Un Día de Muertos en el extranjero

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Es imposible que no me acuerde de mi niñez y de mi adolescencia cuando se acerca el Día de Muertos. El 1ro de noviembre anuncia la llegada de los que siguen siendo de los nuestros, aunque hace mucho o poco hayan dejado ya este mundo. Esta es una de las celebraciones más hermosas de mi país y a pesar de que su colorido y significado atrae a muchísimos extranjeros a visitar las ciudades más emblemáticas en donde las fiestas a los muertos tienen lugar, es inasequible para alguien que no haya nacido en México, comprender por completo lo que esta fecha realmente significa para nosotros. Es el día en el que volvemos a estar juntos, aunque no podamos vernos. No es un día para recordarlos, es un día para revivirlos.

 

Esos años ya perdidos, que tejen recuerdos en mi memoria, desempolvan los aromas y las vivencias de esta fecha. Allí está mi mamá, apresurada, llevándome casi a rastras al mercado para comprar cantidades exuberantes de flores de cempasúchil, crisantemos blancos, dalias y algunas azucenas. Caminaba de puesto en puesto, inspeccionado la fruta, la verdura, el papel picado, el incienso y todo lo que llevábamos se compraba por kilos, no manojos, no cuartitos, ¡kilos! Gracias a Dios no siempre poníamos altar en casa, pues cada año se celebraba en una casa distinta. Era como una especie de juego de azar mezclado con compromisos y potestades. Algunos años se organizaba todo en casa de mi abuela materna, otros tantos años en casa de alguna de mis tías, y cuando mi mamá perdía en esa ruleta rusa familiar, se celebraba en casa y entonces, después del mercado, había que realizar compras diversas, tener la ofrenda lista y la mesa servida. Sobre el altar se desplegaban uchepos, corundas, camote en dulce, frijoles puercos y dulces típicos. En esos días mi mamá iba y venía, enfaenada y abrumada con los preparativos. Siempre se olvidaba de comprar algo y cuando eso sucedía, a última hora, era el turno de mi papá, quien salía diligente y presuroso a salvar la velada. Pero antes de que pudiésemos sentarnos a la mesa, una visita al cementerio era obligada. Ahí nos reuníamos con el resto de la familia. Recuerdo haber visto a mi mamá y a mis tías entregarse a la labor de limpieza de las tumbas, quitando hierba mala, aseando lápidas, poniendo flores, velas y algunas veces fotografías. Después venían los lagrimones de todas y finalmente las anécdotas y los “si mi papá viviera”. Una vez que mi abuela había quedado satisfecha, volvíamos al lugar de la reunión y comíamos en familia. Un par de horas y pláticas eternas después, se servía el chocolate o el atole de guayaba con el pan de muerto. Al otro día íbamos a la iglesia a escuchar la misa ofrecida a los fieles difuntos y posteriormente repetíamos la comilona y las historias del día anterior.

 

 

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Al recordar esos días, me invade la nostalgia porque algunos años después se nos acabó la algarabía. Se terminó porque ciertas pérdidas te agujerean el corazón, porque recordar duele tanto que es insufrible, porque quien se nos fue era el alma entera de la familia y su muerte fue atroz, una verdadera tragedia. Mi mamá nunca se repuso a la muerte de su hermana menor y mi abuela, quien siempre fue una mujer vigorosa y dura, se desbarató en mil pedazos, propiciando así el inicio de su propia partida. Se acabó la tradición y el atole de guayaba. Cuando aquella desgracia espantosa sucedió, se decidió exhumar los restos de la familia, cremarlos y depositarlos en criptas de la iglesia La Inconclusa en la ciudad de Zamora, en el estado de Michoacán. Con la muerte de mi adorada tía Mimis, concluyó la celebración en nuestra familia. A partir de aquella ocasión, la muerte se convirtió en una cosa muy triste.

