Anécdotas: La solidaridad y la empatía alemana

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La vista desde mi balcón

Una de las razones por las que amo profundamente a este país, al que ahora llamo hogar, es por su gente. El pueblo alemán es solidario y empático por naturaleza. No sé si sea la idiosincrasia o el modelo de crianza, no sé si sea su historia, la que los compele a lavar con buenas acciones las manchas del pasado, lo que sí sé es que he tenido la oportunidad de recibir su generosidad.

En algunas ocasiones, cuando comparto mis vivencias con paisanos o cualquier otro grupo inmigrante, me disparan con miradas de incredulidad o tajantemente me contradicen, pero yo hablo desde mi experiencia y mi perspectiva. No he descubierto aún por qué la gente siempre es amable conmigo, puede ser porque yo soy extrovertida y porque sigo religiosamente tres reglas sociales; siempre saluda, siempre di gracias y por favor, y siempre sonríe. Quizá sea por eso que cuando salgo a la calle con frecuencia me encuentro con alguien que me devuelve el saludo o la sonrisa y que se anima a entablar una conversación conmigo. También es muy probable que mis circunstancias sean especialmente favorables porque la colonia en donde vivo parece más bien un pueblito, a pesar de estar ubicada en plena zona urbana. La mayoría de los vecinos rondamos por la misma edad, tenemos niños pequeños y contamos con la suerte de tener acceso a todos los servicios imaginables en un radio máximo de 600 metros. Por eso es que la mayoría de las actividades las hacemos a pie y debido a ello coincidimos habitualmente en el supermercado, la farmacia, la panadería, el quiosco, el jardín de infantes, la nevería, el parque de juegos, el pediatra, el dentista, la parada de autobús o en cualquiera de los restaurantes del área. Vivir en este lugar es sensacional porque he desarrollado un sentido de pertenencia; pertenezco a una comunidad maravillosa. Este sentimiento es nuevo para mí y es algo que jamás me sucedió en ninguna otra ciudad en la que haya vivido.

Como les he contado ya, la semana pasada me operaron, razón por la cual mi suegra estuvo apoyándonos con nuestra hija. Yo no me puedo mover mucho y todavía estoy bastante inflamada así que no puedo hacer muchas cosas con ella y no me gusta que esté enclaustrada en casa, sobre todo durante el cortísimo verano hamburgués.

Decidí no ventilar mi situación médica porque realmente no consideré que fuese necesario así que sólo un par de buenas amigas, que además son mis vecinas, saben que estoy guardando mi periodo de recuperación. En este contexto entran las dos anécdotas que quiero compartirles.

A mí me operaron el miércoles de la semana pasada, el viernes por la tarde ya estaba en casa. Dado que la cirugía fue por vía laparoscópica, yo me imaginé que para el lunes siguiente ya estaría lista para retomar algunas de mis actividades, entre ellas recoger a mi hija de la guardería. De este modo le pedía mi suegra que el lunes no viniera a ayudarme porque yo quería pasar la tarde con mi bichito. ¡Nunca lo hubiera hecho! Hasta el momento, y ya ha pasado semana y media, sigo siendo un caracol que se arrastra lento por las calles.

 

El lunes, como lo había previsto, fui a recoger a mi hija y tuvo la ocurrencia de salir corriendo como petardo ni bien pusimos un pie fuera de la guardería. Obviamente no la pude alcanzar. Le gritaba que se detuviera, pero no lo hizo. En nuestro camino de casa a la guardería pasamos al lado de un restaurante italiano que dirigen dos alemanes y un italiano, con ellos también apliqué mi regla de tres y por eso siempre que nos vemos, que en teoría es todos los días, nos saludamos. Ellos se percataron de que mi hija iba disparada hacia la calle, por donde sí pasan coches, y que yo estaba a lo lejos caminando con dificultad y llamándola. Dos de ellos, uno de los alemanes y el italiano, salieron de inmediato a cortarle el paso. Yo estaba como a veinticinco metros de distancia cuando vi que la habían detenido. Se pusieron a platicar con ella en lo que yo le daba alcance, y cuando me vieron jadeando, uno de ellos se metió al restaurante y me preparó un jugo, que por supuesto fue cortesía de la casa. Mientras yo me bebía el concentrado energético, uno de los dueños se fue a buscar una maceta para distraer a mi hija, y le enseñó a plantar unas semillas de mandarina que había guardado. El restaurante tiene dos árboles de mandarina a la entrada, plantados en unas macetas enormes que en invierno meten al restaurante. Mi hija estaba fascinada plantando sus semillas mientras el alemán platicaba conmigo y me decía que me bebiera tranquila el jugo, que la niña estaba bien y entretenida. ¡Invaluable! Ni siquiera sé cómo se llaman, no sé nada de sus vidas, ni de sus problemas, retos o vicisitudes, pero allí estaban ellos, como un par de ángeles, para darme un respiro y para cuidar de mi hija, posiblemente también para evitar un accidente. Sólo de pensar qué hubiera pasado si mi hija hubiera llegado a la calle, se me pone la piel de gallina.

