Stolpersteine: Hanne Mertens, la diva del teatro Thalia

T E R C E R A P A R T E

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Incluso durante los días más difíciles del confinamiento en Alemania tuvimos la oportunidad de salir y dar paseos por las calles. Un fin de semana cualquiera, la añoranza más que la curiosidad nos llevó hasta el centro de la ciudad. El mismo que otrora fue vibrante, siempre lleno de viandantes y viveza, se encontraba desierto en aquellos días. En medio de un silencio tétrico, nuestras voces rebotaron en las ventanas de los edificios más emblemáticos de un Hamburgo apagado y sigiloso, y fue quizá por ese eco casi tangible que me detuve a mirar con otros ojos al teatro Thalia. Siempre había estado allí y yo había caminado por su acera un centenar de veces, pero ahora se antojaba solitario, entero, preparado para ser admirado de pies a cabeza sin ningún obstáculo que interrumpiera la vista. En el suelo, frente a la entrada, estaba la placa conmemorativa de Hanne Mertens: mujer, alemana, aria, actriz. De inmediato le tomé una fotografía a la placa y otra a la fachada. Lo primero que me vino a la mente fue una pregunta: ¿qué fue lo que hizo que incomodó al Tercer Reich al grado de solicitar su ejecución?

Contar la historia de Alfred Rheinheimer resultó muy difícil porque había muy poca información sobre su vida y su muerte en los campos de concentración, el caso de Hanne Mertens resultó ser todo lo contrario. Sobre ella se han escrito cientos de reseñas, artículos y notas, así que pasé mis buenas semanas empapándome de la vida de una mujer que fue todo menos convencional. Ambiciosa, altiva, indiscreta, insolente, testaruda, talentosa, decidida y liberal, así fue Hanne Mertens.

Nació y creció en un seno familiar acomodado, probablemente rodeada de ciertos privilegios, propios de la hija de un abogado. No había duda alguna de que siempre quiso ser actriz; no titubeó en sus estudios ni su decisión fue producto de los azares del destino. Ella fue lo que se propuso ser.

Berlín fue su hogar por muchos años; allí estudió el bachillerato y posteriormente se matriculó en la Escuela Académica Estatal de Teatro de la que se graduó en 1930. Permaneció en la capital alemana trabajando en pequeños papeles teatrales hasta que consiguió un empleo permanente en Düsseldorf en 1932. Ese mismo año se casó con Heinz Gustav Adolf Alfred Beller que además de asesor legal, era líder de escuadrón de la SA. El matrimonio duró apenas trece meses. Para noviembre de 1933 Hanne Mertens ya se había divorciado. Con el ascenso de Hitler al poder, Hanne Mertens, así como millones de alemanes, se unió al Partido Nacionalsocialista. Poco tiempo después se mudó al Teatro de la Cámara de Múnich. Allí, dirigida por Otto Falckenberg, floreció. Fue una actriz muy querida por el público gracias a los papeles que interpretó: Lady Milford, Reina Elizabeth y la zarina Katharina. Fue justamente por esos años en los que esta actriz impredecible se convirtió en una diva que, ya fuera por celos, resentimiento o puro afán, logró hacer temblar los escenarios de los teatros alemanes y no precisamente por sus capacidades histriónicas, sino por un temperamento al que nada se le escapaba del objetivo. Durante los siguientes diez años su carrera estuvo acompañada de escándalos, conspiraciones, intrigas, protestas y manipulación. Fue una mujer temida, especialmente durante el tiempo en que fue muy cercana a la SA (Sturmabteilung o Sección de Asalto, mejor conocida como “camisas pardas”) y la SS (Schutzstaffel), dos de los organismos más poderosos de la Alemania nazi.

