Historias

NABLA

 

Parte 1-9 https://entrehistoriascity.wordpress.com/historias/nabla/

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Nabla Cover draft01

 

A una década de la pandemia

 

Es difícil creer que han pasado diez años desde que la fiebre siberiana llegó para cambiar el rumbo del futuro de la humanidad. Las cicatrices, que la enfermedad dejó, quedarán impregnadas y serán transmitidas de generación en generación, como un recuerdo imborrable de la tragedia más abominable de la historia universal.

 

Nuestra familia logró sobrevivir a los embates del virus, del caos, de la escasez y del desastre. Al recordar aquellos días lóbregos, la memoria me devuelve a los ojos de mis hijos, a las penurias constantes, a los retos extraordinarios y al amor, que al final, fue lo que nos motivó a subsistir. Nada de lo que vivimos después de aquella desgracia fue sencillo, pero tenemos la fortuna de seguir aquí.

 

Esta mañana desperté a un nuevo día, es tan habitual como cualquier otro, pero algo adentro me apremia a volver la vista atrás, porque un día como hoy, diez años atrás, vi a nuestro mundo desvanecerse ante mis ojos. Ahora escucho los ruidos que me regresan al presente; las voces de mis hijos y de Max inundan la casa como campanas alegres que me piden que no esté triste, que lo peor ya pasó.

 

Issy lleva quince minutos mirándose al espejo. Cuando el invierno termine habrá cumplido ya los catorce años. Con cierta nostalgia, me voy haciendo a la idea de que ya no es la niña a la que diez años atrás cargué en mis brazos mientras corríamos a guarecernos de lo desconocido. Jens la apura y le pregunta si ha metido las manzanas y los emparedados en la mochila. Ella le contesta con ironía. Jens le recuerda que llegarán tarde a la escuela si no se dan prisa. Siempre van y vienen juntos. ¡Se adoran!

 

Jens es un niño muy observador y maduro, pero sobre todo es amoroso y sobreprotector. No hay nada en este mundo que no hiciera por su hermana mayor. Ya de salida, se acerca y me da un beso. Siempre me ha llamado mamá y aunque sabe muy bien que no nació de mi vientre, me procura y me entrega su amor como lo haría cualquier hijo con su madre. Algún día seguirá los pasos de su padre. Lo sé porque cada tarde, al volver del colegio, se va con Max a recorrer los sembradíos, los vergeles y las zonas forestales que Nabla tiene a su cargo. Pasan largas horas juntos, platicando de ideas nuevas que logren mejorar los métodos de cultivo. Max está orgulloso de su muchacho, de su bondad y de su extraordinaria inteligencia, y por eso decidió festejarle su cumpleaños número once con bombo y platillo en el jardín de la casa que compramos hace un par de años, cuando la vida comenzó a retribuir nuestros esfuerzos, entregándonos abundancia. Esta casa es maravillosa, nuestros hijos están creciendo felices en ella y no nos hace falta nada, sin embargo, a veces extraño la estrechez de nuestro departamento, los invernaderos montados en los balcones, los días en los que todo era nuevo y las satisfacciones llegaban después de los intentos fallidos. Más que otra cosa, echo de menos trabajar durante el día con Max, sobre todo ahora que Nabla ocupa mucho de su tiempo.

 

Aquello que Max inició en nuestro balcón, derivó en una transformación rotunda de los conceptos y percepciones que los seres humanos teníamos de nuestro planeta y de nuestra participación en su sustentabilidad. Aunque eventualmente la cotidianeidad se normalizó y la tecnología, la conectividad, la globalización y los capitales volvieron a ser parte de nuestras vidas, después de Nabla no hubo marcha atrás. A una década de la pandemia, seguimos avanzando, seguimos evolucionando, seguimos marcando el camino.

 

Hoy en día, Nabla es una organización no gubernamental de envergadura mundial, que se dedica a capacitar a pequeños y grandes productores, para que nunca nadie, en ningún rincón del mundo, padezca hambre. Quizá el logro más grande, en este decenio, ha sido consolidar el consumo en las ciudades. Ahora las metrópolis son responsables del 65% de su consumo y los huertos urbanos, las granjas, la piscicultura y las amplias zonas reforestadas, son parte de nuestros espacios.

 

Soy yo la que se encarga de nuestra huerta. Ni bien se van los chicos, me calzo las botas, me pongo los guantes y recibo a los empleados, quienes rápidamente se distribuyen por los 15,000 m2 de tierra prolífica que alberga árboles y zonas de cultivo. Desde hace algunos años cosechamos manzanas, calabaza, coliflor y berenjena que son entregadas a los distribuidores locales para ser vendidas en los diferentes mercados regionales.

 

Definitivamente hoy vivimos en un mundo más justo, más compasivo, más sensato y consecuente, que sólo se está logrando con el trabajo colectivo de todos los supervivientes. No hay nada en este mundo que podría pedir ahora, excepto quizá, haber podido tener la oportunidad de compartir este momento con mi gente, la que se quedó al otro lado del mar, pero ellos ya no están, no corrieron con la misma suerte.

 

Hace cuatro años pude cruzar el Atlántico una vez más para volver a la tierra que fue mi cuna y el cobijo de mi adolescencia. De mi familia no quedó más que el recuerdo que guarda mi memoria de las anécdotas compartidas, de una infancia que se esfumó, y de la sangre que corre por mis venas. El FrankeVirus se los llevó a todos. Aunque lo intuyo, jamás sabré cómo fueron sus muertes ni a qué sonaron sus últimos suspiros. Por eso lloro a veces, cuando nadie puede verme, cuando nadie intenta, con palabras dulces, adormecer la impotencia que siento.

 

La vida ha continuado su ritmo veloz e ininterrumpido. Tras de mí siento los pasos de Isabel y de Jens, y al lado mío camina siempre Max, ese compañero leal con quien cruzaría, sin miedo, cualquier camino sinuoso, cualquier otra hecatombe.

 

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