Descubriendo a Gerd Stokke: enfermera voluntaria de la Cruz Roja alemana.

P R I M E R A   P A R T E

Durante el proceso de investigación histórica de mi novela El recuerdo del olvido, me fui involucrando poco a poco en los testimonios de más de un centenar de enfermeras voluntarias que sirvieron bajo las órdenes de la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Al cabo de siete años de lectura y escritura, cuando la novela por fin estuvo terminada, me di cuenta de que había desarrollado un vínculo emocional con esas mujeres. Hablaba de ellas con total familiaridad, como si las hubiese conocido, como si hubiese estado allí en todas sus vivencias, pesares y gozos. Confieso que durante las largas noches en las que di vida a mis personajes y desarrollé la trama de la novela, me obsesioné con ellas; juraría que casi podría haberlas visto si hubiese cerrado los ojos el tiempo suficiente. También las busqué; dediqué un par de correos electrónicos, que nunca tuvieron respuesta, a la misión de encontrar a alguna de ellas viva, pensé que quizá alguna se atrevería a contarme su historia y se animaría a compartirme una que otra fotografía, pero no, en esos siete años no tuve suerte. Sin embargo, confío plenamente en que en esta vida todo tiene su hora y la hora de conocer a mi voluntaria llegó hace unas semanas. Su nombre es Gerd Stokke y su vida es inspiradora.

Gerd Stokke 1942

Gerd Stokke llegó a mi vida por mera casualidad, su hijo Jan O. Wim Standal y yo trabajamos juntos y, por azares del destino, terminó contándome quién había sido su madre cuando yo le compartí algunos detalles de El recuerdo del olvido. De inmediato le pedí una entrevista y algunas fotografías para mi blog. Él, sin titubear, accedió a todo: a relatarme las andanzas de la mujer que le dio la vida y a prestarme su diario. Sí, como de novela, ¡su diario! Nos reunimos unas semanas después en un café del barrio portugués en Hamburgo. Después de una plática introductoria, depositó en mis manos las páginas que su madre había llenado de anécdotas e imágenes durante sus años de voluntariado. El momento en el que recorrí sus hojas es inenarrable: escalofríos, piel de gallina, vellos erizados, estómago revuelto. Página tras página recorrí sus memorias escritas a mano en noruego y alemán, sus fotografías, sus sueños, sus derrotas y sus penas. Esta es su historia.

Primera página del diaro de Gerd Stokke

Gerd Stokke nació en Oslo en 1922 en un seno familiar acomodado. Su padre se desempeñó como auditor, aunque también participó en la Primera Guerra Mundial alcanzando el grado de sargento en el ejército noruego. Su madre fue ama de casa. Gerd fue la única descendiente de la familia Stokke y por ello fue criada como a cualquier primogénito varón. Su padre la preparó para ser fuerte, independiente, valiente, leal y honorable y, además, le inculcó el valor del servicio. No fue de extrañar que apenas con dieciséis años, Gerd, ya demostrara una profunda admiración por la Cruz Roja, institución a la que le dedicó un ensayo en sus años de estudiante. Su sueño era claro, quería enlistarse en la Cruz Roja. Lo intentó apenas hubo cumplido los dieciocho años, pero fue rechazada por la Cruz Roja noruega. Sin embargo, no tardaría mucho tiempo en lograr su objetivo; su oportunidad se presentaría tras una coyuntura única en la historia del siglo XX: la gran depresión económica de los años treinta, el ascenso de Adolf Hitler y del Partido Nacionalsocialista al poder, la consolidación de Alemania como potencia y la amenaza de una guerra de proporciones inimaginables.

Al estallar la guerra, la necesidad de contar con enfermeras de combate que pudieran servir en los frentes se hizo indispensable. Es así como en 1942 Gerd Stokke formó parte de las enfermeras de frente “front-sisters”, 500 mujeres jóvenes que dejaron atrás su natal Noruega para entrenarse en Alemania, en la Cruz Roja de ese país. Es en este contexto en el que comienza el diario de Gerd Stokke y en él se detallan las rutinas, los entrenamientos y las vicisitudes que vivió durante el voluntariado.

Arriba izquierda salón de clases. Abajo derecha comedor.

El entrenamiento se llevó a cabo en el norte de Alemania en la Landesführerschule (escuela de entrenamiento). Todo el programa de reclutamiento estaba a cargo de la SS (Schutzstaffel), en español Escuadras de Protección, que llegó a ser la organización paramilitar más importante de la Alemania nazi. A esta agencia de seguridad e investigación se le atribuyen los horrores más atroces cometidos en Alemania y en todo el territorio ocupado, por supuesto, también los crímenes del holocausto.

Con la suerte ya echada, Gerd completó su entrenamiento en apenas unos cuantos meses. Aunque el programa exigía una altísima disciplina, fue escueto e insuficiente para lo que Gerd y las otras voluntarias habrían de arrostrar en el frente, particularmente aquellas que fueron enviadas al este, al Cáucaso, en donde presenciaron los combates más brutales de la guerra en Europa. Al terminar el entrenamiento, tomó el juramento con el que se comprometía a auxiliar a cualquier ser humano, civil o soldado sin importar su raza, color o nacionalidad. Gerd fue puesta en movimiento, como el resto de las chicas, dejándose arrastrar hacia a donde la ayuda era requerida. Es así como entre 1942 y 1945 Gerd fue desplazada a Dinamarca, Polonia, Bélgica, Austria y Alemania. En Austria, ella y otras enfermeras formaron parte en un desfile en el que se presentó el mismísimo Adolf Hitler; se acercó a saludarlas, a felicitarlas por su labor y las animó a continuar. Ella lo relata con cierta emoción, quizá sería por su inocencia juvenil, tenía diecinueve años cuando se enlistó en la Cruz Roja, o por su natural desconocimiento de las infamias del nazismo. Unas páginas más adelante, muestra fotos de un Berlín moderno y vibrante, bien plantado en 1943, y por ahí es que termina el ensueño, cediendo espacio a la realidad. Lo que al inicio de esta bitácora de vivencias se antoja color de rosa, pronto se transforma en un panorama sombrío e incierto.

C O N T I N U A R Á …

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