La Heroína de Huichapan

En nuestra guerra de Independencia participaron miles de mujeres, aunque nuestra historia nos habla casi exclusivamente de Leona Vicario y de Josefa Ortiz, dejando en el olvido las vivencias de cientos de combatientes que dejaron la vida en la búsqueda de la emancipación de nuestro país a lo largo de una década de contienda.

Los libros han estereotipado la participación de estas mujeres, relegándolas a papeles secundarios y casi domésticos, retratándolas como acompañantes y coadyuvantes de la lucha de los insurgentes, sin embargo, los roles que jugaron fueron mucho más importantes. Muchas de ellas se desempeñaron como soldados, como espías, como dirigentes bélicos, como líneas de correspondencia y como estrategas. En honor a todas ellas, a quienes la historia ha determinado ignorar, les regalo un relato inspirado en la captura de Altagracia Mercado. En una época en la que a todos los rebeldes se les fusilaba sin misericordia, Altagracia, también conocida como la heroína de Huichapan, salvó la vida gracias a su indescriptible valentía.

 

¡Felices Fiestas Patrias! ¡¡Qué viva México y sus mujeres!!

 

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La tarde ya llegaba a su fin en el Valle del Mezquital, empero el sol aún alcanzaba a iluminar a las nopaleras que le servían de refugio a Altagracia. Protegida entre las espinas de las pencas, esperaba a que volviera Ignacio. De pronto lo vio levantar polvo, mientras se arrastraba entre los escombros, hasta llegar a ella.

-Están por todos lados, señora –le informó en cuanto estuvo a su lado.

 

Ignacio jadeaba, todavía en el suelo, mientras se sobaba discretamente la pierna derecha, en donde llevaba un torniquete mal hecho con el retazo de alguna enagua. La miró, esperando sus instrucciones. Altagracia inhalaba profundo, levantaba la vista al cielo y tragaba saliva.

-Tenemos que irnos ya. Nos vienen pisando los talones –dijo Ignacio, interrumpiendo su cavilación.

-Vete tú. Junta a los que hayan quedado y jálense pa’l monte. Qué sea lo que Dios quiera.

-No, señora. Si se queda, la van a fusilar.

-¿Qué más da ya? –Altagracia lo miró con determinación –. Vete, apúrate, que ya mero anochece.

 

Ignacio se despidió, le estrechó la mano y le regaló una mueca de respeto y de orgullo patriótico. Siempre supo que no habría manera de convencerla, que ella no era de las que se rajan, que ella se quedaría y que moriría peleando. Obedeció la última de sus órdenes, se desplazó por la tierra como una culebra, alejándose de su coronela, para perderse en los arbustos áridos del cerro.

Altagracia esperó hasta haberlo perdido de vista y entonces se fajó el machete en el rebozo colorido que llevaba atado a la cintura, y ciñó en el puño su fusil. Se tomó un minuto para apretar los párpados, para despedirse de la libertad, de la vida y de aquella época de rebelión y de anhelos. Habían sido los mejores años de su vida y no se arrepentía de nada.

Casi siete años atrás había decidido sumarse a las fuerzas independentistas. El 16 de septiembre de 1810 el cura Hidalgo se había levantado en armas y cuando las noticias de Dolores llegaron hasta Huichapan, no dudó en dejarlo todo para seguir a los insurgentes. Ella misma, haciendo uso de sus recursos, financió la formación de un batallón; compró la artillería, reclutó a sus soldados, hombres y mujeres por igual, los entrenó y planeó las estrategias que la convirtieron en una aliada fundamental en el ahora estado de Hidalgo y sus alrededores.

