfrutar a los que, en unos meses, serán sus abuelos.

 

Una vez en Alemania, comienza verdaderamente el último trecho de la carrera. Mi bicho y yo sobrevivimos a un primer trimestre que transcurre en completa paz. El único síntoma que me avisa que estoy embarazada es el cansancio, por esas fechas duermo más de la cuenta.

 

Finalmente, llega el momento de avisarle al mundo que nuestra pequeña heroína está en camino. Peters me habla ahora en números, considera que hay un 50% de probabilidades de que el producto sobreviva y por eso hay que mantener un estricto control. Cada tres semanas estoy bajo un intenso monitoreo; me pinchan cada vez pueden, controlan los latidos del corazón de mi hija, mi presión arterial, descartan diabetes, hacen análisis de sangre de todo tipo, mantienen a raya a la anemia que no ha podido dejarme tranquila. Ahora que ella va creciendo, el riesgo al que nos enfrentamos son las cicatrices de mi útero. Es importante que las venas enormes, que transportan los nutrientes, hagan su trabajo correctamente y me aterra la posibilidad de que alguna cicatriz se cruce en su camino.

 

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Es un hecho que mi alumbramiento será por vía quirúrgica, así que también debo involucrar a Von Leffern en el proceso de embarazo. Cuando se lo comunico, siento a través del auricular toda su sorpresa y su satisfacción. Él fue quien hace posible este milagro y sé que disfruta escuchándome narrar los pormenores de mi primer y segundo trimestre. Pronto concertamos una cita. Al arribar me abraza cariñosamente y mientras hablamos del tema noto que él no es el mismo hombre que conocí hace un año, el que está sentado frente a mí, es un hombre amable, sonriente y orgulloso de su logro. Me revisa con mucha dedicación, se toma tiempo en cada examen y se alegra, indicándome al hacerlo que todo va bien. Se corrobora la información que Peters me había dado, tendremos que practicar un corte cesáreo pues tras las cirugías, las posibilidades de que el útero se reviente son altas y no arriesgaremos el producto. Todo el tiempo hablan de “el producto” y a mí me viene bien la palabra porque es el producto de ocho años de intenso drama, el producto de una lucha sin cuartel, el producto de mis decisiones, de mis determinaciones, de mis noches y días, el producto de mis motivos, el producto de esfuerzos inimaginables, es el producto del amor entre René y yo. Sí, es un producto.

 

El 31 de marzo de 2015, después de un combate aguerrido de dos años de reclamos, insultos, pleitos y dimes y diretes, B.I. y yo firmamos el divorcio en Neumünster, Schleswigholstein. La última vez que nos vemos yo ya llevo una enorme panza y ahí, en el juzgado, se entera que estoy esperando un hijo. Es un alivio verle la cara de desconcierto. Cuando el ajetreo legal ha concluido y nosotros nos vemos legalmente libres de nueva cuenta, él se acerca a despedirse de mí. Con un apretón de manos frío y sin propósitos me dice que le da gusto verme feliz. En ese momento en verdad lo soy.

 

Unos días después de haber ido a Neumünster, René me invita a Café México, el restaurante en donde nos conocimos. Pido el mismo plato de aquella vez; chilaquiles con huevo y nopales de guarnición. Para beber, mi frijolito y yo nos agasajamos con una agua de Jamaica. René se excusa para ir al baño y cuando regresa se hinca a mi lado, me entrega un anillo y me pide que sea su esposa. Se me atora el chilaquil con cebolla en la garganta y empiezo a llorar. Por supuesto le digo que sí. Los comensales a nuestro alrededor empiezan a aplaudir mientras a mí se me sube el color de la Jamaica a las mejillas. No hay un hombre en este mundo al que yo haya amado más que a René, ni tampoco ningún hombre ha manifestado su amor por mí en la medida en la que él lo ha hecho. La decisión de casarnos es acertada y coherente, y yo tengo la certeza de que envejeceremos juntos.

 

