Binacionalidad: ¿Convicción o conveniencia?

Ya sea por lazos parentales o por la ubicación geográfica de nuestro natalicio, en el segundo en el que nacemos obtenemos, al menos, una nacionalidad. Con el paso del tiempo, gracias a lo que nuestros padres o tutores nos transmiten o a lo que aprendemos en el país de residencia, la nacionalidad se vuelve una cuestión de pertenencia, de orgullo patriótico y de identidad. Nuestra nacionalidad se convierte entonces en un concepto que se asocia a nuestro origen y, aunque se posean varias, siempre habrá alguna con la que nos sentiremos más vinculados. Para quienes pasamos la mayor parte de nuestras vidas con una sola nacionalidad, el lazo es más fuerte y más evidente, y es lo que nos diferencia del resto del mundo y de las otras culturas, y normalmente también está adscrito al idioma que hablamos, a la historia que presumimos, a los vestigios y legados que nos enorgullecen, a la comida que extrañamos y al entorno en el que nos sentimos a gusto. Cuando emigramos, añoramos la tierra que nos dio las características que nos distinguen y con frecuencia buscamos acercarnos a nuestros paisanos que también residen en el extranjero. Es un sentimiento muy natural, incluso lógico y congruente, pues aprendimos desde pequeños a amar nuestras raíces.

 

Cuando la migración a otro país es definitiva nos enfrentamos a una decisión que no siempre es fácil de tomar. A partir de 1998, de acuerdo con las modificaciones hechas al artículo 37 constitucional, ningún mexicano por nacimiento podrá ser privado de su nacionalidad, a menos que, voluntariamente, inicie el trámite de renuncia. Esto quiere decir que los mexicanos, por ley, podemos contar con doble o múltiple nacionalidad. Es un alivio saber que, para nosotros, ya no es necesario renunciar a una nacionalidad para obtener otra, sin embargo, para muchos migrantes sí es un requisito indispensable, así como lo fue para muchos mexicanos antes de normativizar la no pérdida de la nacionalidad a través de la nueva Ley de Nacionalidad publicada en el DOF en enero de 1998.

 

Yo no me puedo imaginar un escenario en el que yo tendría que redactar una carta renunciando a todos mis derechos y obligaciones como mexicana, pero, sobre todo, no podría concebir jamás no ostentarme como mexicana. ¿Por qué? Porque constituye, para mí, una cuestión de lealtad nacional y porque es mi identidad. Justamente por esto, cuando se me presentó la disyuntiva entre continuar viviendo en Alemania con residencia permanente o iniciar los trámites de naturalización, tuve que pensármelo dos veces antes de tomar una resolución. La mayoría de las personas que yo conocí y que se nacionalizaron alemanes, adquirieron la ciudadanía como si de un paquete de beneficios se tratara, sin considerar que, así como se obtienen derechos, se nos adjudican también obligaciones. Siempre que se discute la posibilidad de iniciar el trámite de naturalización, se habla más sobre “las comodidades” de obtener “el pasaporte” pasando por alto la raíz y el objetivo de poseer una nacionalidad como tal. Lo que mucha gente no sabe es que una vez que se adquiere la doble nacionalidad, las reglas de protección consular cambian dependiendo del país en donde estemos. Para decirlo más fácilmente y abreviando, mientras un ciudadano esté en México estará sujeto a las leyes mexicanas como nacional mexicano y no podrá contar con ayuda consular de su otra nacionalidad, asimismo, mientras esté en el país de su otra nacionalidad no podrá contar con ayuda consular mexicana y estará sujeto a las leyes del país de naturalización como cualquier otro ciudadano de ese país. Especialmente este punto es el que me hizo detenerme a estimar todo el escenario.

