Expatriadas Trabajando

En los últimos días me he reunido con algunas mujeres con quienes sostengo fuertes lazos de familiaridad. Más allá del cariño, nos une la amistad y un sinnúmero de afinidades y coincidencias. Entre el ir y venir de tazas de café, hay siempre un tema recurrente en nuestras pláticas: el escenario laboral.

 

 

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A los veintidós años, la mayoría de nosotras tenía muy claro a lo que nos íbamos a dedicar profesionalmente el resto de nuestras vidas. Gozábamos de esa certeza porque fuimos nosotras quienes elegimos esa carrera, quienes nos emocionamos en cada cierre de semestre, imaginando nuestro futuro, y fuimos nosotras las que nos esforzamos y empeñamos noches enteras de estudio para fraguar un camino exitoso. Sin embargo, un día cualquiera, se entrometió el destino para arrancarnos de nuestros sueños tiernos y lanzarnos a una realidad frustrante y decepcionante. Ese día despertamos en el extranjero, sin mayores armas que un idioma, un par de manos desnudas y una montaña de ganas. Lo que planeamos, cuidamos, cultivamos y logramos con tantos esfuerzos, ahora, del otro lado del mundo, carece de valor. Las abogadas, las médicas, dentistas, veterinarias, psicólogas, las arquitectas, las comunicadoras, las administradoras y todas las demás, nos miramos al espejo una mañana para descubrir que nuestras habilidades requieren de certificaciones, de estudios complementarios, y que están sujetas a condiciones, revalidaciones, homologaciones, trámites y barreras burocráticas.

 

Muchas de nosotras, además de profesionistas, somos madres y eso aumenta aún más la distancia entre el trabajo ideal y las responsabilidades en casa. En ese momento todo pareciera convertirse en una prioridad de la cual no podemos escapar y elegir de entre las propuestas del mercado laboral local es una misión imposible porque la selección entre el desarrollo personal y la maternidad implica sacrificios y ausencias. ¿Qué me puedo permitir abandonar?

 

Hay muchas razones por las que las expatriadas decidimos lanzarnos a la búsqueda de un empleo en tierras ajenas. Muchas necesitan el empleo para subsistir, otras quieren mantener su independencia financiera, apoyar a su pareja, ahorrar, contar con un ingreso adicional, mantenerse ocupadas y activas, o sentirse útiles y apreciadas en su comunidad. Sin embargo, con mucha frecuencia nos topamos con la desesperación y en el afán de encontrar trabajo nos dejamos arrastrar hacia empleos con sueldos raquíticos, con condiciones laborales abusivas y con horarios extendidos no pagados. También caemos en las garras rapaces del trabajo independiente en plataformas de internet o peor aún en las empresas multinivel. De cualquier manera, nos impelemos con ímpetu al trabajo, aunque las tarifas pagadas sean ridículas o el esfuerzo invertido sea mayor al cheque recibido. Al final, nos vamos enredando en un círculo vicioso que rápidamente nos lleva a una depresión ingente.

 

Unos años, unos golpes y unas lágrimas después, nos damos cuenta de que sólo hay dos opciones; perseverar en el intento de ejercer nuestras profesiones, aunque eso signifique regresar al inicio de nuestros años universitarios, o transformarnos, despellejándonos de todo anhelo y expectativa para reubicarnos en otro escenario, con otras virtudes y otras habilidades. No es de extrañar que muchas de nosotras hayamos tenido que reorientar nuestros talentos, descubriendo que además del derecho, las finanzas, las matemáticas o la ciencia, también somos buenas en el arte, la cultura, el emprendimiento, las letras, el cine, la fotografía, la costura, la repostería o la cocina.   Pero no es sencillo virar 360° un proyecto perfectamente trazado y concebido durante la adolescencia, no es fácil buscar destrezas escondidas en pasatiempos olvidados, ni tampoco es ligero el hallazgo de nuevas pasiones. Por el contrario, esta metamorfosis supone pérdidas, desapegos, duelos, búsqueda de identidad, sentido de pertenencia y finalmente un vacío que nos lleva a cuestionar para qué somos buenas. Confieso que en este proceso yo me he sentido inservible, vieja, estorbosa, invisible y devaluada. Me he preguntado mil veces por qué mejor no estudié turismo o traducción, interpretación, docencia, incluso gastronomía. Me he arrepentido tanto, que muchas veces tuve ganas de regresar en el tiempo para cambiar de carrera, pero también reconozco que, aunque ahora mis estudios, especialización y experiencia no me han servido de mucho, probablemente volvería a tomar la misma decisión porque en aquel momento elegí mi carrera con base en las circunstancias de ese tiempo y sin saber que la vida me tenía preparado otro sendero. Lo justo es decir que yo sí disfruté mi carrera y sí tuve mi dosis de éxitos, quedando sólo por aceptar que el fracaso llegó cuando me mudé al extranjero.

