Día de la Unidad Alemana; los sinsabores de la reunificación.

A las 00:00 horas del 3 de octubre de 1990 en medio de fuegos artificiales, banderas ondeantes y toques de campana Alemania volvía a ser una sola entidad. En ese momento todo era júbilo, anhelos y una incertidumbre más excitante que preocupante. Ese día se vivía el ansiadísimo final feliz que ponía fin al melodrama histórico que había vivido Alemania durante el Siglo XX. Tanto alborozo no era para menos, era apenas lo justo, considerando que los acontecimientos históricos de la nación en los últimos noventa años habían sido una verdadera telenovela aderezada con villanos, víctimas, héroes, intrigas, pasiones, locuras, rupturas, disputas, horrores y secretos. Para 1990 Alemania había sobrevivido al fracaso de dos Guerras Mundiales, a la deshonra y el desprestigio, a la depresión de los años treinta, a un muro que la había segregado y a la Guerra Fría. El 3 de octubre representó, entonces, el día en el que se hacía el borrón y cuenta nueva, otorgándole a Alemania una oportunidad para reivindicar lo perdido.

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La reunificación de Alemania fue completamente sorpresiva y espontánea, en pocas palabras un golpe de suerte ocasionado por las circunstancias. Los alemanes, que han sido siempre tan previsores, se vieron envueltos en una retahíla de sucesos imprevisibles que, al final, provocaron que lo impensable se volviera realidad. Aunque dentro de la RDA (República Democrática Alemana) ya se venían gestando movimientos diversos que se oponían al régimen socialista, fue Mikhail Gorbachev, con su afamada Perestroika, quien dio lugar al evento que reunificó a Alemania y en consecuencia reorganizó al mundo entero. Pese a la ola de políticas frescas y a la intención de una transición paulatina de la planeación al mercado, la cúpula gobernante de la RDA se mostró renuente a ceder terreno en su postura comunista, hecho que disgustó mucho a la población germanooriental que aspiraba a cambios contundentes. Presionado al interior y al exterior, en un intento por apaciguar el éxodo descontrolado de alemanes orientales que huían en masa por la frontera austrohúngara, el gobierno decidió abrir gradual y controladamente la frontera común con la RFA (República Federal de Alemania). La tarde del 9 de noviembre de 1989, en plena conferencia de prensa, el portavoz del Comité Central Günter Schabowski anunciaba la autorización para atravesar los pasos fronterizos que dividían a las dos Alemanias. El ya mencionado golpe de suerte ocurrió cuando el periodista italiano Riccardo Ehrman preguntó a Schabowski: “¿Cuándo entrará en vigor la medida?” a lo que Schabowski respondió dubitativamente “Según tengo entendido, inmediatamente”. No hizo falta decir nada más, los alemanes de ambos países habían escuchado atentamente el comunicado y tras las palabras de Schabowski abandonaron los televisores y se congregaron a lo largo del muro en la frontera interalemana, incluida, evidentemente, la ciudad de Berlín con la intención de cruzar. Ante la mirada estupefacta de los guardias, miles de personas exigían su derecho de libre paso. Al otro lado, otros miles de alemanes occidentales comenzaron a derribar el muro con martillos, cinceles, piedras, uñas y una voluntad invencible que el mundo entero presenció atónito a través de las pantallas.

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Con la caída del muro, indeliberadamente se comenzó a pensar en la reunificación. Europa entró en pánico, EEUU apoyó la iniciativa, Asia, África, Medio Oriente, Oceanía y América Latina observaron cautelosos los estire y afloje de las potencias mundiales que se debatían entre el permitir y el obstaculizar. Mientras el Reino Unido, gobernado por Margaret Thatcher, se deshacía en conspiraciones para impedir la unión de la dos Alemanias, España, a través de Felipe González, otorgaba apoyo incondicional al proyecto y François Mitterrand se mantenía benevolente, pero suspicaz. Finalmente ganó la sensatez y tras varias rondas de negociaciones apresuradas se le concedió a Alemania el derecho de soberanía a través de la firma del tratado Dos más Cuatro, un año después de la caída del muro de Berlín.

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El proceso de reunificación no ha sido color de rosa, por el contrario, ha estado plagado de retos, desazones, contrariedades y expectativas no cumplidas. Veintinueve años después, Alemania continúa forjándose una personalidad moldeada por los cambios constantes de sus connacionales. Hoy la nación germana se compone de la añoranza de los germanoorientales, de la exigencia de los alemanes occidentales y de la diversidad de los nuevos alemanes, los migrantes. Aunque juntos, jamás estarán revueltos y todavía hay mucha historia por escribir en las páginas de esta asombrosa nación.

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