 

Estuve reflexionando varios años antes de decidirme por aplicar para la ciudadanía alemana y en ninguna parte de mi proceso de análisis estuvieron presentes las filas en la oficina de migración ni la conveniencia de viajar libremente por todos los países miembros de la Unión Europea ni las garantías sociales ni el ahorro de trámites y papeleo. Para mí siempre fue una cuestión de convicción. ¿Estoy realmente convencida de querer ser alemana? Fueron cinco años de estire y afloje mental. En teoría yo podría haber aplicado para la ciudadanía hace cinco años, pero lo pospuse por varias razones. En primer lugar, quería obtener la nacionalidad por mérito propio y no porque mi marido fuera alemán y posteriormente porque mi hija lo fuera también, quería hacer el trámite cuando a mí me correspondiera, sin privilegios por estar casada o ser madre de un ciudadano alemán. En segundo lugar, quería sentirme lista para amar a este país de la misma manera en la que amo al que me vio nacer. Y finalmente, quería ganarme la nacionalidad para poderme sentir orgullosa, para identificarme y pertenecer, y por supuesto para entregarle mi lealtad a esta tierra en igual medida en la que se la he entregado a México. Así que cuando finalmente me supe lista para asumir la responsabilidad de una segunda nacionalidad, me faltaba algo por hacer, certificar el idioma.

 

Dicen que la llave para la integración es el idioma y ¡vaya que lo es! Aprender alemán fue un reto enorme para mí porque la lengua es muy compleja. Las estructuras gramaticales, la declinación en los casos acusativos, dativos y genitivos, el exceso en el empleo de preposiciones para verbos, adjetivos y sustantivos, el uso confuso de auxiliares y tiempos verbales hacen del alemán un verdadero enredo matemático. Adicionalmente, los alemanes están muy orgullosos de su lengua y por eso es un requisito inmaterial para poderte mezclar y ser aceptado por la sociedad. Alemania es la tierra de pensadores y poetas.  En alemán se han escrito obras preciosas que son hoy atesoradas en el mundo entero, así que dominar la lengua era una prioridad para mí, no sólo por la convivencia sino por el peso que tiene el idioma en este país. Una vez que pude certificar el nivel C1 de alemán, me sentí lista para iniciar con los trámites de naturalización.

 

Los tramites tardaron aproximadamente ocho meses y me pidieron muchísimos documentos. Afortunadamente mi solicitud fue aprobada sin contratiempos y tras haber aprobado el examen de ciudadanía que fue, honestamente, muy sencillo, sólo tuve que esperar la fecha de liberación del certificado de ciudadanía.

 

Un día recibí una carta para que me presentara en las oficinas de naturalización previa cita. He de decirles que me sentía nerviosa, me arreglé especialmente para la ocasión y me preparé para un acto solemne. La realidad es que fue una entrega de documentos muy sencilla y carente de ceremonia. El delegado que llevó mi caso me recibió en su oficina, me pidió que le entregara mi credencial de residencia y después me entregó un folder con mi certificado de nacionalización. Me explicó algunos pormenores legales y después me estrechó la mano diciendo “a partir de este momento es usted tan alemana como yo, como su esposo, o como cualquiera de nosotros”. A pesar de no haber sido una entrega pomposa y elegante, para mí fue un momento muy emotivo porque en ese momento mi corazón se dividió en dos. Mi pasado, mis raíces, las memorias de mi infancia, los recuerdos y las vivencias que me formaron siempre le pertenecerán a México. El presente y el futuro, las expectativas, las decisiones, los cambios, los amigos nuevos, la familia que he formado y mi entorno actual le pertenecen ahora a Alemania. ¿Se puede amar a dos patrias? Sí, se puede. ¿Se puede uno entregar con fervor a un nuevo suelo? Sí, se puede.

 

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Hace semana y media asistí a un evento organizado por la ciudad de Hamburgo. El alcalde / gobernador (Hamburgo es una ciudad – estado) dio un discurso emotivo para darnos la bienvenida a los nuevos ciudadanos, finalizó diciendo: “Alemania es mi hogar, Hamburgo mi puerto”. Realmente lo he sentido así; este país es ahora mi casa, me he integrado, pertenezco a la sociedad y me siento muy orgullosa de haber dado el paso hacia la binacionalidad.

 

Hoy mi corazón palpita con dos himnos nacionales, con dos banderas, con dos símbolos nacionales; soy, orgullosamente, germano-mexicana.

 

 

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