Los tumba-sueños

Tumba Sueños
Esta fotografía está siendo utilizada bajo licencia de CC BY

Hace unas semanas me encontraba celebrando el cumpleaños de una amiga mía, ella venía acompañada de su sobrina, quien tiene ahora diecisiete años, y estaba de visita en Alemania haciendo un intercambio escolar. ¡Benditos diecisiete años! Los diecisiete son una edad muy especial porque la infancia ha quedado por completo atrás, el remolino hormonal más turbulento también y falta sólo un año para la ansiada mayoría de edad. Con diecisiete años ya contempla uno al mundo con menos dosis de drama y más porciones de realidad, ya hay autoconocimiento y, por supuesto, ya nos visualizamos en futuros lejanísimos. A los diecisiete años yo quería ser escritora, lo tenía clarísimo, aunque no sabía bien si mi camino me llevaría al periodismo, a las letras o a la filosofía, pero sabía que amaba escribir y que de eso quería vivir. Un año después, tras algunos meses de estire y afloje mental, decidí estudiar Relaciones Internacionales, metiendo así mi sueño en un baúl que tardaría veinticuatro años en abrirse.

 

Copas más, bailes menos, me puse a platicar con la poseedora de sus diecisiete años. Ahí estaba ella, con ojos enormes que observan atentos, que destellan anhelos, querencias y mundos por descubrir. Qué bonito es ver a alguien que sonríe y habla sin la memoria de los sueños incumplidos ni de los corazones rotos, qué bonito es presenciar la humildad de la inocencia y de las posibilidades que se abren paso sin que nadie las detenga, qué bonita es la ilusión ininterrumpida y la devoción al porvenir. Al verla, me di cuenta de que yo hacía muchísimo tiempo que ya no miraba así y, aunque es coherente, pues los años no pasan solos, se acompañan de vivencias que te moldean y te marcan para siempre, también es triste haber tenido que despedirse del yo-poderoso. A lo largo del camino, yo le había cedido a alguien y a algo las facultades para crear mi destino. Fue una renuncia inconsciente que llegó a consecuencia de toda la información recibida y así, fui yo quien le dio permiso a los demás para ensuciar mis fantasías a tal grado que, durante mucho tiempo, se me olvidó a qué sabe soñar.

 

En el vaivén de la plática terminé por preguntarle qué quería hacer en la vida y me contestó con mucha honestidad que aún no lo sabía y que estaba evaluando sus posibilidades. Recordé entonces que, a su edad y durante un año entero, esa también fue mi frase. Yo sabía en lo que quería convertirme, pero me habían repetido tanto que había que estudiar algo que diera de comer que verdaderamente me pusieron en una encrucijada, justo a mis diecisiete años. En ese momento, cuando eres aún un adulto joven a medio pelar, visto como incapaz de escoger a sus gobernantes ni mucho menos consumir alcohol o ir a bailar al club de moda, la sociedad te obliga a elegir a lo que vas a dedicarte los siguientes cincuenta años de tu vida. Y la presión es descomunal, dando paso a la manifestación de los tumba – sueños, que no son otra cosa más que personas u opiniones o figuras de influencia que, aunque bien intencionadas, con conocimientos o por tu bien, te repiten; “Elige bien.”, “Mira qué bien le va a fulanito.”, “Al hijo de tu tía Martha ya lo mandaron a capacitarse a Estados Unidos.”, “Qué mal le está yendo a Perenganito, si se hubiera quedado con el negocio familiar otra sería la historia.”, “En el New York Times salió un artículo que afirma que las carreras del futuro son…”, “En el programa de las once, dijo el periodista Menganito que los profesionistas que mayores ingresos perciben son…”. En el momento en el que permites la entrada de esos mensajes a tu tierno cerebro, en ese momento, ha muerto uno de tus sueños. Entonces, dejándonos empujar por la comunicación externa, terminamos estudiando algo que, si bien nos llama la atención, está muy lejos de ser aquello en lo que habíamos soñado. A pesar de lo perdido, seguimos nuestro nuevo camino con mucho ánimo y nos atrevemos a catafixiar nuestros anhelos por objetivos. Así continuamos coleccionado logros, aspiraciones, promociones y mejores sueldos, sumidos en un letargo normal, bien acomodados en una rutina que comienza a las seis de la mañana y que culmina cuando vamos apagando, una a una, las luces de la vivienda que aún estamos pagando a crédito. Muy esporádicamente, sobre todo en las reuniones con amigos de la adolescencia, nos acordamos de eso que un día quisimos ser y tras un suspiro empapado de nostalgia nos arrastramos a proseguir con la vida que nos construimos. La monotonía a veces sabe bien porque también hay éxito, victorias, noticias buenas, nuevos amigos y muchos pasos hacia una adultez más madura y todo marcha bien hasta que un día la vida te sacude, haciendo retemblar tu suelo, y a bofetadas te arroja a ver dentro del baúl en donde están todos tus sueños de los diecisiete.