Mi primera boda fue de ensueño. Para planearla tuve un año y dos meses, me involucré en los detalles y preparé la velada minuciosamente. La segunda boda la organizó René porque yo tenía ultrasonidos y visitas al doctor cada tercer día. Todo se armó en menos de una semana pues al final, no pudimos casarnos en Alemania porque nos pedían un certificado de soltería emitido por el gobierno mexicano. Era abril cuando René me propuso unir nuestras vidas en papel y teníamos que estar casados máximo la primera semana de junio, si es que queríamos que nuestra hija contara con todos los derechos propios de un matrimonio legítimo. Era imposible solicitar el documento, traducirlo, apostillarlo y entregarlo antes de esa fecha. Fue por eso por lo que buscó en internet la manera más rápida de contraer nupcias en Europa. La búsqueda en Google arrojó resultados muy interesantes que apuntaban a agencias especializadas en organizar bodas en Dinamarca. René previó todo de manera que para el 13 de mayo nuestra unión civil fuera posible. En la primera boda, yo diseñé mi vestido de novia y me pasé meses eligiendo telas. En la segunda boda me fui al centro a comprar un vestido floreado que me disimulara la panza. En mi primera boda tuve 60 invitados, en la segunda sólo asistió mi segunda suegra y tuvimos que pagarle veinte euros a cada testigo, tuvimos dos. En mi primera boda me arreglaron el cabello, me maquillaron, me consintieron. En la segunda boda tuve veinte minutos para enchinarme las pestañas y prenderme una flor al pelo. Pues allá vamos, yo con una panza descomunal, atravesando la frontera en coche y posteriormente tomando un ferry que nos llevaría a la isla de Ærøskøbing. Este rincón danés, escondido del mundo, jamás vio ninguna guerra mundial. Aún se pueden encontrar casas, imposibles de describir, de más de 500 años de antigüedad. La actividad económica principal es el turismo de verano y las bodas. La Isla es preciosa y su gente muy amable. El registro civil es chiquitito, ahí estamos una veintena de parejas, todos medio arreglados, esperando en fila a que sea nuestro turno de entrar al juzgado. Son las once de la mañana cuando llegamos y a nosotros nos toca pasar a las 11:30. El edifico es viejo y no tiene nada de elegante. Hay un par de tapetes, unas sillas talladas en madera a modo de símbolo y en general, la decoración se aprecia modesta. Entramos al juzgado. Mi suegra toma fotos, no sé de quién, pues sólo estamos nosotros tres, los testigos y la jueza. Se realiza una revisión apresurada de nuestros documentos y después llega el tan esperado momento en el que intercambiamos alianzas. Yo estoy hinchadísima, enorme y rendida. Ya por esos días cualquier caminata me hace sentir que explotaré en cualquier segundo. René intenta deslizar delicadamente el anillo en mi dedo, pero no hay nada delicado en los esfuerzos que se ve obligado a realizar. No hay manera de que ese anillo bordee con dignidad mi dedo hinchado. Finalmente termina forzando la argolla que termina atorada, haciendo que el dedo se ponga negro. Ahí comenzó el griterío, “¿Alguien trae aceite de oliva?”, los testigos se mueven, la jueza se asoma a la sala de espera a preguntar, nadie trae aceite de olivo, ¡obviamente! Finalmente, termino lamiéndome el dedo con muy poca gracia hasta que el anillo sale de mi dedo. Pues sin mayor ceremonia y con muchas ganas de vernos partir, la juez nos declara marido y mujer. Después nos vamos a un restaurante que sólo vende sándwiches y nos la pasamos recordando el episodio del anillo, muertos de la risa. Allí mismo nos animamos a compartir el jolgorio con nuestra familia en México a través de una video conferencia por Skype. Las felicitaciones y el cariño se desbordan por la pantalla. Esta boda está muy lejos de ser la boda perfecta, se diría que fue una pésima boda, que fue fea, que la novia iba gorda y mal vestida, que fue sin gusto, que no hubo recepción. El matrimonio, sin embargo, es lo mejor que nos ha pasado en la vida y somos inmensamente felices. Las bodas son una fiesta, una celebración para compartir con quienes queremos la alegría de un casamiento, pero jamás serán un matrimonio. Entiendo la ilusión en los detalles y en la perfección, porque yo la viví también, pero eso ahora no me importa nada, como no me importó en ese momento en que le di el sí a punto de perder un dedo. René y yo somos verdaderamente felices.

 

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Un mes después de nuestra boda, teníamos la cita más importante de nuestras vidas. Ese lunes nos levantamos a las seis de la mañana. Nos dirigimos a la clínica Albertinen, llegando con unos quince minutos de retraso a la sala de recepción de pacientes en donde ya nos estaban esperando con inquietud. A las ocho de la mañana comienzan a prepararme; me desvisto, me coloco las medias para la circulación, entramos al quirófano y me coloco para recibir la epidural. Con mucha rapidez pierdo toda sensación en las piernas y sé que el momento de conocer a mi hija se aproxima. Von Leffern no operará ese día, pero sí está en el quirófano con una cámara Cannon en la mano. Ahora entiendo porque una persona es debe ser sedada en una intervención quirúrgica, ¡es horrible! Los primeros quince minutos los paso vomitando saliva, con apenas noción de movimiento, tiritando de frío y nerviosa, mientras René observa como un frasco enorme de vidrio se llena de sangre, la mía. De pronto el tiempo se detiene cuando el cirujano que atiende mi Cesárea grita lo que ya todos sabíamos.

     – ¡Es una niña! –afirma con gusto, dando pie al regocijo.

     – Ay Dios, tiene mucho pelo –comenta René al ver la melena negra y abundante de nuestro bichito.

