Una Aventura en Globo

Para el cumpleaños número treinta y ocho de mi esposo elegí como regalo un viaje en Globo Aerostático que sobrevolara la Ciudad de Hamburgo. Tuvimos que esperar más de un año entero para que este viaje pudiera realizarse, pues las condiciones del clima y sobre todo del viento juegan un papel muy importante tanto al despegue, durante la navegación, como al momento del aterrizaje.

He de confesar que cuando seleccioné este obsequio, pensé exclusivamente en regalarle una experiencia sin precedente en su vida. Quería agasajarlo con algo diferente que pudiera recordar por siempre en vez de darle simplemente una cosa que usar durante un periodo determinado de tiempo. Cuando tomé la decisión, nunca me imaginé que esta vivencia llegaría a ser fascinante.

No es ningún secreto que desde que el hombre adquirió cierta consciencia, ha estado obsesionado con la posibilidad de volar. Incluso en la historia de la humanidad, muchas de las deidades de las civilizaciones que poblaron la tierra están asociadas a las aves y a sus plumas. Egipcios, griegos, escandinavos, mayas y aztecas por igual veneraron las habilidades de las aves. Desde el Ave Fénix hasta la portentosa Serpiente Emplumada (Quetzalcóatl), el hombre ha mostrado su admiración por los pájaros porque la idea de poder volar es sinónimo de grandeza, libertad y supremacía. Por ello, más de un escudo nacional ostenta animales emplumados, el águila y el halcón destacan entre los favoritos de las naciones.

Yo nunca desarrollé una curiosidad particular por nuestros amigos alados hasta que tuve la oportunidad de volar en globo y fue entonces cuando lo entendí todo. ¡Navegar en Globo es impresionante! Olvídense del avión o incluso del helicóptero, el globo es una cuestión personal.

Los vuelos en avión o helicóptero podrían compararse con tener relaciones sexuales enfundado en un traje espacial, mientras un vuelo en globo es hacer el amor al desnudo en donde el roce del viento se convierte en las caricias repartidas que son capaces de erizarte la piel. Un viaje en globo aerostático es todo un ritual, requiere de la participación de todos los involucrados; pasajeros, piloto y copiloto por igual. Se vuela en colectivo, se requiere de la formación de un equipo que participe de forma equitativa para lograr el despegue y el aterrizaje, y una vez en el aire, pierdes el control, se lo entregas al viento y navegas hacia a donde la brisa te impulse. Esa sensación de pérdida de dominio, te libera y te sitúa entre las nubes, el horizonte y los paisajes que se desvelan a ochocientos metros de altura.

En nuestro viaje había 4 mujeres y 7 hombres, incluido el piloto. Primero tuvimos que descargar la tela que se convierte en el globo, la canastilla, los tanques de gas, y los lanzallamas que serán los que dotarán de aire caliente al globo. El globo se va inflando mediante un par de ventiladores enormes que disparan aire al interior, poco a poco se va calentando el aire hasta que el globo se va elevando por sí solo. La canastilla se coloca en el suelo y en posición horizontal, y dentro de ella nos colocamos las mujeres, una mujer por cada sección de la canasta, a manera de hacer contrapeso para evitar que el globo saliera volando sin pasajeros. Una vez que el globo se iza, cobra la fuerza necesaria para enderezar la canasta, el resto de los tripulantes saltan dentro de ella y entonces el piloto presiona los gatillos del lanzallamas hasta que de pronto, ¡pum!, te encuentras en el aire. A partir de ahí la vista es sensacional. Se eligen muy bien los días para volar, por lo que no hace frío y el viento no te pica la piel. Puedes extender los brazos y tocar el cielo. No hay nada entre tú y el firmamento.

Durante aproximadamente una hora te dejas arrastrar gentilmente por la brisa hasta que el piloto comienza a buscar un lugar para aterrizar. El aterrizaje es completamente espontáneo. Nosotros bajamos en medio de una parcela. El descenso es lento y ligero, el piloto va contando los metros que quedan hasta el suelo, de pronto se siente un golpe en los pies, y sientes una fuerza que te remolca bruscamente, después te detienes por completo y significa que el viaje ha terminado, pero la aventura todavía no. Hay que recoger el globo, acomodar la canasta, los lanzallamas, los tanques de gas y el resto del equipo, después llega por ti una caravana de Defenders (Land Rover) que llevan champaña y certificados de vuelo. Te asignan un nombre de navegante, a mí me tocó ser la baronesa, se pronuncian unas palabras y se celebra el evento entre todos los pasajeros y el personal de vuelo. Después viene el regreso en auto y ahí convives por primera vez con tus compañeros de aventura y se relatan las emociones vividas.

Esa noche nos fuimos a la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Volveremos a hacerlo cuando el clima de esta hermosa ciudad hanseática nos lo permita, mientras tanto nos quedan los recuerdos, las fotos y los videos.

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