 

Cuando el panorama cambia, no nos queda más que adaptarnos a él; “renovarse o morir.” “Estoy estudiando y capacitándome en áreas que me pueda llevar a todo el mundo”, comentaba mi amiga mientras pasaba el tenedor por la rebanada más perfecta de New York Cheesecake. Ella tuvo que renunciar a la abogacía y ahora se dedica a la enseñanza. Sigue sumando herramientas que pueda meter en la maleta y que le sean de utilidad en cualquier parte del mundo. ¡Tiene mucha razón! Por tremendo que parezca y pese a la tristeza que implica despedirnos de nuestra amada profesión, lo más inteligente, práctico y reparador que podemos hacer es elegir otra ocupación y asegurarnos de que ésta tenga rueditas.

A esta conversión o reajuste de competencias los alemanes le llaman “Wiedereinstieg” (reinserción) o “Berufswechsel” (cambio de profesión). La primera corresponde a quienes, por diversas cuestiones, dejaron de trabajar más de un año y buscan reinsertarse en el mercado laboral, y la segunda corresponde a quienes, debido a diferentes circunstancias, deciden cambiar radicalmente el giro de sus profesiones. En los dos casos, el temor a lo que viene después puede realmente bloquear el futuro de una persona y por eso ambos conceptos forman una industria que se compone de cursos, clases, capacitación, orientación y talleres dirigidos a ayudar al solicitante a transitar por esa vía espinosa y confusa que lo llevará al trabajo de sus sueños. No es fácil sentarte a rediseñar tu vida a la mitad del camino porque después de los treinta y cinco la sociedad te exige consolidación. Encarar una revolución como ésta significa muchas horas de introspección, estar en paz con un pasado que ya no te pertenece y contar con los estímulos necesarios para instruirte, capacitarte, readaptarte y enamorarte de un nuevo oficio o campo de trabajo. ¡Es un verdadero laberinto!

 

Hace dos años, después de un estire y afloje brutal, apaleada por el tipo de cambio y las diferencias de horario entre Europa y América, desmotivada por la situación económica y harta de trabajar sin entusiasmo, decidí romper con diez años de esclavitud. Después de tomarme el tiempo justo para desvincularme, para lamentarme y para aflojarme las ataduras, estoy lista para lo que sigue. Justamente ahí, en frente de ese abanico de posibilidades, es en donde yo me encuentro ahora. Evaluando ventajas y desventajas, pasiones y rentabilidad, estadísticas y corazonadas. En enero tendré mi primera cita en la Agencia para el Trabajo, que es la dependencia gubernamental en Alemania que se encarga de asesorar, encauzar y adiestrar a las personas económicamente activas de regreso al mercado laboral. Más o menos tengo ya una idea de hacia a dónde quiero dirigir mis pasos, también me queda claro qué caminos no quiero volver a recorrer, pero, sobre todo, después toda esta marcha en picada, el horizonte se aprecia límpido y yo me he recargado de energía. A fin de cuentas, no nos queda de otra, hay que mirar hacia adelante pues los caminos sólo se abren en esa dirección.

 

No sé qué nuevas aventuras me esperan en los meses por venir, pero de algo estoy muy segura, mi valor y mis talentos volverán a florecer.

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