La mujer-orquesta; la verdadera relatividad del tiempo

2019 fue un gran año para mí; mes tras mes recibí los frutos que con tanto esfuerzo fui sembrando en los últimos años. Fue fascinante, aunque también bastante intenso, presenciar cómo todo se me iba concediendo tal y como yo lo había pedido. Las bendiciones se agolparon una sobre la otra, haciendo de ese año tan memorable como agotador.

A mediados del verano traía el estado de ánimo al tope y ni qué decir de la motivación; me sentía invencible, capaz de cualquier hazaña, con la energía canalizada en todas direcciones y con una determinación que poco o nada hubiese podido menguar. Sin embargo, cuando la euforia de los logros se fue disipando y comencé a ajustarme a mi nueva rutina, me di cuenta de que me hacía falta tiempo. Pero claro, mi testarudez no estaba dispuesta a cederle ni razón ni cancha al tiempo. Yo siempre he sido tenaz y muy disciplinada, así que me armé un calendario de actividades que parecía agenda de secretario de Estado. Sin darme cuenta, me convertí en el hombre-orquesta, ese peculiar personaje que usa, textualmente, todo su cuerpo y una vitalidad impresionante para tocar varios instrumentos al mismo tiempo. Sopla, baila, aplaude, guiñe y ejecuta canciones con tal vigor que, con solo verlo, cansa. Así mismo estaba yo: trabajando turno completo por la mañana, haciendo de madre y esposa por las tardes, escribiendo de noche, haciendo huequitos para hacer ejercicio, para mantener mis redes sociales y para ver y hablar con mis amigas y mi familia. Obstinada en aprovechar los regalos que la vida me había hecho, me fui enrollando en un ritmo de vida tan apresurado como preciso en el que no había cabida para falla alguna.

De septiembre a noviembre mantuve la inercia negándome un respiro, una pausa, un tiempo-fuera. Durante esos meses no dormí más de cuatro horas entre lunes y jueves y a pesar de que notaba ya un cansancio acumulado, seguí porque yo había pedido todas esas cosas, porque estaba agradecida, porque me parecía imposible bajar la guardia. El resultado de querer ser la mujer-orquesta fue terminar con el diagnóstico de agotamiento clínico, mejor conocido como Burnout: seis semanas continuas de resfríos, infecciones pulmonares y tos que me tumbaron en la cama con fiebres altas dejándome sin un gramo de energía. Era mi cuerpo pidiendo a gritos un descanso, desconexión y una merecida vacación mental. Tras la tercera cita al médico y la segunda incapacidad laboral, el doctor me dijo tajantemente que tenía que parar. Para ese momento ya había abandonado el ejercicio, las salidas con las amigas y había hecho ajustes en la repartición de las tareas en casa, pero aún estaba por definir qué haría yo con lo que más horas de mi tiempo libre consumía: la escritura y la lectura. Ambas son esenciales para mí, dejarlas era impensable. En esos días dedicaba aproximadamente seis horas a la semana al blog, ocho horas a la novela, seis horas a la lectura y unas tres horas intermitentes a las redes sociales. Nunca pensé en rendirme hasta que una noche llegó mi marido a despegar mi nariz del teclado. Me había quedado dormida sobre la computadora y ni siquiera era de madrugada cuando fue a arrastrarme a la cama, eran apenas las diez de la noche. Yo no podía más.

Dos días después vocalicé lo que ya venía pensando desde hacía un rato: “no tengo suficiente tiempo”. Fue así como aprendí una dura lección: todo es posible, sí, pero no al mismo tiempo. Al final, como siempre, mi mamá tenía razón cuando me decía que “el que mucho abarca, poco aprieta”. Cuando finalmente acepté que tenía que renunciar a algo si quería seguir siendo funcional, comencé a liberarme. No fue fácil; lloré de tristeza cuando decidí soltar el blog porque me encanta, pero el tiempo que le dedico es demasiado y no estoy dispuesta a sacrificar la calidad con la que elaboro cada entrada. Como es algo que disfruto muchísimo, no lo abandonaré del todo, pero sí reduciré radicalmente la frecuencia. A partir de enero de 2020 las entras de esta bitácora de historias se harán se manera mensual. Las horas que liberé se repartirán ahora entre el ejercicio y un buen sueño. También he decidido dejar un poco en paz las redes sociales, pues esas horas son importantes para la nueva novela, para leer y documentarme y para continuar tomando cursos literarios.

No puedo decir que me siento satisfecha con mi decisión, estoy plenamente consciente de que en otras circunstancias hubiese abandonado el trabajo, desafortunadamente, por el momento, las letras no son capaces de sostenerme económicamente y en esta vida hay que ser inteligentes y pragmáticos. La seguridad y tranquilidad que aportan los ingresos continuos y fijos es invaluable, además también me gusta muchísimo mi trabajo: me mantiene en conexión con mi entorno, me permite aspirar a logros más mundanos y asequibles y de ahí he sacado montañas de inspiración para todo lo que escribo y comparto. Quizá en el futuro la balanza se incline a favor de la literatura, pero por el momento no me quejo, disfruto y aprendo.

Pese a que la cantidad disminuirá notablemente, la calidad se acentuará con entradas muy emocionantes y temas súper interesantes, así que espero que continúen acompañándome en esta aventura llamada Entre Historias pues ya tengo proyectado el primer semestre del año y promete ser cautivador.

Antes de irme, una confesión: el calendario ha muerto, murió quemado en el balcón. ¡Nunca más volveré a hacer una lista de tareas!

Licencia de uso de fotografía CC BY-NC-ND

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