Lola “La Chata”; la emperatriz del narcotráfico mexicano.

A los veintiocho años María Dolores Estévez Zuleta ya era conocida como la emperatriz del narcotráfico en México. Odiada por unos y amada por otros, Lola “La Chata” desafió a la sociedad de su tiempo, imponiéndose como indiscutible reina del hampa en el país. Su matriarcado duró treinta años, su vida apenas cincuenta y uno.

 

 

Lola La Chata

 

 

María Dolores Estévez Zuleta nace en 1906 en la Ciudad de México. Producto de la pobreza y una crianza irresponsable, comienza su carrera delictiva a los trece años en el puesto de chicharrones y café que tenía su madre en el emblemático mercado de La Merced, en pleno corazón de la capital mexicana. En ese mismo local, sus padres distribuían drogas, así que su incursión en el negocio fue heredada y aprendida en el seno familiar.  Su primera participación en el mundo de los estupefacientes fue como “mula”, transportando en un canasto alimentos, bebidas y, claro está, sustancias heroicas y marihuana. Como narcomenudista aprendió a conocer, casi de manera intuitiva, las necesidades y gustos de sus clientes, sin embargo, no fue nada más el desarrollo de esa habilidad lo que le valió un ascenso raudo y sólido en el mercado de las drogas ilegales, fueron las conexiones con delincuentes, policías y burócratas lo que impulsó su carrera hasta internacionalizarla.

 

Cuentan los cronistas que siendo aún menor de edad fichaba ya en el cabaré Colonial. De ella se dice que no era una mujer de belleza deslumbrante, empero su personalidad era seductora. Fue allí, en los clubes nocturnos de mala muerte de la calle Independencia, en donde conoció a Casto Ruz Urquizo, un hampón de mediana categoría con quien se fugó posteriormente a Ciudad Juárez en plena Revolución Mexicana. En esa ciudad fronteriza terminó su educación delictiva; aprendió de trasiego, de corrupción, de logística; conoció el mercado norteamericano, una verdadera mina de oro, y se consolidó como distribuidora de productos derivados de goma de opio y marihuana.

 

A su regreso a la Ciudad de México, afianzó el crecimiento de su organización a través de su unión matrimonial con José Trinidad Jaramillo, expolicía y narcotraficante, junto a quien desarrolló una red de protección a base de sobornos. Por esos años instaló sus primeros laboratorios clandestinos mientras sus ventas llegaban a todo Estados Unidos y Canadá.

 

Al final de la década de los años treinta la suerte abandonó a “La Chata”; tres hombres, uno en México, otro en Estados Unidos y un tercero en Canadá, presionarían a presidentes y autoridades, desde todos los frentes y a lo largo de las tres fronteras para combatir, perseguir y lograr la captura de Dolores Estévez. El doctor Leopoldo Salazar Viniegra, jefe del Departamento de Salubridad Pública del gobierno de Lázaro Cárdenas, Harry J. Anslinger, jefe del Buró de Narcóticos (ahora DEA) de los Estados Unidos y el coronel C.H.L. Sharman jefe de la División de Narcóticos Canadiense se dieron a la exhaustiva tarea de llevar a “La Chata” tras las rejas. Con semejante despliegue de fuerza y poder lograron su cometido; no una, sino siete veces; entre 1934 y 1945, Lola “La Chata” fue arrestada y remitida a la legendaria cárcel de Lecumberri, a la Cárcel de Mujeres y a las Islas Marías. Debido a la legislación endeble del México post revolucionario y a la corrupción de funcionarios públicos, Dolores Estévez salió en repetidas ocasiones de la prisión hasta que, finalmente, en 1957 fue arrestada por última vez en su domicilio mientras procesaba heroína. La cárcel no detuvo a “La Chata”, ella continuó administrando su negocio desde el encierro. Incluso se afirma que, dentro de las diversas penitenciarías en donde fue retenida, Lola “La Chata” gozó de innumerables privilegios; lujos y comodidades al interior del penal, visitas colectivas, festejos y reuniones. Dos años después de su último arresto, a causa de una falla coronaria, murió Dolores Estévez.

 

Quienes la conocieron la describen como a una mujer imbatible, risueña, leal, amorosa, generosa, profundamente religiosa y valientísima. Amante de las joyas y los rebozos de seda, inspiración de escritores y artistas, Lola “La Chata” marcó un antes y un después en la historia del narcotráfico en México. Más allá del personaje, desnudada de sus adicciones y actos delictivos, Dolores Estévez fue una mujer que llegó a este mundo en la más desfavorecida de las condiciones, supo sacar provecho de su situación y menoscabo para enfrentar con vigor una vida inmerecida que hizo retemblar a los países del norte de América.

 

El día de su funeral, entre sollozos, flores y susurros de Ave Marías más de quinientas personas acudieron a dar el último adiós a la vendedora de chicharrones que se convirtió en la emperatriz del narcotráfico en México.

 

 

Lola La Chata 2

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