COVID-19: perspectivas de la cuarentena

Hace nueve semanas el Coronavirus ya llenaba los espacios radiofónicos y los titulares de todos los periódicos, sin embargo, todavía se sentía lejano, tan distante como su lugar de origen. El este de Asia se desmoronaba indefensible mientras a nosotros nos llegaban imágenes propias de cualquier película de ciencia ficción, suscitadas al otro lado del mundo. En Europa nos quedamos mirando la tragedia como lo haría cualquier espectador indiferente. Nunca imaginamos que nos alcanzaría tan pronto, tan violentamente y con esa intemperancia sobrecogedora. El virus no nos dejó parpadear ni desperezarnos, llegó raudo y decidido a aniquilar. En un santiamén se descontroló el brote en Italia y se esparció como un incendio desenfrenado por toda Europa durante las tradicionales vacaciones de esquí. Desde Lombardía se catapultó al resto del continente y entonces fue imparable. Cayó Italia, luego Austria, España, Francia, Alemania, los países escandinavos, Inglaterra y Europa del este. Nadie pudo hacer nada; presenciamos su arribo y su propagación en completo estupor.

Hace cinco semanas el gobierno alemán despabiló y, como en otros países, se decretó el estado de alarma, se impuso oficialmente el distanciamiento social, el aislamiento en casa y se lanzaron varias medidas de contención similares a las del resto de Europa occidental: se designó la industria esencial, se llevó a cabo el cierre de fronteras, las aeronaves fueron puestas en tierra y se robustecieron los hospitales y las estrategias de identificación, control y tratamiento de personas infectadas. Desde ese momento toda nuestra vida comenzó a transcurrir con una velocidad pavorosa: confusión, compras de pánico, noticias desconsoladoras, casos en escalada, restricciones, confinamiento, cierre de escuelas, comercios, iglesias y espacios deportivos, suspensión de eventos y clausura de parques y de espacios al aire libre. De pronto, estábamos todos atrapados en las paredes que llamamos casa, con más preguntas que respuestas. Así comenzamos los primeros días de esta cuarentena, sintiendo que los minutos avanzaban lentos y que las noches eran demasiado silenciosas. Tuvimos que aprender a vivir así, sin saber muy bien cómo se organiza uno entre el trabajo remoto, las labores domésticas y la atención a los niños. También, tuvimos que aprender a lidiar con nuestras parejas, con nuestros hijos y con nosotros mismos. Estoy segura de que en cada casa se vivieron momentos de mucho estrés, angustia y caos, empero en estas circunstancias no había ni para donde correr ni cabida para orgullos ni egos lastimados, mucho menos para portazos y ultimátums. Nos tocaba estar juntos, reconectar, volvernos a conocer y reducarnos.

Edificio de Gobierno, Hamburgo. Vista aerea de la plaza del Rathaus Markt. 11.04.2020 Fotografía cortesía de René Frohnecke Photography.

Entre la limpieza profunda, las manualidades y los proyectos de remodelación, fuimos despertando el ingenio que algún día perdimos enredados en la monotonía. Poco a poco todos nos fuimos readaptando hasta que comprendimos que esta era nuestra nueva vida y que también valía la pena vivirla. Entonces comenzaron a suceder los prodigios: surgieron los conciertos de balcón, las rutinas de ejercicio guiadas desde las azoteas, se organizaron las reuniones en línea, los talleres gratuitos y las clases virtuales de cocina, se desempolvaron los juegos de mesa, se abrieron los libros y se reanudaron las cenas. Lo más trascendente de este encierro ha sido que las familias se unieron como nunca y que los lazos se fortalecieron. Mensajes, videollamadas, correos electrónicos y cartas se dispararon hacia todas direcciones con un solo propósito: mantener el contacto con la esperanza de que, algún día, nos volvamos a abrazar. Aunque nos divide una pantalla, estamos ahí, con toda nuestra esencia, apreciando con otros ojos todo aquello que habíamos dado por sentado.

Pintando huevos de Pascua en familia. 12.04.2020

Estamos entrando en la quinta semana de reclusión y ahora todo se observa desde otra perspectiva, una más humana, menos arrogante y más cálida. Nos hemos adaptado a nuestras nuevas rutinas y con la convivencia han vuelto las risas y la templanza. Sin embargo, estamos muy lejos de cantar victoria, allá afuera, en los hospitales, en los supermercados y en cada autobús todavía se libran batallas durísimas. Los contagios en muchos países aún no llegan a la cumbre de la curva y en los que el número se ha estabilizado queda el recuento de los daños, de los miles de muertos y la zozobra de sus deudos. También queda la ya latente recesión económica que nos está alcanzando inquietantemente. Es un hecho que tendremos que reajustarnos, una vez más, contribuir y participar colectivamente para sacar a nuestros países adelante.

Mascota de cuarentena: Rollo

Nadie sabe con certeza cuando terminará la cuarentena, mucho menos sabemos lo que viene después de ella. Ni siquiera los académicos más respetados se atreven a emitir opiniones con seguridad. En estos momentos de tantísima especulación lo que se necesita es prudencia, paciencia y mucho análisis porque lo que queda al otro lado de este parteaguas es imposible de adivinar. No obstante, hay algo que yo sí tengo claro: el virus moldeará a toda una generación y la vida, como la conocimos, nunca volverá a ser la misma. Esta pandemia ha venido a demostrar que ya era tiempo de un nuevo reordenamiento mundial a todos los niveles.

Fotografía aérea. Desde mi balcón. Cortesía de René Frohnecke Photography.

Mi gratitud eterna para quienes, incansablemente, han hecho que esta cuarentena sea más llevadera: médicos, enfermeras, personal de limpieza en hospitales y en zonas urbanas, cajeros, repartidores, choferes de carga, policía, bomberos, ingenieros y técnicos, investigadores, académicos, cuidadores de ancianos, encargados de albergues, costureras, obreros, funcionarios públicos y todos los niños de la pandemia. ¡Gracias!

Cortesía René Frohnecke Photography

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