 

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La escucho gritar y deseo con todas mis fuerzas verla. ¡Quiero ver a mi hija! Me la acercan, pegajosa y pequeña, hasta el esternón. Ya no grita, está tranquila, con sus ojitos cerrados y sus puñitos contraídos. A las 8:33 de la mañana nace María Victoria. Pesa 3 kilos 500 gramos y mide 48 centímetros. Nace tres semanas antes de la fecha en que hubiera nacido si hubiese sido parto natural, pero está sana y tiene mucha energía. Su vida es un milagro. Yo vivo con ese milagro todos los días. He dejado de dormir, de comer a mis horas, de bañarme con tranquilidad y soltura, y sé que mi cuerpo jamás volverá a ser el mismo. Llevo ojeras que me recuerdan las noches en vela que hemos pasado juntas, toda mi ropa está llena de manchas de comida y hace más de tres años que no me he puesto zapatos de tacón, pero ella hace que toda la travesía que hemos vivido y la que nos queda por vivir haya valido la pena. Esta mañana estuvo persiguiendo unos patos en el parque, ama a los animales, a los insectos y a las plantas. Le gustan los chícharos, la sandía, la zarzamora y la pizza. Desde que pudo hacerlo, canta y baila, y me hace reír muchísimo con sus ocurrencias. 80% de lo que dice es en alemán, 19% en español y sólo dice “Me” y “Bye” en inglés. Aún no pronuncia enunciados, pero sé que pronto lo hará en los tres idiomas en los que es criada. A mí no me dice mamá, me dice “Eme” y cada vez que lo escucho siento que esa es la palabra más hermosa que existe en su vocabulario. Sé que un día volará, y quiero que lo haga, que sea independiente, que sueñe y persiga anhelos, pero mientras ese día llega, ella y yo estamos juntas y hacemos del mundo un arenero.

 

Este año, en abril de 2017, decidí despedirme de COMEPSA. La decisión de cerrarla me llevó meses y me ha dolido muchísimo, pero sé que es para bien, ahora que no la tengo, retomo mis energías para atreverme a soñar en nuevos proyectos. Me tomaré seis meses sabáticos que comenzaron hace mes y medio cuando hicimos la última entrega. No la extraño. COMEPSA me dio muchas cosas maravillosas, pero también me quitó el tiempo, el que ahora destino a mi hija y a mis nuevos retos. No sé qué historias nuevas me depare el destino pero sé que todo será para bien. Confío y creo.

 

Después del nacimiento de MaVi (así llamamos a nuestra hija), se vino un revuelo periodístico y nos invitaron a una última conferencia en Budapest, el mismo año en el que nació. Su presencia fue definitivamente el centro de atracción. A Von Leffern le hicieron un reportaje seis meses después y la foto de MaVi apareció en un diario local. Desde entonces, no nos han invitado a participar en ninguna ponencia. Por el momento, no disponemos de mucho tiempo para hacer viajes complicados y pasar días encerradas en un hotel. Dejaremos que las cosas sigan su curso y si es mi destino cargar con las voces silenciosas de la miomatosis, lo haré encantada de la vida.

 

 

4 comentarios

  1. Desde que empezaste a escribir tu historia en Face la leí, quedé impáctala pero sobre todo me dejó mucho aprendizaje, te lo dije en su momento y te lo reitero, mi respeto y admiración para ti y de verdad deseo algún día poder conocerte en persona, eres admirable Karen!!! Bendiciones !!! Abrazos !!!

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    • Muchísimas gracias por tu comentario, querida Mary. Me hace muy feliz leer que mi historia ha servido para tocar corazones y crear consciencia. Ojalá la vida nos dé la oportunidad de coincidir, nada me gustaría más. Abrazos de regreso.

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  2. Hola … leí y seguí toda tu historia de padecimientos y luchas. Te admiro principalmente por no haberte dado por vencida frente a las viscisitudes más extremas. Tuve endometriosis, te entiendo lo de los sangrados, dolores, verguenzas, me pasé así años y años. Cuando acudí al médico por éste motivo ya tenía tres hijos, así que me hice la histerectomía….engordé…etc.etc…no he sido como vos…preocupada por mi salud ….por eso y mucho más te admiro. Te has sabido dar un lugar en la vida, es un ejemplo para todas las mujeres. Muchos saludos.

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    • Hola Ana. Te agradezco infinitamente tu comentario y tus palabras. Por supuesto que me siento cercana a ti; la miomatosis y la endometriosis son primas hermanas, aunque tu padecimiento es más cruel, el diagnóstico es más difícil y la cirugía es casi inevitable. Me alegra que hayas podido ser madre, a ti y a mí, al menos ese privilegio no nos quitaron nuestras enfermedades. Te envío un muy fuerte abrazo y espero seguir sabiendo de ti.

      Karen

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