Con toda seguridad extrañaría comandar a su gente y pelear con uñas y dientes contra el ejército realista, pero sobre todo echaría de menos la esperanza, esa que le venía con cada batalla ganada, cuando sentía que la patria con la que había soñado estaba casi al alcance de sus manos. Eso era lo que la había hecho continuar; la idea de una nación propia, a la que ella y todos los que con ella iban pertenecieran. Un país color vainilla, chocolate y canela, en donde indígenas, esclavos y criollos convivieran en condición de igualdad, en el que cualquier lengua mereciera la misma estima, ya fuera otomí, náhuatl, tarasco o castellano, un estado en donde todos tuvieran acceso a los mismos derechos sin importar su origen, oficio ni género.

Altagracia lograría ver su sueño hecho realidad, pero no esa tarde. Esa tarde del 24 de octubre de 1819, Altagracia estaba dispuesta a morir por la patria.

Ese día había visto la sangre correr. La mayor parte de su regimiento había sido brutalmente aniquilado y aquellos que pudieron escapar, se habían dispersado por el valle. En aquel ocaso, Altagracia estaba segura de que perecería y no quería hacerlo ante las balas del pelotón de fusilamiento. Por eso cuando escuchó el galopeo de los caballos y la marcha de la infantería, salió de su escondite. Llevaba los cabellos medio trenzados, enmarañados, cubiertos de tierra y hojas marchitas. Llevaba la blusa de algodón, de uso propio de los hombres, apenas abotonada, con las mangas largas, abultadas, roídas y manchadas de sangre ajena, la de sus hombres y mujeres, la de los acaecidos. Llevaba la falda acampanada, tejida de bayeta y bordada a mano, cuyo color púrpura se veía cansado pues había contemplado ya muchas contiendas y le había regalado sus olanes a las piedras, al lodo y a la tierra seca. Llevaba las botas, que algún día fueron negras, desgastadas y grises, casi aturdidas por sus andares, por sus corridas, por sus faenas. Esas botas cargarían a sus pies y a sus piernas y se apresurarían con ella una vez más hacia el enemigo. Salió gritando, “¡¡¡¡Viva México!!!!”, disparó su carabina hacia el cielo y se abalanzó contra el destacamento del ejército realista.

Fue sometida de inmediato. La sujetaron por los brazos y por el talle, la hicieron arrodillarse y le apuntaron con los mosquetes a la cabeza y al corazón. De entre los militares españoles se abrió paso su comandante, quería ver con sus propios ojos a aquella mujer. Ahí estaba, aprehendida pero no derrotada. Estaba viva y dispuesta a seguir, así lo demostró su pecho, que se agitaba con su respiración acelerada. “¡Qué coraje, qué valentía!”, pensó el jefe militar al contemplarla. Decidió entonces perdonarle la vida y así exclamó frente a sus hombres: “Mujeres como ella no deben morir”.

Altagracia Mercado fue trasladada a la Ciudad de México en donde fue enjuiciada y sentenciada a cuatro años de trabajos en prisión. Antes de cumplir su condena, el 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante desfilaba por las calles de la capital para celebrar el triunfo de la guerra de independencia y el natalicio de una nueva nación: México.

 

Relato inspirado en la vida de Altagracia Mercado durante sus años de insurgencia al servicio de las fuerzas independentistas.

Dedicado a ella y a todas las mujeres que nos dieron patria y libertad y a quienes la historia de México decidió olvidar.

¡¡Qué viva siempre México!!

 

 

 

Referencias Bibliográficas

Fernández de Lizardi, José Joaquín (1962). Folletos, 1824-1827. Ciudad de México: UNAM. p. 314. ISBN 9789683641595.

Meza Escorza, Tania (15 de septiembre de 2010). «Altagracia Mercado, excluida de la rotonda».

Meza Escorza, Tania (13 de septiembre de 2016). «Altagracia Mercado, la independentista hidalguense». Milenio.

2 comentarios

  1. Wow! Que historia! Cuantas mujeres de seguro como ella lucharon en ese entonces, a través del tiempo siempre habrán mujeres que quieran ser partícipes en algo y sobresalir, no por egos si no por que pueden, por qué tienen con que. Admirable Altagracia ❤️

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