La bicicleta: más que ruedas, alas para las mujeres

Nací y crecí en la Ciudad de México; mi infancia y adolescencia transcurrieron entre los coloridos años ochenta y la inquieta década de los noventa. En esos años, era impensable transportarse en bicicleta en una ciudad construida para el goce exclusivo de los automovilistas. Y quizá fue por eso por lo que nunca aprendí a conducirla hasta que llegué a Alemania, ya en mis treinta. Cuando le conté a mi novio (hoy mi marido) que no sabía “andar en bici”, casi se va de espaldas. Para él era impensable que existiese alguien en edad adulta que no supiera pedalear, así que se propuso enseñarme a como diera lugar. El sitio fue la isla de Sylt y la ocasión nos la dio una hilera de bicicletas en renta estacionada justo a la salida del hotel. Además de aprender a controlar el equilibro, tuve que dominar la vergüenza (había que ver la cantidad de fisgones que se congregaron a contemplar todos mis intentos fallidos) y el miedo a irme de bruces en la primera oportunidad. En ello estuvimos media mañana hasta que finalmente rodé… ¡como nunca! Lo que sentí en aquel momento fue la expresión más pura de la libertad: la caricia del viento, el camino abierto, la velocidad, la adrenalina, el poder, ¡un triunfo!

El día que aprendí a conducir una bicicleta. Mar del Norte (Sylt) 2013

El 3 de junio se celebró el Día Mundial de la Bicicleta, una fecha poco conocida ya que apenas lleva algunos años conmemorándose, y, a pesar de que el objetivo en este día se centra en la promoción de medios de transporte amigables a la naturaleza, para las mujeres es una fecha muy importante porque la aparición de la bicicleta va de la mano con el surgimiento de los primeros movimientos feministas en Europa y Estados Unidos. Así como a mí, este velocípedo dotó de libertad, capacidad de elección y posibilidades a las mujeres del fin del siglo XIX.

Aunque el primer conato de bicicleta se lo debemos al alemán Karl von Drais en 1817, no la veríamos popularizarse hasta que el inglés John Kemp Starley presentó en 1885 la versión de la “bicicleta segura” que es, en esencia, el modelo que hoy día rodamos en todo el mundo. Para 1890 el interés por las máquinas de dos ruedas se había extendido con locura por Europa y América del Norte: todos querían tener una, incluyendo las mujeres.

En 1896, el prestigioso diario The New York Times publicó un artículo en el que afirmaba que “la bicicleta promete una espléndida extensión del poder personal y la libertad, apenas inferior a lo que darían las alas”. Para las mujeres de comienzos del siglo XX el uso de la bicicleta les entregó la posibilidad de salir de sus rigurosos atuendos, lejos del aislamiento de sus vidas y de la monotonía de sus tareas. Pedal tras pedal aprendieron a volar y ya no hubo marcha atrás. Las bicicletas tuvieron un impacto revolucionario en los movimientos feministas que se venían gestando en aquellos años. Y no es una exageración, es un hecho bien documentado en la historia el que la bicicleta otorgó a las mujeres la emancipación de movimiento en un mundo en el que dependían cien por ciento de los hombres para su transporte. De pronto, las mujeres se vieron frente a una innovación tecnológica relativamente barata y accesible. Cualquiera podía conducir una y su reparación y mantenimiento no era complejo. Aunque hubieron de sortear a quienes se oponía rotundamente a que las mujeres condujeran una bicicleta y fueron blanco de burlas y acoso por parte de médicos y sociedad, su uso se expandió inmediatamente entre las mujeres a tal grado que hasta las grandes feministas de la época se pronunciaron a su favor, muchas de ellas fueron orgullosas ciclistas.

Con capacidad de movimiento, las mujeres comenzaron a cambiar su mundo participando de manera más activa en sus sociedades, fomentando el uso de ropas más cómodas a través de atuendos que les permitieran rodar libremente como corsés holgados y la aparición de los primeros pantalones de uso exclusivo de la mujer, pero quizá lo más importante es que la bicicleta les regaló un sentido de independencia ya que al poderse trasladar por ellas mismas comenzaron a exigir nuevas oportunidades de carrera y educación.  El ciclismo, entonces, llegó a encarnar la individualidad por la que trabajaban las mujeres en el movimiento sufragista.

Todavía en nuestro tiempo, las mujeres continúan beneficiándose del uso de la bicicleta, particularmente en los países en vías de desarrollo. La bicicleta les proporciona un medio seguro de transporte alejándolas del acoso que viven en el transporte público o en las áreas rurales poco transitadas. También ha formado extraordinarias deportistas que han podido salir adelante gracias a la práctica del ciclismo. Tampoco podemos olvidar la libertad y autosuficiencia que sienten las niñas y adolescentes al rodar una bicicleta por primera vez en los países en donde su uso está restringido a las mujeres por cuestiones religiosas. Al día de hoy existen varias organizaciones humanitarias que donan bicicletas regularmente a las mujeres de comunidades aisladas proporcionándoles un medio de liberación. También les enseñan a repararlas para que nunca tengan que depender de nadie para rodar.

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Un par de semanas después de haber aprendido a conducir, saqué lo poco que tenía ahorrado y decidí comprarme mi propia bicicleta. En medio de un contexto muy complejo que había vivido a raíz de mi mudanza a Alemania, ese sólo hecho significó un gran logro para mí. Después de muchos meses de fracaso y zozobra había conquistado una pequeña batalla, así que para celebrarlo ese día rodé colina abajo con cierta velocidad; lo que sentí en aquel momento fue una satisfacción tan grande que me atrevo a decir que es la más sublime de las alegrías que he vivido en solitario.

Rodando por primera mez mi bicicleta nueva. La foto no es muy buena, el recuerdo es invaluable.

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