Berlín, Berlín, ¡Berlín!

Río Spree

No existe una ciudad en el mundo ni remotamente parecida a Berlín. Basta simplemente su abundante historia de más de ochocientos años para hacer de ella un sitio interesantísimo, aunque de esos ocho siglos, el Siglo XX fuera el más escandaloso de todos. Nada más en cien años, Berlín sobrevivió a dos guerras mundiales, a la Gran Depresión de 1929, a una guerra fría, a su división territorial que la colocó en el epicentro de dos modelos político-económicos a punto de detonar una guerra nuclear, y, claro está, sobrevivió también a la caída de un muro que separó al mundo en dos bloques y a una reunificación imprevista y llena de reencuentros, dolor, nostalgia y pérdida. No por nada dentro de la misma Alemania se reconoce que Berlín se cuece a parte y que quienes nacen y crecen allí son de otro calibre, muy distinto al del resto del país.

La puerta de Brandenburgo

A Berlín es difícil comprenderla, casi imposible describirla y nada sencillo conocerla entera. Es un universo muy complejo diseñado para paladares con gustos excéntricos y, por eso, debe saborearse sola, con bastante tiempo y con los sentidos abiertos y libres de prejuicios, dispuestos a recibir, literalmente, cualquier cosa. No hay nada que no pueda encontrarse en Berlín, es verdaderamente una ciudad en la que impera la diversidad y a manos llenas: historia, arte, cultura, moda, shopping, vanguardia, arquitectura y multiculturalidad se mezclan en un lugar rocambolesco. Sus calles son abrumadoras, a penas con cruzar la calle cambia uno de un distrito hípster a uno histórico o de fuerte influencia universitaria, al dar la vuelta está el barrio gay y unas cuadras más adelantes está el poderoso anillo político en donde abundan embajadas y sedes de gobierno. Berlín no le da a uno pausa alguna; con sólo una hora de caminata se puede uno topar con fetiches andantes, hombres desnudos, punks, emos, góticos, modelos de revista, cadetes financieros, y ni qué decir del aderezo que componen sus mercados semanales o la infinita oferta gastronómica y de entretenimiento, al igual que su vasto despliegue de parques, ríos, lagos y canales que acompañan a las huellas de historia viva que observan desde cada esquina a todos sus transeúntes.

La famosísima “Alex”, queridísima por los berlineses

Berlín y yo nos conocimos en diciembre de 2009 durante el primer viaje que realicé a Alemania, mucho antes de que el destino decidiera atarme a esta tierra. Nuestro primer encuentro sucedió en un invierno níveo, de esos de película, en donde las calles se adornan de escarcha y los copos de nieve son gorditos y densos. Entré a la ciudad desde la autopista, después de haber recorrido los 294 kilómetros que separan a Hamburgo de Berlín. En el trayecto no hay más que tierra llana que, en aquel diciembre, mostraba un paisaje melancólico, silencioso y blanquísimo. De pronto, se abrió paso la ciudad: contundente, insolente, suigéneris. Esos días los pasé con la quijada en el suelo y es que Berlín es así: ¡sorprendente! Pareciera que allí todos tienen un lugar, no importa de dónde vienen o hacia a dónde van. Sus calles las transitan personas de todos los orígenes, religiones, etnias y culturas que crean una amalgama de lenguas, tradiciones, colores de piel y fragancias francamente seductora. Yo creo que por eso resulta complicado sentarse a admirarla, ¡hay tanto qué ver! Pero lo más difícil es penetrar en su esencia, sobre todo cuando no se vive allí, porque su poderoso carácter distrae tanto que muchas personas se quedan en la superficie metropolitana que la forma. Berlín es tantas cosas que no hay manera de encasillarla; es chic y desenfadada, a veces dulce y otras amarga, también es cruda y muy cruel, pero ostenta nobleza y solidaridad. Esa es la razón por la que la he visitado ya tantas veces; me llama a vivirla de vez en vez, así que este verano lo he pasado allí, yendo y viniendo desde Hamburgo, imaginándome millones de historias que podría escribir con su escenario magnífico.

A unos cuantos pasos de donde estuviera el Muro de Berlín, está este pedazo de otro muro, el que inició el desplome del bloque comunista en Europa, el que conquistó Lech Wałęsa.

Si no han ido a Berlín, anótensela en su lista de lugares a visitar antes de morir, será, sin duda, inolvidable.

Pedazo del Muro de Berlín cerca de Postdamer Platz

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