 

 

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Han pasado casi veinte años de aquel evento y fue mi hija la única capaz de hacerme volver a conmemorar este día, incluso me atrevería a decir que a celebrarlo. Hace ocho años que vivo en Alemania, así que nuestro altar es sencillo y pobre de elementos, pero hay una cosa que me enorgullece, está hecho con nuestras cuatro manos. Como antaño lo hizo mi mamá conmigo, me llevé a mi hija a una tienda de manualidades y compramos papel de china de varios colores, cartón, láminas de plástico, un mantel y velas. Dos semanas atrás comenzamos a trabajar en nuestro proyecto. En Alemania es virtualmente imposible conseguir flores de cempasúchil, así que nosotras las hicimos con papel de china, al igual que el papel picado con motivo de calavera. Con el cartón hicimos portarretratos que fueron pintados exclusivamente por mi niña. Unos días después nos dimos a la tarea de buscar entre las fotografías digitalizadas que yo tenía enterradas en algún disco duro de respaldo, y aunque me hubiera gustado poner a todos nuestros muertos en un marco, sólo encontramos dos imágenes que podían servir. Desde ese día la remembranza me ha rondado, llevándome a los días de familias grandes, mesas atiborradas de comida, de gritos y alegría.

 

Una vez con las fotografías seleccionadas, fuimos a imprimirlas en las medidas adecuadas y después las insertamos en los portarretratos y las cubrimos con láminas de plástico. Esta mañana pusimos las velas y una armónica y ya por la tarde mi esposo también contribuyó; prestó para el altar a su calavera mexicana favorita y fue él quien sirvió el tequila. Cuando quedó todo listo, le expliqué a mi hija lo que habíamos hecho y para qué servía la armónica y el tequila y aunque no entendía muy bien cómo es que alguien que ella no conoce, volverá para tocar una canción y se beberá el contenido de aquel vaso pequeñito, se emocionó mucho cuando compartimos un par de anécdotas. Cenamos sin mucha ceremonia y apenas con un par de recuerdos, y fue ahí, a la mitad de la cena, cuando realmente extrañé esas jornadas agotadoras de Día de Muertos. Aquí hace falta algo; hace falta ruido, carcajadas, multitud y abrazos.

 

Ahora que ella duerme y que la calma reina en la estancia, observo la ofrenda y me pregunto si realmente vendrán mis muertitos. ¿Podrán llegar a este lado del Atlántico? ¿Estarán aquí para verme convertida en la mujer que soy ahora? ¿Me perdonarán el no haberme atrevido a invitarlos en todos estos años? ¿Vendrán a verme y me tomarán de la mano? Me gustaría que sí, que vinieran y se quedaran un buen rato, aunque no haya puesto caña, ni mandarinas, ni pan de muerto. Lo que yo daría por que estas velas sean capaces de guiar e iluminar su camino y después cerrar los ojos y estar con ellos, con los que ya se fueron, en México, compartiendo un chocolate calientito.  Cómo me gustaría escaparme, aunque sea por un instante, de esta tierra que no sabe ni entiende de altares, de pétalos anaranjados y calacas púrpuras.

 

Esta noche abriré los sentidos y los recibiré con el mismo cariño con el que los quise en vida.

 

¡Bienvenidos!

 

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2 comentarios sobre “Un Día de Muertos en el extranjero

  1. Que bonito texto Karen ♥️ Como se extraña esa algarabia como bien dices de familias grandes y mucho de todo, mucha gente, mucha comida, mucho bullicio, risas y lágrimas al recordar a los nuestros, te cuento que hace un par de años perdimos a mis suegros, yo en lo personal había vivido la pérdida de tres mis abuelitos y realmente se van los pilares de la familia, desde luego fue muy triste pero siempre vivirán en nuestro recuerdo, volviendo a las pérdidas más recientes, ha sido muy difícil este trance del duelo sobre todo y por supuesto para mi esposo, simplemente ellos descuidaron su salud y su partida fue la grave consecuencia, en los 5 años acá en GA he procurado un pequeño altar para recordarlos y dos años atrás pues ha sido casi obligatorio, pagar el precio por vivir lejos es alto. Queda ese consuelo al encender esa llama y pensar que los guiará en su camino y que sepan que son recordados con mucho amor.
    Feliz Día de muertos 💀 ✝️

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