La historia detrás de los propósitos de año nuevo

No recuerdo exactamente en qué momento de mi vida comencé a enumerar propósitos y deseos para el nuevo año, pero desde que tuve consciencia de la primera lista, paso los días previos a la Nochevieja cavilando en lo que voy a pedir y en todo a lo que me voy a comprometer.  Cuando el ciclo se va cerrando, invariablemente volteo hacia atrás, repaso mentalmente lo hecho, lo deshecho y todo lo que quedó por hacer y, sólo entonces, miro con ilusión al frente, en donde se presenta el nuevo año, completito, con sus trescientos sesenta y cinco días llenos de posibilidades, metas y deseos por cumplir. Este año no fue la excepción, aunque confieso que los anhelos y los objetivos son más abstractos ahora; la pandemia también ha hecho mella en los sueños y hay ciertas cosas con las que ahora simplemente no se vale soñar. Y justo porque este fin de año fue bastante sui géneris, es que me puse a pensar en el porqué de todos estos propósitos: ¿Por qué lo hacemos? ¿Para qué?

La respuesta, como casi siempre, está en la historia. Ni la celebración de Año Nuevo ni los propósitos son cosa nueva; los seres humanos hemos observado este momento de cambio desde hace ya cuatro milenios. Aunque en cada cultura las fechas y los rituales varían, la esencia es la misma. La humanidad necesita cerrar un ciclo para, inmediatamente después, abrir otro en el que haya cabida para un borrón y cuenta nueva. La historia muestra evidencias muy sólidas de estos festejos y sus costumbres desde tiempos del Imperio Babilónico con la celebración del Akitu. Sin embargo, no es la única civilización que ha puesto atención y liturgia en los nuevos inicios, los egipcios lo hicieron también con el Wepet Renpet, una ceremonia de renacimiento y rejuvenecimiento que daba la bienvenida al nuevo año. Ambas fiestas estaban vinculadas a la cosecha y a los estudios astronómicos de la época; la primera tenía lugar durante el solsticio de primavera; la segunda un par de semanas antes de que el caudal del río Nilo creciera, a mediados de Julio. En el lejano oriente, los chinos también dedicaban una fiesta a la llegada del nuevo año durante la segunda luna del solsticio de invierno. Pero fue hasta que el imperio Romano se impuso sobre tres continentes, África, Europa y Asia, cuando la celebración tomó forma hasta convertirse en lo que hoy festejamos en todo el mundo occidental. Julio César cambió el calendario romano en el año 46 después d. C. añadiendo el mes de enero en honor a Jano, el dios de los comienzos, las puertas, las transiciones, el tiempo, la dualidad y los finales. Esta deidad de dos caras, una que mira al pasado y otra que mira al futuro, fue la que propició que el 1. día del mes dedicado a él se convirtiera, oficialmente, en el inicio del nuevo año.

Es muy curioso que en todas estas celebraciones ancestrales que no compartían ni tiempo ni espacio entre sí, estuviera presente en cada uno de sus rituales la promesa o el compromiso hacia sus dioses. Los babilonios prometían a sus dioses pagar sus deudas y devolver aquellos objetos que hubieran tomado prestados durante el año previo; los egipcios hacían votos de todo tipo para mantener el favor de sus dioses mientras los chinos pagaban las deudas contraídas en el año y limpiaban sus casas para luego decorarlas con colores vivos . Los romanos por su parte ofrecían sacrificios y asumían el compromiso de comportarse mejor en el año por venir. Y ya durante el cristianismo, la Nochevieja se convirtió un momento de profunda reflexión. Los feligreses no sólo meditaban sobre los errores cometidos en el transcurso del año que terminaba, sino que contraían compromisos o propósitos de cambio y mejora personal.  

En la actualidad, el año nuevo es el festejo colectivo más celebrado del mundo, pero más allá de los fuegos artificiales y las fiestas desbocadas, es la representación del final y del principio lo que causa emoción. Agradecemos y despedimos al año que culmina y, luego ponemos la vista en el provenir que se nos entrega sin mancha y presto para que dibujemos sobre él todo aquello que cargamos en lo más íntimo de nuestros corazones.

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Este año yo sólo tengo un único propósito: ¡escribir!

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