 

¡Haz lo que más te guste en esta vida! Si no lo haces, después es muy difícil volver atrás.”, fue el comentario que le lancé cuando terminó de contestar a mi pregunta. Se lo dije con tal pasión que parecía que me lo decía a mí misma porque quizá yo también necesitaba gritarlo para que no cupiera la menor duda. Hace dos años tuve el valor para abrir el baúl en donde encerré mis anhelos, cuando reconocí lo mucho que había extrañado escribir, decidí dejar todo para invertir en mi sueño. Tomé mis ahorros y un puñado de ideales para volar en otra dirección. Tuve que descubrir toda una industria, investigar, aprender, tomar cursos, leer y readaptarme a las nuevas circunstancias, y después de un tiempo de preparación, extendí las alas y di mis primeros vuelos. El sobrevuelo ha sido extraordinario y no me arrepiento ni por un segundo de haberme arriesgado. Ha sido de las mejores aventuras en las que he participado; he conocido mucha gente impresionante, he aprendido que nadie se rinde cuando hace lo que ama, he recibido el cariño incondicional de muchas personas y he puesto un empeño y una energía que no sabía que poseía. La mayoría de mis días son muy buenos y cuando llegan los malos y aparecen los tumba–sueños, tomo valor y fuerza y los rechazo con la misma contundencia con la que sigo hacia adelante. Siempre habrá alguien que venga a decirte que no es posible, que las estadísticas no mienten, que las probabilidades van en tu contra. Siempre habrá un artículo, un ensayo, una opinión, una situación, un incidente o incluso las voces de tu mente que te harán confrontar a tus instintos, obligándote a reconsiderar, a dudar, a temer y a querer desistir. ¡No lo hagas! Si cuando vuelas sonríes, persiste. No permitas que nada ni nadie te arrebate tu destino.

 

Si algo me ha quedado claro, en estos dos años, es que tu yo-de-los-diecisiete jamás te abandonará por completo y si no estás realizando tu sueño y viviendo lo que a esa edad visualizaste, volverá para recodarte que aún hay tiempo, que sí se puede, que tu camino está en otro lado. Así que, si querías ser bailarina, ¡baila!, si querías ser chef, ¡enciende la hornilla!, si quieres ser escritor, ¡escribe!, si quieres ser actor, ¡ve y súbete al escenario!, si quieres ser modelo, ¡construye tu propia pasarela!, si quieres filmar una película, ¡hazlo!, si quieres tocar un instrumento, ¡hazlo!, si quieres cantar, ¡por el amor de Dios, hazlo! Sal a derribar tus propios tumba–sueños y sobre sus escombros construye el destino que cediste a los diecisiete años.

 

Tumba Sueños 3
Esta fotografía está siendo utilizada bajo licencia de CC BY

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