 

Después del incidente del lunes, le pedí a mi suegra que pasara a recoger a mi hija el resto de la semana y así lo hizo. Ayer, jueves, se fueron toda la tarde al parque y luego la llevó a cenar. Llegaron a casa poco antes de las ocho de la noche. Yo creo que mi hija fue Romeo en otra vida porque tiene la costumbre de gritarme para que salga al balcón. Cuando sale con su papá o su abuela, ya cerca de nuestro edificio, comienza a gritar “mamáaaaaaaaa. Hola, mamáaaaaaa.” Ayer yo estaba viendo una película y no la escuché llamarme, así que no salí al balcón, pero mi vecina del piso de abajo sí la escuchó y se asomó. Desde su departamento, que está en otro ángulo, no se dio cuenta de que mi suegra estaba al lado de mi hija. Las dos estaban paradas sobre la banqueta. Total, mi hija y mi suegra subieron muy normales al departamento y cuando las oí llegar, salí a la puerta a abrazar a mi bichito. Estaba sentada en el piso porque se me hace más cómodo abrazarla así que doblarme hacia adelante mientras estoy de pie. Apenas le había quitado un zapato cuando veo que el elevador se abre y sale mi vecina en pijama, descalza y con su hija de cuatro años en brazos. La noté súper acelerada. Ella es médico internista, pues casi se me avienta a darme reanimación cardiopulmonar ja ja ja ja ja. Cuando se calmó nos contó que escuchó a MaVi gritándome, se asomó al balcón y no vio a ningún adulto con ella, fue a sacar a su hija de la cama porque estaban las dos solas y no la podía dejar en el departamento sin la supervisión de un adulto, y salió corriendo a la calle a buscar a MaVi. Cuando estaba frente a la entrada del edificio se dio cuenta de que mi hija ya no estaba y empezó a llamar su nombre. Al notar que no había respuesta y que mi hija no estaba, decidió subir a mi departamento para ver qué estaba pasando. La primera escena que ve cuando sale del elevador es a mi suegra deteniendo la puerta, yo en el suelo y mi hija abrazándome. ¡Se pegó un susto! Estuve a punto de darle un bolillo, pero nada más tenía pan de caja. Ja ja ja ja ja ja Ya después le conté que me habían operado y que obviamente no podía cargar los trece kilos que pesa mi hija y por eso estaba en el piso para poderla abrazar apretadito como a mí me gusta. En cuanto la adrenalina bajó, se rio mucho de lo sucedido.

No he dejado de pensar en lo afortunada que soy; dos empresarios dejan todo lo que están haciendo para auxiliar a una mamá en problemas y una vecina saca a su hija de la cama y corre descalza a auxiliar a una niña que presume en apuros. Esta es la calidad de la gente con la que yo me he topado en Alemania. Esta es la clase de seres humanos que engrandecen a esta nación. Estos son los arquetipos que quiero yo para mi hija. Estos son los superhéroes que transitan por nuestras calles todos los días. Siento una gratitud infinita. La próxima semana, que ya pueda moverme más, pensaré en algún detalle para retribuirles sus gentilezas. Quizá una canasta con frutas diversas o chocolates podría ser una buena idea. Mientras tanto me llevo estas acciones a la memoria del corazón.

2 comentarios sobre “Anécdotas: La solidaridad y la empatía alemana

  1. Si Karen, que fortuna! Es un gran alivio y te llena el corazón tener cerca personas así, en mi caso puedo contar solo con una amiga, que a pesar de no estar cerca siempre es muy incondicional, es mexicana así que es como de mi familia. Me gustaría mucho poder conquistar amistades que sean de aquí de Atlanta GA, la mamá de un amiguito de mi hijo es muy agradable y la estimo al igual que a su esposo e hijos, pero tengo un problema y es que el no saber bien el idioma me ha limitado muchísimo, no he encontrado la forma de practicarlo y me limito a hablar lo básico, en mi caso me hace feliz las sonrisas, un saludo y conversaciones cortitas en el camino, ya sea en mis caminatas o hasta en el súper, de siente bien que la gente sea empatica, cortes y educada. Definitivamente creo que ese es tu lugar, tu pequeño pueblito en una gran nación como lo mencionas. En hora buena por eso y a seguir disfrutando de ello con gratitud. Saludos y besos 😘

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    1. Mi querida Yesi, gracias por tu comentario. Sí que es difícil cuando uno no habla el idioma local, eso definitivamente te limita mucho y te puede desalentar, pero no dejes de intentarlo. El idioma llegará, tarde o temprano. A mí me costó 4 años aprender bien alemán y todavía tengo mis retos con el acento ja ja ja.

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