Candados para el amor

No es casualidad que el amor sea una inagotable fuente de inspiración de innumerables leyendas, historias, poemas, música, arte y prácticamente cualquier expresión del ser humano y es que no podemos negar que el amor es avasallador, monumental, simplemente indescriptible, que nos inunda de sensaciones adictivas que nos empujan a quererlo conservar por siempre y a toda costa porque se siente bien vivir en amor, porque la alegría fluye y la tristeza se disipa, porque es el origen de la energía que nos motiva a alcanzar imposibles y porque sin amor la vida sabe a vacío. El amor es un bien ininteligible, que no tiene precio, pero sí un valor inmensurable; no por nada en la guerra y en el amor todo se vale.

 

Justamente en aras del amor y aprovechando que en este día se celebra, en buena parte del mundo, el día de San Valentín, es que quise indagar en una de sus manifestaciones más recientes y más populares. En muchas de las grandes ciudades europeas, incluida por supuesto Hamburgo, existe la costumbre de grabar candados con los nombres de dos personas que se aman y después colocarlos en la barandilla de los puentes más importantes de la ciudad, sellando así un pacto de amor que durará toda la eternidad o hasta que a algún burócrata o ingeniero estructural se le ocurra removerlos.

 

Pese a lo que se podría creer, esta usanza es relativamente contemporánea pues se extendió apenas hace unos cuantos años, particularmente en Europa occidental, aunque también ha llegado ya a Estados Unidos, Australia y Canadá. La procedencia e inicio de esta tradición tiene su lugar en el corazón de Serbia, en el poblado de Vrnjačka Banja. Ahí, a inicios del siglo XX, un par de años antes de que estallase la Primera Guerra Mundial, dos enamorados se profesaban un amor incontenible mientras daban paseos por la ciudad envueltos de romance e idealismo.  Ella se llamaba Nada y él Relja, ella era maestra y él un oficial de la Armada Real. Su lugar de encuentro favorito era un puente y fue justamente ahí, sobre las aguas del río, en donde Relja le pidió a Nada que fuera su mujer. Desde luego, ella aceptó convertirse en su esposa. Sin embargo, como sucede en toda historia de amor que merezca la pena contarse, los enamorados se vieron separados, obligados a sobrevivir obstáculos y vicisitudes para mantener su amor intacto. En cuanto la guerra dio inicio, Relja fue enviado a combatir  a Grecia.  El 15 de octubre de 1915 el ejército Astrohúngaro avanzó imbatible, destrozando a su paso el endeble frente serbio que no tardó en colapsar. Relja se refugió en la ciudad de Corfu y fue precisamente ahí en donde se enamoró de otra mujer. Sin duda alguna, ese amor fue más poderoso del que alguna vez habría sentido por Nada pues Relja terminó casándose con la guapa griega y nunca más volvió a la tierra que lo vio nacer.

 

Tengo la absoluta certeza de que nadie se muere de amor; sin embargo, sí podemos morirnos de pena y de desamor. Al sentir el desprecio y la indiferencia de Relja, Nada cayó en un tremendo estado de desolación que terminó con su vida. Así pues, Nada murió de mal de amores. Su muerte fue una trágica sorpresa para todas las chicas casaderas de la ciudad, quienes temiendo que semejante desgracia pudiera también acontecerles, decidieron elaborar un ritual que, a modo de amuleto, perpetuara sus amores tiernos y fue así como comenzaron a grabar sus nombres y los de sus enamorados en candados que posteriormente iban a cerrar a la barandilla del puente en donde antaño se habían reunido Nada y Relja. La llave de cada candado era arrojada al río con la intención de que se perdiera para siempre entre sus aguas, ya que también creían que si el candado llegaba a abrirse, el amor también quedaría libre, se moriría o mutaría hacia otra persona. Así nació la leyenda de los candados del amor.

 

Un par de décadas más tarde, la afamada poetisa serbia Desanka Maksimović escribió uno de sus más hermosos poemas titulado “Una Plegaria para el Amor” basado en la historia de amor de Nada y Relja y fue en ese momento en el que la historia se popularizó y el puente fue bautizado formalmente con el nombre de “Puente del amor”. No se sabe a ciencia cierta quién exportó esta historia, y las creencias que ella derivaron, al resto de Europa, pero a partir de los primeros años del siglo XXI la gente comenzó a sellar sus candados en los puentes y lugares emblemáticos de sus ciudades. Más pronto que tarde la práctica se viralizó a tal grado que ciertas estructuras sufrieron daños, obligando así a ciertas autoridades locales y nacionales a ponerle candados legales a los candados del amor. Los candados han sido removidos de algunas ciudades, en otras han sido calificados como actos vandálicos, insolentes e inaceptables, y en otras tantas ciudades hay incluso multas de hasta 35€ para quien ose fijar a un puente la representación de su amor. A mí, en lo personal me parecen bellísimos; adornos multicolores de formas variadas que adornan las ciudades con gotitas de amor.

 

El amor hay que vivirlo, con candados o sin ellos, cualquier muestra de afecto verdadero merece ser celebrada y presenciada. El amor es grande, el amor es bueno y el amor vive en ti.

¡Feliz día de San Valentín!

 

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Candados del amor colocados en el puente de Landungsbrücken en Hamburgo

 

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