Hanne Mertens

A pesar de sus conexiones, Hanne Mertens pagaría un precio muy alto por su arrogancia pues hizo muchos enemigos y generó varios rumores, los más peligrosos de corte político. Sin embargo, su relación con altos miembros del Partido Nacionalsocialista y su popularidad como actriz la ensoberbecieron hasta creer que era infalible. De todos los desatinos y desaciertos de su vida privada y de su carrera ese fue, sin duda, el más grande. Si bien el público estaba enamorado de ella, sus colegas no le tenían la menor estima y siempre la consideraron una espía nazi, entre otras cosas por su contacto con Martin Bormann, jefe del Partido Nazi, a quien había conocido en 1939. Por otro lado, las habladurías en el medio ya habían logrado hacer eco en la Gestapo quien la había citado en varias ocasiones debido a sus pronunciamientos públicos en contra del nacionalsocialismo y de la guerra, además de que se había burlado repetidamente de Hitler y Goebbels. Según Falckenberg, Hanne Mertens se expresaba “hoy contra los nazis, mañana contra los aliados”. Hay evidencia que indica que, debido a este comportamiento irracional y a los alborotos en los que Mertens se veía involucrada con frecuencia, la Gestapo la mantuvo bajo observación desde 1937.

La relación entre Mertens y su director teatral se había desgastado a tal punto que, en 1943, ella fue obligada a renunciar, dejando atrás sus días en Múnich. Unas semanas después, se mudó a Hamburgo tras aceptar la oferta que le hiciera Robert Meyn, el director artístico del Teatro Thalia. La audiencia hamburguesa la acogió con vítores y desde su primera aparición la consideró como un gran descubrimiento, ganándose así la reputación de ser una actriz de personalidad fuerte que convirtió papeles aburridos en personajes distintivos. El éxito en Hamburgo la hizo olvidarse de los sinsabores de Múnich y al poco tiempo Hanne Mertens había vuelto a su altivez.

Su suerte quedó echada una noche de enero de 1945, cuando una visita espontánea se transformó en una reunión social a la que asistieron varios invitados. Al pasar de las horas y de las copas, Hanne Mertens se burló de Hitler y de otros líderes del partido nazi y después transformó la letra de una conocida canción popular: “Todo pasa, todo se acaba … primero Adolf Hitler y luego el partido”. Lo que Mertens no sabía es que entre los invitados había dos miembros de la Gestapo que habían asistido encubiertos. El 6 de febrero de 1945 Hanne Mertens fue arrestada en medio de forcejeos en plena calle y trasladada inmediatamente a la prisión de la Gestapo en Fuhlsbüttel. El cargo: desmoralización del ejército. Dentro del penal fue severamente interrogada. Negociar su libertad fue imposible, sobre todo después de que Múnich enviara a la Gestapo en Hamburgo el robusto fichero de la actriz. Lo que vivió en la prisión fue atroz: golpizas, aislamiento y toda suerte de humillaciones.

Fachada actual del Teatro Thalia

Cuando las tropas británicas comenzaron a tomar posiciones en territorio alemán, Hanne Mertens, junto con otras setenta personas, fue trasladada hacia el campo de concentración de Neuengamme el 20 de abril de 1945, dos semanas antes de la capitulación alemana (8 de mayo de 1945) que marcó el fin de la IIGM en Europa. Dentro del grupo había disidentes políticos y trece mujeres que figuraban en una lista de liquidación. No se sabe a ciencia cierta qué día y a qué hora fue ejecutada Hanne Mertens, sólo se conoce que la noche del 21 abril comenzaron a matar a las trece mujeres que acompañaban a Mertens. La ronda de ejecución terminó la noche del 22 de abril.

Hasta después de su trágica muerte, Hanne Mertens continuó levantando rumores. Se cuenta que cuando las trece mujeres fueron llevadas al búnker en donde posteriormente fueron colgadas de una viga, una de ellas logró escabullirse y esconderse bajo unas bancas. Cuando se hizo el conteo de los cuerpos notaron que sólo había doce, así que las oficiales de la SS comenzaron una búsqueda implacable hasta encontrar a la treceava prisionera. Cuando dieron con su escondite, fue arrastrada por los cabellos hasta arrancarle el cuero y después ejecutada con una ronda de disparos. Se dice que esa mujer fue Hanne Mertens, rebelde e irreverente hasta el último segundo de su vida.

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