Temperamento: un rol esencial entre culturas

De acuerdo con Wikipedia, “…el temperamento es la peculiaridad e intensidad individual de los afectos psíquicos y de la estructura dominante de humor y motivación.” Para simplificar, el temperamento es el grupo de características que nos definen desde las etapas prenatales más tempranas. Los expertos afirman que el temperamento es incluso parte de nuestra herencia genética, determinado biológicamente, independiente del aprendizaje y de las influencias exteriores, y que además nos acompañará toda la vida, es decir, no podemos modificarlo. Lo complementan el carácter y la personalidad, sin embargo, ambas vienen después, moldeadas por los trajines de nuestra vida, nuestras vivencias y entorno.

 

 

Diferencia Cultural
Imagen bajo licencia de CC BY-ND

 

Desde que me mudé a Alemania hay una palabra que vive resonando en mi cabeza; “Temperamentvoll”. Siempre que entro en un nuevo círculo social hay alguien que, de una u otra manera, me lanzará esta palabra para referirse a mi manera de ser y, aunque el abanico de traducciones no es necesariamente negativo, a veces me pregunto si verdaderamente lo que ellos perciben es la realidad de mi temperamento o simplemente una diferencia cultural. En Alemania, a una persona que se define como “Temperamentvoll” se le asocia a vivacidad, vehemencia, apasionamiento e ímpetu.  Sí, es cierto, mi carácter es dominante, soy una mujer fuerte y profundamente apasionada en todo lo que hago, pero tampoco me considero una vikinga rebelde y descontrolada del siglo I, también conozco la mesura, la paciencia y disfruto mucho del silencio y la soledad. ¿Por qué a una persona de origen mesoamericano se le cataloga de inmediato como alguien volátil, sobre apasionado y arrebatado? ¿Es un estereotipo o una realidad genéticamente heredada?

 

Hace unos días tuve una junta en el jardín de infantes de mi hija y ahí, inesperadamente, volvió la palabrita a atormentarme, pero esta vez acompañada del adjetivo “agresividad”. Este calificativo me sobrecogió, entristeció e inquietó; nadie quiere estar asociado a un apelativo tan negativo como la agresión. Entonces, preocupada por mi reflejo en los espejos alemanes, me di a la tarea de investigar si mi temperamento es, de hecho, tan inestable como la dinamita o si sólo se trata de una más de las miles de diferencias culturales a las que estamos expuestos nacionales y migrantes.

 

Después de varias lecturas bastante interesantes, por cierto, la ciencia me ha ayudado a comprender la forma en que mis reacciones son interpretadas desde el lado alemán. Según la clasificación de Hipócrates, mi temperamento, aunque más o menos combinado, sería más sanguíneo que cualquier otra cosa; vivaz, receptiva, comunicativa, extrovertida, activa, intuitiva, altamente sensible y sí, un poquito descontrolada, son básicamente el núcleo que definen mi temperamento. Empero estas características no me convierten en una persona volátil, mucho menos violenta. El problema radica en la percepción que los alemanes tienen de mi forma de ser pues está basada en los estándares culturales a los que ellos están acostumbrados y expuestos desde la infancia, lo cual sí, en efecto, me coloca a mí o a mi temperamento en el terreno de lo exótico y lo voluble. Dado que el común denominador del temperamento alemán está regido por una fuerte determinación, tendencias claras a ser conservadores, tradicionales, ecuánimes y moderados, no es de extrañar que mi temperamento, el tono de mi voz y mis expresiones les resulten tan complejas de asimilar y que, por lo tanto, dejándose llevar por la predisposición al estereotipo, acompañen los adjetivos que me cuelgan de clichés aprendidos. No obstante, entender cómo me ven, no cambia la posición en la que a veces llego a encontrarme ante situaciones en las que definitivamente no puedo entrar en parálisis facial y hablar con murmullos. No voy a mentirles, es frustrante y muy difícil enfrentar algunos trances cuando no sé cómo me está analizando mi interlocutor. Y me ha pasado en las citas médicas, en las filas eternas, ante una injusticia o un reclamo, en el ámbito profesional y en el personal, cuando los debates son acalorados, que mi temperamento es malinterpretado. Esta diferencia cultural me tiñe de inseguridades y me obliga a frenar mi personalidad.

 

Entonces, los diferentes temperamentos que sí tienen un arraigo cultural, determinado por el lugar de nacimiento, juegan un rol esencial en la comunicación y no sólo desde un nivel personal, sino también profesional. Son tan marcados los diferentes tipos de temperamento cultural y colectivo que dan paso a los estereotipos, de los cuales muy pocas veces podemos escapar, especialmente cuando somos minoría.

 

La paradoja de todo este asunto es que yo me siento muy cómoda viviendo en Alemania, bajo las normas sociales y el estándar de vida, también es cierto que la gran mayoría de la gente, con la que me he topado en este hermoso país, me ha acogido con calidez, haciéndome sentir bienvenida y parte activa de la sociedad, entonces, ¿cómo sobrellevar aquellos percances culturales ocasionales? Yo creo que la respuesta está en la adaptación y en el auto control. Si bien no se puede moldear el temperamento, el carácter y la personalidad sí pueden ajustarse, claro todo con medida y con propósito. No puedo cambiar el tono de mi voz ni el lenguaje corporal, pero sí puedo detenerme a observar las circunstancias, tomar un respiro y reflexionar antes de abrir la boca (cosa que a mí me cuesta mucho esfuerzo; el dominio de mi propia lengua). Adicionalmente, como extranjero, uno está obligado a aceptar las condiciones del país anfitrión y siendo así hay que poner empeño en integrarse, eso sí, sin perder jamás la individualidad.

 

Es muy probable que no pueda sacudirme del todo la etiqueta de “Temperamentvoll” o de “Latina”, al menos no del todo, pero de ahora en adelante, sin lugar a duda, podré reaccionar más favorablemente a las grandes diferencias culturales que se esconden en los pequeños detalles.

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