Marrakech; doce días en la ciudad roja

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El 14 de marzo toqué, por primera vez, suelo africano. Mientras sobrevolábamos, ya en el descenso, se apreciaba perfectamente el color granate de la tierra marroquí, de ahí que alguien rebautizara a esta ciudad imperial con el sobrenombre de La Ciudad Roja. Los casi mil años de historia bereber de Marrakech se funden con el color de su tierra en casi todas las fachadas, edificios, tiendas, talleres y restaurantes que, orgullosos, ostentan esa tonalidad. Esta metrópoli, que alberga más de medio millón de habitantes, también se entrelaza con su legado colonial; el idioma, el arte, las costumbres, la comida y los gustos. Sin embargo, mantiene muy bien su patrimonio, su esencia y su identidad árabe, entregando a los visitantes una perfecta bienvenida a la región del Magreb.

 

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Para visitar Marrakech se necesitan los cinco sentidos porque ésta es una ciudad de potentes y marcados contrastes, no es sutil, todo lo contrario, es intensa, ¡es asombrosa! Los ojos de quienes la visitan se deleitarán con esos colores vivos, inimitables y brillantísimos, el olfato dará rienda suelta a la curiosidad tratando de identificar la suavidad hipnotizante de las tardes cargadas de olor a jazmín, o el azafrán escondido entre el barro de los Tajines; el paladar gozará de los Briwates, las Pastillas, el Cuscús o la aromática ensalada marroquí mientras la piel dejará a sus poros estirarse para entregarse al casimir más suave, al lino fresco y seductor y al algodón perfecto y armonioso de las toallas Hammam. Finalmente, nuestros oídos perderán la noción del tiempo entre el alboroto de las hojas de las palmeras, los cánticos que invitan al rezo en la mezquita o el barullo incontenible de una ciudad que palpita, ríe, baila, brinca, compra, vende y regatea.

 

 

 

 

Para visitar Marrakech hay que tomar en cuenta lo bueno, lo malo y lo feo que esta ciudad presenta y estar dispuestos a esperar lo imprevisible.

 

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Lo bueno

Lo bueno de Marrakech es MUY bueno y es lo que hace que este viaje valga la pena en todos los sentidos.

  • Lo mejor de Marrakech es su gente; amable, cordial, dispuesta, respetuosa, sencilla, sonriente y abierta. Por donde uno vaya habrá alguien que querrá ayudar, alguien dispuesto a dar orientaciones, aunque sólo pueda expresarse con manos y pies, a falta de conocimiento de algún idioma extranjero.
  • La arquitectura es una de las sorpresas más gratas que ofrece la ciudad, decenas de mezquitas, portales, entradas, los famosos Riad, los parques, palacios, la alcazaba (Kasbah), que limita la Medina, y cientos de otras construcciones mantienen a los visitantes alertas a las bellezas que se levantan orgullosas por todos los rincones de la metrópoli.
  • Los Souks o Zocos, que son los mercados construidos en el corazón de la medina; verdaderos laberintos de calles estrechísimas con todo tipo de mercancías, herbolarias y puestos de comida.
  • La comida marroquí que, pese a su sencillez desértica y su limitada variedad, otorga sabores indescriptibles e indelebles. Además, la comida es fresca y hay una amplia variedad de frutas que se pueden consumir al natural o en forma de jugos o ensaladas y son deliciosas.
  • Los textiles son, sin duda alguna, uno de los atractivos más fascinantes de quienes visitan Marrakech. La variedad de telas, tejidos, colores y confecciones son únicas, bellísimas y constituyen una compra obligada de un recuerdo perdurable que se puede vestir en cualquier ciudad del mundo.
  • Libertad y seguridad son factores que a muchos visitantes occidentales puede llegar a preocupar cuando se pisa suelo árabe, en el caso de Marrakech no hay nada por que inquietarse. La ciudad es segura, en ningún momento sentí temor o pánico al caminar por las calles, incluso cuando la noche ya había caído. Yo viajé con mi familia, y en todo momento me sentí tranquila. Las mujeres gozan de emancipación, no están obligadas a usar velos o mascadas ni a cubrirse de determinada manera, aunque por respeto al país, se sugiere en toda guía turística que los hombros se cubran y que no se usen minifaldas, sin embargo, en mis caminatas por la ciudad, encontré decenas de turistas con shorts cortísimos, minifaldas, tank-tops y blusas sin tirantes.
  • La belleza natural del pueblo marroquí es una de las cosas que más me sorprendió y que definitivamente no me esperaba encontrar. La gente es morena, de facciones sutiles, narices rectas, ojos grandes y avispados, esbelta y atractiva. Las mujeres marroquíes son muy guapas, de estatura media, con melenas abundantes y sensuales, de curvas muy pronunciadas, especialmente en las caderas. Los hombres son apuestos también, de estatura media, cabellos siempre bien cortos, por lo general limpios, les gusta vestir bien y sobre todo gustan de afeitarse en las peluquerías que son muy socorridas en todo Marrakech.

 

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Lo malo

Lo malo de Marrakech radica en su condición de país en vías de desarrollo y constituye una serie de carencias que, como visitante, se hacen más notorias, especialmente al momento de comparar con nuestros lugares de origen o de residencia.

  • La carencia de higiene tiene un punto preponderante en esta lista porque genera una intranquilidad que uno se lleva consigo a cada paso. La ciudad es sucia, uno debe fijarse bien por dónde camina, a quién saluda de mano y en dónde come y qué bebe. En los doce días que estuvimos en Marrakech, mi esposo, mi hija y yo padecimos de diarrea durante un par de días que, aunque no fue grave, nos obligó a hacer una pausa de encierro absoluto en la habitación del hotel.
  • La ciudad entera está a medio construir, en construcción o abandonada. Es muy triste caminar por la calle y ver hoteles que antaño debieron ser lujosísimos, convertidos en una edificación fantasma, desnudados de ventanas, muebles, paredes y puertas. Es muy molesto dar un paseo y encontrarse con cientos de construcciones y de paso, por qué no, recibir en la cabeza un pedazo de cascajo, mezcla de cemento, pisar un clavo o tropezarse con algún equipo de construcción. Muchas de las propiedades en Marrakech están hechas a medias, algo les falta, algo fue reemplazo con algún objeto temporal que cumplió la función de parche y ahí se quedó a decorar para siempre la edificación. Así encontramos ventanas que no se abren porque están sujetadas con bolas de papel, puertas que casi hay que cargar para que abran, escalones desiguales, pisos levantados, alcantarillas sin protecciones que presentan un peligro si uno no se fija por donde va, en fin, cientos de pequeños detalles que al final del día le restan disfrute a la jornada y a la visita.
  • La desigualdad es tremenda y extremadamente notable. Junto a un ostentosísimo Riad, galería soberbia de arte o paradisiaco jardín botánico, incluso al lado de la pared que protege los palacios reales, se puede presenciar la más terrible de las pobrezas. Es difícil disfrutar de un coctel fastuoso o comprarse un caftán exquisito en presencia de tanta miseria y desgracia. Con esto no pretendo decir que haya que sectorizar la pobreza, para nada, está bien que el pueblo marroquí sea honesto con los ojos de los turistas, pero también genera un sentimiento enfrentado para quienes han ideado las vacaciones perfectas.
  • Hay muy pocas actividades para niños y adolescentes. Es muy difícil encontrar cosas qué hacer para que los más pequeños también disfruten de la experiencia. Más allá de dejarlos correr a su antojo por los extensos parques de Marrakech, el paseo en camello o llevarlos al Centro Comercial Menara a subirse al carrusel o al trampolín, no hay ofertas atractivas para familias con niños.
  • Los controles de seguridad me enloquecieron. Hoteles, Riads, restaurantes, tiendas, centros comerciales y otros establecimientos cuentan con estrictos controles de seguridad; detectores de metales fijos y portátiles, revisiones de bolsos, cientos de cámaras de videograbación, guardaespaldas enormes y malencarados hacen que las visitas sean incómodas. No quiero contarles lo complejo, tardado y burocrático que resulta el control de seguridad en el aeropuerto. Hay que pasar por cuatro controles de revisión de maletas y pertenencias, pases de abordar y pasaportes. Nos tomó una hora y media poder acceder a la zona de Duty Free.
  • El regateo es divertido uno o dos días y en los mercados de la medina, pero cuando éste se traslada absolutamente a todos los comercios, incluidos los taxistas, los vendedores de fruta y comida, es francamente desgastante y deja de ser una experiencia enriquecedora para convertirse en una engorrosa.

 

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Lo feo

A Marrakech lo puedes amar y odiar en el mismo día varías veces y es que las cosas más feas de Marrakech son casi insufribles.

  • En primerísimo lugar están las endemoniadas motocicletas que circulan día, noche y madrugada por toda la ciudad en los lugares menos pensados: accesos peatonales, parques y por supuesto en las apretadísimas callecitas de la medina. El smog que estas motocicletas producen en espantoso, no se imaginan la cantidad de mocos y lagañas que una persona puede llegar a producir después de una tarde en los Souks rodeado de motocicletas.
  • La calidad del aire en Marrakech es muy mala. Yo lo atribuyo a una concentración de gases provenientes de los vehículos que, me imagino, carecen de control medioambiental alguno. Se sienten de inmediato los efectos de la contaminación del aire, la tos ronca por la noche, la nariz congestionada por la mañana.
  • No sé qué llegué a odiar más, si a los taxistas o a las motocicletas. Es insoportable el cinismo y desfachatez con la que los conductores de taxis gestionan el cobro de los traslados. Siendo Marrakech una metrópoli carente de apropiados servicios de transporte, las opciones de movilidad se limitan a un puñado de autobuses que sólo circulan sobre arterias viales importantes, los carruajes tirados por caballos que son carísimos o sujetarse a los abusos de los taxistas que llegan a cobrar 20 euros por un trayecto de 3 kilómetros, así como lo leen. Se siente la extorsión en el momento en que el taxista se niega a llevar a un pasajero que se queja del costo elevado y lo deja sin más, a medio camellón, con decenas de bolsas de compra, carriola y niño dormido.
  • La policía me causó una pésima impresión; corrupción descarada del más bajo nivel, chantaje, suspicacia y ganas de infundir temor. Si uno se descuida y a la menor provocación, aparece un policía queriendo abusar de su autoridad y de la ignorancia del turista para sacarse unos treinta euros.

 

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Lo escribí al principio y me siento obligada a repetirlo al final de esta entrada, Marrakech es una ciudad de contrastes, intensa, nunca tímida, absolutamente inolvidable. ¿Te atreves a visitarla?

 

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3 comentarios

  1. Siempre he querido conocer esta ciudad y ahora, con tu descripción y las hermosas imagenes ¡más ganas me dieron! / Gracias por compartirnos tus vivencias. // Un abrazo.

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